Música de antaño

La nostalgia no es solo recuerdo: es un país donde habitan los días vividos y también los que nunca serán.

Jaime Barrios Carrillo

agosto 3, 2025 - Actualizado agosto 2, 2025

Hay un murmullo que nos habita cuando el silencio parece envolverlo todo. Es el eco de las canciones que dormitan bajo la piel, voces que nos acompañan como fantasmas luminosos. La nostalgia no es solo recuerdo: es un país donde habitan los días vividos y también los que nunca serán.

La música de otras épocas camina con nosotros, se cuela entre los gestos cotidianos, nos visita con la lluvia leve o en la cocina mientras hierve el café. Basta que suene una canción para que todo se desdoble: la casa donde ya no vivimos, el primer beso, una tristeza sin nombre, el padre que encendía la radio al amanecer.  

Frank Sinatra (1915-1998)

Y luego los que no eran de nuestra generación, pero llegaron a nosotros como se transmiten las cosas sagradas: con reverencia, sin necesidad de palabras. Los traían nuestros padres en sus recuerdos, en sus vinilos rayados, en sus silencios pensativos. Así conocimos a Frank Sinatra, con su elegancia melancólica que hacía de cada frase un susurro irresistible. A Nat King Cole, cuyo piano era un terciopelo que sabía acariciar la tarde.

Édith Piaf (1925-1963)

De Francia, llegaban como exhalaciones eternas Édith Piaf, con su canto que más que voz era destino. Yves Montand, que hablaba del amor con la calma del que ya ha llorado todo. Sus canciones eran como postales desde otra dimensión. Nos llegaban por la radio o el tocadiscos, pero parecían haber estado allí desde siempre.

No fueron nuestros ídolos juveniles, pero se volvieron nuestros cómplices secretos. No bailamos con ellos en fiestas de la adolescencia, pero aprendimos con ellos lo que significaba sufrir y recordar. Nos enseñaron que una canción puede ser refugio y también herida. Esas voces no pasan. Se heredan. Como se heredan las cicatrices, los gestos y la manera de pronunciar un nombre amado.

México canta en todos los acentos

No hay rincón de América Latina donde no resuene, en algún momento del día o de la memoria, el eco de un mariachi. Esa música de trompeta, violín, guitarrón y gargantas, que parece brotar directamente del alma, no solo es mexicana: es continental. Primero llego con el cine: aquellos dramas gloriosos en blanco y negro, donde caballos, lágrimas y serenatas cabían en la misma escena. Y detrás de la pantalla, la música ranchera que se filtró en las casas, en los patios, en las radios y en los corazones.

Jorge Negrete, el charro más elegante, fue el primer embajador de ese imperio sonoro. Le siguió Pedro Infante, que no solo cantaba: vivía la canción con cada gesto, como si llorar fuera una forma de cantar. Con ellos, la ranchera dejó de ser solo género y se volvió identidad compartida. Luego vendrían Javier Solís, con su bolero ranchero y la voz grave y lastimera, Cuco Sánchez, con canciones como dagas suaves que decían sin aspavientos lo más hondo.

Pedro Infante (1917-1957)

Y cómo no mencionar a Lola Beltrán, la “Reina de la Canción Ranchera”, y más tarde Rocío Jurado, desde España, que demostrarían que este género no conocía fronteras, ni de sangre ni de acento.  

Hay canciones que no pertenecen a un solo país, sino al continente entero. “Cielito lindo” con su “ay ay ay ay” es el primer canto que muchos aprendieron. “Las mañanitas”, versión musical del afecto, se canta en los cumpleaños desde México hasta la Patagonia. Son himnos sin bandera, salvo la del sentimiento.

Tan profunda fue la marca, que en casi todos los países surgieron mariachis propios, grupos que replicaban los trajes, los tonos, los gritos de júbilo o de despecho, como si nacieran también del suelo andino, centroamericano o caribeño. México no solo exportó una música: sembró una forma de cantar el dolor y la alegría que en todo el continente encontró tierra fértil.

El tango, herida que baila

Si hay un género que condensó la elegancia, la tristeza, la bravura de los corazones rotos y la dignidad del perdedor, ese fue el tango. Nacido en los arrabales de Buenos Aires y Montevideo, con ecos de bandoneón y zapatos de charol polvorientos, el tango se volvió idioma emocional para todo el continente, un modo de decir lo que no sabíamos cómo confesar.

Carlos Gardel (1890-1935)

Carlos Gardel, con su voz melódica y varonil, fue más que un cantante: fue un símbolo de algo que se quiebra y sigue sonando. Murió en Medellín, Colombia en 1935, en un accidente aéreo, y con él pareció partirse una época. Pero en esa misma ciudad, sobre todo en los barrios obreros, el tango no murió: floreció con más fuerza que nunca. En las radios, en los bares, en los patios donde se tomaba aguardiente y se hablaba de amor, el tango se volvió más colombiano que muchos bambucos o pasillos. Medellín adoptó a Gardel como un hijo propio: allí su voz aún retumba por la Avenida San Juan como si el avión no hubiera caído.

