El 10 de junio de 2026, el Colegio San José de los Infantes ha cumplido 245 años de existencia. Es la institución educativa no universitaria más antigua de Centroamérica, con una historia sumamente amplia en su desenvolvimiento y en la relación con los diversos acontecimientos que constituyen a Guatemala. Cinco años después de la refundación de la capital del antiguo Reino de Guatemala, sólo que bajo el nombre de la Nueva Guatemala de la Asunción, el doctor Cayetano Francos y Monroy, IV arzobispo de Guatemala, fundaba el Colegio de San José de los Infantes del Coro de los Seises de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana. La fecha específica de fundación fue el 10 de junio de 1781.
Como lo indica el acta de su fundación, se designó el Colegio de San José de los Infantes al cuidado de la Catedral, nombrándose para ello un sacerdote rector, siendo el primero el canónigo Ignacio Fernández Álvarez. Asimismo, uno de los objetivos fundamentales del colegio era el servicio al coro catedralicio, por lo que el maestrescuela estaba designado a supervisar el arte de la música en los niños fundadores (los cuales fueron doce, de ahí el nombre de seises, porque representaban a los doce apóstoles de Jesús) y el rector velaría por la parte académica. En uno de sus puntos, el acta de fundación dice lo siguiente:
«…según la práctica de otras Iglesias, con número de doce niños aprobados por el Maestro de Capilla en su idoneidad para el canto, destinados a instruirse con perfección en este arte y en las primeras letras para que con el tiempo y aún desde ahora, en cuanto lo permita su destino, sirvan a la misma Iglesia; y formalizado este establecimiento pueda ensanchar…».[1]
Al mismo tiempo, los niños cantores serían formados en la vocación teológica sacerdotal o para la continuidad en la Universidad, siempre en los cánones eclesiales de educación que en el contexto de finales del siglo XVIII para el Reino de Guatemala estaba regido por la Iglesia y por las leyes de la Corona española. En ese sentido, de acuerdo con documentos posteriores, de los doce alumnos fundadores, diez continuaron en el Seminario Mayor para formarse como presbíteros del clero secular y dos continuaron en la Universidad las carreras de Derecho y Medicina. En otro de sus puntos, el Acta de Fundación señala lo siguiente:
«…el coro estará a cargo de un maestro de canto, que lo será siempre el que fuere de capilla, con 200 pesos de sueldo quien igualmente se arreglará a la distribución que le tocare en las constituciones».[2]
Debido a los objetivos de educación de la Iglesia y a las posibilidades que los conventos y colegios de este tipo brindaban a la estructura social de aquel momento, tanto por estatus y prestigio, como por los cánones educativos determinados en el contexto, a partir de 1785 fue aumentando el número de alumnos, los cuales eran todos internos y únicamente hombres. Los alumnos eran formados en latín, griego antiguo, gramática, anatomía, zoología, botánica, aritmética, geometría, filosofía y teología. La estructura didáctica estaba influenciada por las normativas de Severino Boecio, las cuales influyeron en todo el sistema educativo medieval y persistieron como ruta metodológica de cómo enseñar en los colegios catedralicios y universidades hasta finales del siglo XVIII. Las bases de este modelo eran teología, latín, griego antiguo, apologética, Sagradas Escrituras y derecho canónico. El canto y la música en su conjunto eran centrales en la formación, ya que, como se ha indicado, la conformación en el coro de la Catedral era uno de los fines de la existencia del colegio.
El historiador español Juan Estanislao López Gómez, brinda los siguientes datos acerca de la fundación y desarrollo temprano del Colegio de Infantes:
“Francos Monroy fundó el colegio «según la práctica de otras iglesias» para servir a la catedral como acólitos en el altar y en el coro entonando los sagrados oficios, además de perseguir «los tres objetivos que demandan la instrucción de la juventud, ciencia, costumbres y religión», buscando para la buena formación de los clerizones «el cultivar el entendimiento de los jóvenes y adornarlo de todos los conocimientos, que su edad permite, rectificando su corazón con principios de honor y de integridad y formando en ellos el hombre cristiano», como escribiera en la introducción fundacional de las escuelas de San Casiano y San José de Calasanz.
