En uno de los programas de literatura que conducía el poeta Enrique Noriega en Radio Faro Cultural, en el año 2023, escuché el conversatorio que tuvo con Gustavo Ardiano, fundador y propietario de la “Librería Marquense”, situada en el “Barrio de La Habana” de la Nueva Guatemala de la Asunción. Es más fácil decir en la 8a. avenida de la zona 1, casi a la par del Edificio de Finanzas. Este barrio es mencionado en algunas leyendas antiguas de nuestra capital.
Cerca de la Librería Marquense hay otras que se dedican a temas específicos relacionados con leyes y publicaciones jurídicas. A pocas cuadras se encuentra el edificio de la Tipografía Nacional; en la que se han publicado muchos libros de la literatura guatemalteca, entre estos las colecciones que dirigieron Juan Fernando Cifuentes y Ana Maria Rodas, cuando fueron directores de dicha entidad. Han dirigido también esa dependencia del Ministerio de Gobernación otras destacadas personalidades del mundo de la literatura guatemalteca. En la primera década de este siglo, en ese sector donde se encuentran la librería y la Tipografía Nacional, la Municipalidad de Guatemala destinó una calle, empedrada, entre novena y séptima avenida, para actividades literarias, la que denominó “Paseo de las letras”. Puso en la misma, en cada cierto espacio, unos monolitos de cemento con láminas de metal que contenían fragmentos de obras literarias de autores nacionales. El tiempo y la depredación hicieron que desaparecieran. Quedó para la historia como una buena intención.
Durante la entrevista que mencioné al inicio de este texto pude escuchar de la formación de Ardiano, de aspectos de su vida, anécdotas, de sus estudios, de fracasos y de una voluntad férrea por salir adelante, de las dos librerías más que formó, una en San Marcos y otra en La Antigua Guatemala. De la pasión que tiene por los libros, que ya les trasmitió a sus hijos. En la entrevista le escuché decir que un sanraymuense de nombre Francisco Lou lo introdujo en el mundo de los libros.
A Gustavo lo conocí cuando con otros libreros se acercaron a mi persona, a principios del siglo XX. Yo era asesor del despacho superior en el Ministerio de Cultura y Deportes. Solicitaron apoyo para constituir una cámara del libro y para otros proyectos. Me di cuenta por esos encuentros que él es uno de los organizadores, de los más entusiastas, de la Feria Municipal del Libro de la ciudad de Guatemala, creada durante la administración de Manuel Colom Argueta. Un personaje fundamental para la fundación de este evento fue el escritor Enrique Augusto Noriega, destacado miembro de la Generación del 40. En una época de su vida fue asistente de Miguel Ángel Asturias. Vivió algunos años, en exilio, en México. Ya falleció.
La Librería Marquense es más que una venta de libros, la mayoría de segunda mano. Es un lugar de encuentro para escritores y buscadores de ejemplares incunables. Se consiguen ediciones antiguas, casi desconocidas. Algunas con dedicatorias, firmadas por sus propios autores. Esta librería es un centro cultural, un patrimonio nacional, que presta un extraordinario servicio a la comunidad. Esto no sería posible sin el carisma, entusiasmo, dedicación y determinación de su fundador.
Gustavo Ardiano es un hombre sencillo, discreto, que no busca honores y reconocimientos. Su trabajo es silencioso, casi anónimo, efectivo. En una conversación que tuvimos en Café León, octava avenida de la zona 1, le pregunté sobre el señor Francisco Lou. Le indiqué que siendo yo de San Raymundo nunca había escuchado que fuera de dicho municipio. Que quizás se había confundido. Me contó entonces la historia de ese personaje, de la relación que tuvieron, del magisterio que ejerció sobre él. Un resumen del dialogo que tuvimos, que él me autorizó a contarlo es el siguiente. Él, Gustavo, llegó de San Marcos a Guatemala en 1965, cuando tenía 14 años. Su papá lo recomendó con un amigo de él, para que aprendiera el oficio de mecánico, en un taller ubicado en la zona 11, en la colonia Mariscal.