Le siguieron figuras como Libertad Lamarque, “La dama del tango”, que llevó esa pena altiva hasta el cine. Julio Sosa, el “Varón del Tango”, recitaba los versos como quien reparte sentencias con ternura. Y Roberto Goyeneche, con su fraseo de arrabal y sabiduría de beodo lúcido, supo encontrar el alma quebrada de cada estrofa.

Muchos tangos se volvieron himnos no solo de Buenos Aires, sino de toda Hispanoamérica. Caminito, Nostalgias, Cuesta abajo, Uno, La Cumparsita, El Cambalache y por supuesto Adiós muchachos, que se cantó en funerales y despedidas. “Adiós, muchachos compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos…” se volvió despedida para amigos, amores y épocas.

El tango fue también una forma de estar solo sin sentirse derrotado. Bailar tango era caminar abrazado al abismo con elegancia. Escucharlo, era aceptar que todo pasa, pero con música. Como escribió Borges: el tango crea un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto. Y en ese pasado turbio, todos los latinoamericanos encontramos alguna vez el eco de nosotros mismos.

Quiero hacer un recuento, que será incompleto, de un tiempo irrepetible, la banda sonora de nuestra juventud. En inglés, acaparaban The Monkees y The Beatles, Los Rolling Stones,  y ese hombre que nunca se marchó del todo: Elvis, el trémulo y eterno. Acompañado de cerca por Paul Anka, Aretha Franklin, James Cook y Johny Cash. Y no podemos dejar de lado a Gloria Jones.

En España Raphael desbordaba las bocinas, seguido por Lorenzo Santamaría, María Trini, que aseguraba que ella no era esa, y la voz de María Ostiz, susurro entre los cerros: No vengo a demostrar nada de nada. Aún llegan resonancias de Algo prodigioso, interpretado con valentía por José Guardiola:

Alguien que al desesperado
un camino indica que le salvará…

Y recordamos el espinoso asunto de Serrat, dejando el La la la en la voz de Massiel que coronaba Eurovisión 68. Los cantantes españoles alternaban en la radio con Sandro, Chavela Vargas, Chabuca Granda y Leonardo Favio, que supo hacer del susurro un rugido grave.

También los tremendos Alci Acosta y Julio Jaramillo, mientras Olimpo Cárdenas representaba un mundo donde la pasión fue su bolero final.

Los grupos emblemáticos de Latinoamérica: Puerto Montt de nuestros Ángeles Negros. Los Flamas en Guatemala. Los Bukis y el adiós interminable de un corazón que aún espera. La mejilla empapada por una sola lágrima de los suaves Iracundos. Y en un trono de honor: Carlos Santana con su aún insuperable Samba pa ti.

Tantos nombres que se disipan en la bruma del dial. ¿Quién no se acuerda del viejo Leo Dan? Una constelación en la noche de la memoria: Alberto Vázquez, Roberto Carlos, Piero, Feliciano, Chico Buarque, Enrique Guzmán, Omara Portuondo, Carlos Lico, Víctor Jara, los Mejía Godoy, Silvio, Pablo Milanés, Violeta Parra y Daniel Santos. Mercedes Sosa con el tema Como la cigarra, y en su voz un arcoíris se curvaba en la penumbra.

La chanson française fue una manera de decir que la vida siempre duele un poco. ¿Hay alguien que pasó su juventud sin escuchar a Ádamo o a Hervé Vilard? O Aznavour con su voz como gastada por el tiempo, como un amante que recuerda demasiado. Bécaud llenaba el aire de gestos y dramatismo, como si cada nota fuera un acto último. Hardy mirando al horizonte con los ojos de la duda. Brel despedazaba el alma en cada verso, como quien canta desde su lesión profunda. Y Dalida, con voz de espejismos, convirtió el desamor en ecos infinitos.

Las viejas canciones italianas las nombro porque hoy no tengo edad. Festival de San Remo y tantos nombres. Nicola di Bari, con su voz de otoño suave, cantaba al desamor con la melancolía de quien ha aprendido a perder. Alguien tarareaba en voz baja: Más… cómo has hecho… con un cigarrillo encendido en los labios. Domenico Modugno alzando los brazos y el mundo volaba para elevar el alma que se levantaba sin peso con la nostalgia del amor infinito cuando el mundo era justamente azul y el cielo estaba pintado con las brochas de los ojos.

Para un final sin un adiós

En cada una de estas voces perdura un instante detenido, un perfume del tiempo que no se ha disipado. No se trata solo de música antigua: se trata de nosotros mismos, de nuestras pequeñas eternidades. Como escribió Cortázar en El perseguidor, cuando su personaje el saxofonista Johnny dice convencido: “La música me sacaba del tiempo.” Lo mismo hacemos nosotros al escuchar: perseguimos con ellos ese momento irrepetible en que la música no era solo música, sino el presente total. El pasado no es una tumba: es una habitación donde aún suena la radio. Donde alguien ríe, o llora, o se emociona mientras una canción le nombra lo que no se atrevía a decir.

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