Para conseguir estos plausibles fines se auxilia de un rector y dos maestros -igual que en Toledo-, todos ellos sacerdotes «y de las mejores circunstancias que pueda haber habido».
En el acto de fundación celebrado en la sala capitular de la catedral metropolitana guatemalteca presidido por el arzobispo y en presencia del cabildo se acordó que el Rector «sea prebendado secular a cuyo cargo es la instrucción de estos niños en la lengua latina y otras materias, a quien se le señale 300 pesos de renta anual», recayendo el cargo en el canónigo Ignacio Fernández Álvarez.
El maestro de Gramática y Moral era el encargado de instruir a los alumnos en el inicio de la lengua, y con el transcurso de los años será el responsable principal en el examen que sufrían los alumnos en la Universidad para graduarse bachilleres. Para instruirlos en la doctrina cristiana se servía de los catecismos del jesuita Jerónimo Ripalda y del padre Astete; el Catecismo Histórico del abad Fleurí, el Compendio de Religión de Josef Pintón, obras de las que tenían que memorizar lo más sobresaliente, y para los alumnos más adelantados y cursos superiores, el estudio de las Sagradas Escrituras. Su primer maestro fue D. Diego Vidaurre, cura del partido de Mita”. Juan Estanislao López Gómez (2009). El Colegio de Infantes de Toledo y su proyección en Guatemala. “Papeles del 450 aniversario del Colegio de Nuestra Señora de Toledo”. Toledo: Colegio de Nuestra Señora de Toledo.
Estos datos del historiador López Gómez son de suma importancia para los antecedentes históricos del Colegio de Infantes, ya que evidencian el grado de interés del arzobispado de Guatemala en la existencia de un establecimiento educativo de estas características, debido a que en la España del siglo XVIII este tipo de colegios catedralicios constituían una base educativa para el Estado. Esto permite afianzar históricamente la trascendencia de la fundación del Colegio de Infantes en Guatemala, no sólo por su papel en la Iglesia católica del Reino sino también porque está inscrito en la dinámica de las ideas de las Reformas Borbónicas a las que se adscribía el arzobispo Francos y Monroy, así como también a la reestructuración de la ciudad en su traslado al valle de la Virgen.
El 245 aniversario del Colegio de Infantes coincide con los 250 años de la Ciudad de la Nueva Guatemala de la Asunción, por lo que la fundación del establecimiento está directamente relacionada con las problemáticas surgidas en las decisiones por trasladar la capital del Reino a otro lugar, debido a la tragedia de los terremotos de Santa Marta de julio de 1773. Es importante recordar que para el gobierno colonial, el destructivo acontecimiento telúrico fue una oportunidad para reforzar las Reformas Borbónicas, en las que se incluía restarle poder al clero secular y a otros actores que se habían convertido casi en otro Estado y retomar el control de manera absolutista del Imperio español. Fue así como Martín de Mayorga, capitán general del Reino de Guatemala, en nombre del rey Carlos III, decidió el traslado de la ciudad, a lo cual se opuso un sector más conservador de la clase dominante, siendo uno de los personajes más visibles el arzobispo Pedro Cortés y Larraz.
Sin embargo, los intereses de la Capitanía General eran fuertes y no estaban dispuestos a ceder. Por ello fue por lo que en noviembre de 1777 se nombró arzobispo al Dr. Cayetano Francos y Monroy para sustituir a Pedro Cortés y Larraz. La decisión de remover al arzobispo no era de la Santa Sede sino del rey, lo cual era una muestra del absolutismo monárquico que se dio en las Reformas Borbónicas y que se aplicó en el caso de Guatemala en la figura del capitán general Martín de Mayorga.
Aunque Francos y Monroy no deseaba interferir en la labor de Cortés y Larraz y no aceptó el cargo al inicio, la presión de la Corona española lo impulsó a hacerlo, por lo que se embarcó hacia Guatemala en mayo de 1779 y llegó a la capital el 7 de octubre. Tomó posesión como IV arzobispo y de inmediato ejerció su gobierno a través de decisiones que revertían lo dispuesto por Cortés y Larraz, quien salió para España ocupó el obispado de Tortosa, en Tarragona, y murió en 1787.
Continuará en la próxima columna.
[1] Ibíd.
[2] Op. Cit. No. 58.
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