En ese negocio estuvo siete años, sin habitación donde dormir. Lo hacía en una esquina del terreno, en un lugar techado. Al fondo había una casa pequeña para la familia del dueño. Al principio, en pago, solo recibía comida. Posteriormente 10 quetzales mensuales. Una de las personas que llegaba al taller fue don Francisco, quien emigró, de joven, de China. Un hermano de él fue dueño de un almacén, muy conocido en una época, situado frente al edificio de la Policía Nacional, en la sexta avenida. Llegó a Guatemala siguiendo sus huellas.
Cuando Ardiano tenía 21 años ya no deseaba seguir trabajando en el taller, porque lo que le pagaban era insuficientes para sus necesidades. De sus ingresos mandaba cinco quetzales a su mamá. Un día le comentó al señor Lou de su situación. Para ese entonces su patrono ya había comprado casa para su familia y ya no vivían en dicho taller. Ardiano sí. Ese propietario no estaba de acuerdo con que dejara el taller porque su papá se lo había recomendado. Cuando nuestro amigo habló por teléfono con su padre este le dijo que ya era mayor de edad y que tomara la decisión que más le convenía.
Don Francisco, quién a principios de los años setenta iniciaba una librería de libros usados en la 11 calle cerca de la 12 avenida de la zona 1, le dijo un día a Gustavo, en broma, que lo esperaba a las cinco de la mañana siguiente, en la librería. Esto fue por la solicitud que le hizo Ardiano para trabajar con él. Ese día Gustavo se levantó a las tres de la mañana, salió del taller y caminó hasta el negocio del señor Lou. El itinerario fue: Avenida Aguilar Batres, Avenida Bolívar, 5ª. Avenida y 11 calle de la zona 1. A esas horas no había buses para el transporte. A las cinco en punto tocó la puerta de la librería. Don Francisco, quien sorprendido lo recibió. Lo invitó a desayunar, conversaron y después lo retornó al taller, en su vehículo.
Gustavo renunció del trabajo y viajó a San Marcos. Estuvo tres meses, de descanso, con su familia. Pasado ese tiempo llegó a la librería. El primer día el nuevo jefe le preguntó por sus estudios. Ardiano le respondió que solo había estudiado hasta sexto año. El patrono le comunicó que su sueldo sería de 75 quetzales mensuales, que además tenía donde dormir, un cuarto apropiado y su alimentación. El lavado de ropa era por su cuenta. Le puso tres condiciones. La primera que tenía que seguir estudiando. Cerca existía un centro nocturno de educación en el edificio del Instituto Central. Ahí estudió los tres años de secundaria y después ingresó a la Escuela de Comercio nocturna, situada en la 10 avenida, en donde se recibió de perito contador. La segunda que tenía que ahorrar en una libreta de bancos 25 quetzales mensuales. Y la tercera, que como encargado de la librería, tenía que ser honesto y responsable. Aunque Don Francisco sabía que era así porque lo había observado en su trabajo anterior, y que lo había impresionado cuando llegó a las cinco de la mañana a buscarlo, lo hizo jurar sobre una biblia que cumpliría con las condiciones.
El señor Lou, entre una de sus actividades comerciales tenía una venta itinerante de discos musicales, por lo que entre otros lugares viajaba a San Raymundo. Ahí conoció a una originaria del lugar, llamada Emilia –“doña Mila”, de quien se enamoró; se hicieron novios y posteriormente se casaron. El matrimonio fijó su residencia en la cabecera municipal, en donde nacieron los hijos de la pareja. Una de las hijas vive en Estados Unidos. Otra es una dentista, y Gustavo, librero, a quien conocí hace poco, en la feria del Libro de La Antigua Guatemala.
En la narración, matizada de emociones, Ardiano me afirmó que don Francisco fue un segundo padre para él, por sus consejos, por la forma amable, educada y respetuosa con la que lo trató, y por los apoyos de distinto tipo que le dio.
En una ocasión el señor Lou le comentó que se construía el edificio de Finanzas en el Centro Cívico, esto en 1973 o 1974, y que él había analizado la posibilidad de poner un negocio cerca. Incluso ya había visto que se rentaba una casa apropiada. Le dijo entonces a Gustavo que el negocio lo harían en sociedad y que lo pondrían a su nombre, al igual que el arrendamiento, porque posteriormente sería de él. Ardiano aceptó, y se le ocurrió poner una miscelánea. Después decidió que fuera solo de libros. Así surgió la Librería Marquense, con un nombre que es un homenaje a su tierra natal.
Un problema de salud que por esos años tuvo el señor Lou fue el de un cáncer en la garganta. Fumaba mucho. Ardiano tuvo que hacerse cargo del negocio, cuando apenas comenzaba. El señor Lou le pidió que si moría, ya tenía más de setenta años, le encargaba a sus hijos, que en esa época eran niños y adolescentes. Gustavo ya tenía novia, con la que se casó posteriormente. Su esposa hasta el día de hoy.
En 1976 fue el terremoto que destruyó construcciones en la capital y en muchos pueblos. Entre estas la casa de la familia Lou en San Raymundo. Don Francisco tenía además otras propiedades rurales en dicho municipio.
Cuenta Ardiano que a la muerte de su benefactor él cumplió con los encargos que le hizo. A la familia le reconstruyó su casa de San Raymundo, les administró el negocio de la librería de la once calle hasta cuando los hijos llegaron a la mayoría de edad. Los guio en sus estudios. Cumplido con sus compromisos con la familia Lou se dedicó de lleno a su negocio personal, o sea a la Librería Marquense. Le dio también un giro al objeto inicial, incluyó la venta de útiles escolares, aunque hace unos años fue saqueada por unos delincuentes que se llevaron casi todo. Lo dejaron casi en quiebra.
Para reiniciar el negocio vendió una propiedad que había adquirido. Y con consentimiento de los dueños actuales de la propiedad, tercera generación, de una familia Menéndez, tuvo que reconstruir la casa, porque se encontraba bastante deteriorada, por los daños ocasionados por el terremoto. Cerró también las sucursales. Con sus ingresos actuales mantiene su casa familiar, que compró en los linderos de Chinautla y la ciudad de Guatemala en la zona 6. Lleva una vida modesta, sencilla y sin lujos.
Hoy día uno de sus hijos tiene una librería propia en otro sector de la zona 1, y su hija administra con él la librería Marquense. En cuanto a la librería, en la 11 calle, la del señor Lou, el hijo de él, que la administraba la cerró el año pasado, para dedicarse a su profesión de abogado y notario. Como anécdota personal recuerdo que en esa librería, en una ocasión que hubo un evento literario, en los años noventa, en la sede que tuvo la Dirección General de Bellas Artes, -una casa situada casi enfrente de esa venta de libros—, la visitamos con Mario Monteforte Toledo y encontramos la primera edición de uno de sus libros, lo compró y me lo dedicó.
Ardiano se merece la Orden Miguel Ángel Asturias, creada por el Congreso de la República mediante el Decreto 1724 del 7 de diciembre de 1967, que se puede otorgar a personas nacionales o extranjeras que han desarrollado una labora extraordinaria en cualquier área de la cadena del libro. Ya se ha otorgado en años anteriores por medio del Ministerio de Cultura y Deportes. No se debe confundir con el Premio Nacional de Literatura que lleva el mismo nombre. Gustavo ha sido un bastión para las ferias departamentales y las ferias municipales del libro en la ciudad de Guatemala. En cada feria departamental se hace un reconocimiento a una persona destacada del lugar, y a la biblioteca local le dan un cupón, a veces hasta de 3 mil quetzales, para que escojan los libros que les interesan. Me consta que Gustavo para estos eventos ha puesto dinero de su bolsa.
“La vida es hermosa para quién la construye hermosa”.








