“Yo quiero ser español” (III Parte)

Reflexión crítica sobre las identificaciones coloniales en la educación primaria de Guatemala.

Mauricio José Chaulón Vélez

junio 29, 2025 - Actualizado junio 28, 2025

Descubrimiento de América, elaborado por el escultor español Tomás Mur. Foto: Municipalidad de Guatemala

Esta columna es la III Parte de las respectivas publicaciones de los domingos 15 y 22 de junio de 2025, las cuales invito a leer para la mejor comprensión del presente texto.

El sentido racista de la historia oficial que se representaba en muchas de las actividades escolares del siglo XX guatemalteco

En muchas ideas transmitidas desde la historia oficial, el indígena resulta aceptado siempre y cuando sea como relación de servidumbre, o desde el exotismo que genera interés turístico o de estudios que rendirán capitales de todo tipo a conocimientos occidentales como otra forma de dominación, o desde un multiculturalismo neoliberal que no propone ninguna transformación estructural de la realidad socioeconómica, o desde la subordinación, o desde la inferioridad frente a lo occidental, o como caridad que haga ver lo no indígena -entiéndase con ello lo español, lo europeo, lo criollo, lo blanco, lo ladino, lo mestizo- como superior. Esto se representa también en múltiples símbolos a través del arte, como por ejemplo el monumento al IV Centenario del llamado Descubrimiento de América, en 1892, elaborado por el escultor español Tomás Mur y que se encuentra actualmente en el atrio-plaza del templo de Santo Domingo y Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario, en la zona 1 de la Ciudad de Guatemala. En dicha escultura puede observarse a un fraile dominico, que se supone es fray Bartolomé de las Casas, con un indígena arrodillado ante el religioso en señal de búsqueda de protección. Otro caso es el del conjunto mural de Alfredo Gálvez Suárez en el Palacio Nacional de la Cultura, Sabiduría y religión y Sangre, técnica y espíritu, en el que la parte más amplia representa la época colonial como un «encuentro pacífico y romántico entre españoles e indígenas», como si la cultura occidental hubiese procurado una especie de «mundo nuevo» y «mundo mejor» sin ningún tipo de contradicción. Esto refuerza la idea de que Occidente representa la civilización y las culturas indígenas americanas representan lo incivilizado, llamado «primitivo», debiéndose someter estas «para lograr superarse». Inclusive, Gálvez Suárez combina las representaciones que evidencian la reproducción del racismo, del eurocentrismo y del patriarcado, ya que en un área central de la composición pictórica representa lo indígena como mujer sumisa de menor estatura que el hombre español, a su vez éste como representación de la superioridad y que se encuentra ataviado como un capitán de conquista.

Sabiduría y religión, de Alfredo Gálvez Suárez, en el Palacio Nacional de la Cultura.

La historia oficial se expresa, entonces, a través de distintos medios, siendo uno de ellos el de aquellas representaciones teatrales en la época escolar que ponían en escena lo que para el pensamiento hegemónico debía de ser conocido de los acontecimientos de 1524. En esas ideas, que también se mostraban en muchos de los libros de texto de la educación primaria, el indígena quedaba como derrotado, sometido e invalidado por la supuesta inferioridad que el sistema dominante le colocaba en el discurso histórico para la educación formal; mientras, el español salía airoso, tal y como lo representaban muchas pinturas, esculturas, el discurso museográfico y la historia oficial. Y si Álvaro Arzú Irigoyen, uno de los representantes más recientes del ethos oligarca en el país, siendo alcalde de la Ciudad de Guatemala elegía para muchas de sus fotografías oficiales el posar delante del retrato de Pedro de Alvarado pintado en 1808 por el artista de la última fase del periodo colonial del Reino de Guatemala, Juan José Rosales, y que preside el despacho de la alcaldía de la capital, ¿cómo los niños influenciados por la alienación del sistema educativo y sus métodos disciplinarios, tanto en la escuela como en otros espacios -la casa y la iglesia, por ejemplo-, no iban a querer y pretender representar a «Don» Pedro de Alvarado o a otros españoles en una obra de teatro? Esa manera de significar a Alvarado le representa, junto a lo que la historia oficial insiste en transmitir, como el fundador de la guatemalidad a partir de su concurso en la fundación de la Ciudad de Santiago de Guatemala y el primer cabildo el 25 de julio de 1524, como si por un destino manifiesto debía de surgir Guatemala. Por supuesto que para los imaginarios de la clase dominante así es y por ello es por lo que representan a Iximche’ como un lugar de la memoria del sentido de Nación oligarca necesita. Esto lo plantea muy bien el libro Iximche’, un lugar de memoria en Guatemala: la construcción arqueológica de la identidad, de Rafael Castillo Taracena, documento académico que recomiendo para profundizar en esta temática. Arzú Irigoyen llegó a publicar en su página oficial de la red social digital Facebook el 25 de julio de 2011, lo siguiente, que es una clara evidencia de este imaginario: «Un día como hoy 25 de julio, en 1524, Pedro de Alvarado fundó Iximché, bajo la protección del Apóstol Santiago y formó el primer ayuntamiento».

La historia oficial omitió mostrar las desavenencias entre los distintos grupos y actores en el proceso de invasión, de la denominada conquista y del establecimiento del régimen colonial. Como en el mural de Gálvez Suárez, todos se presentan como sensatos políticos y organizadores del llamado «Nuevo Mundo» que buscaban el bien por mandato divino y designio universal, todo ello expresado en la llamada «civilización». Por lo tanto, una de las ideas transmitidas de manera directa o indirecta con las representaciones que se hacía de los invasores españoles era que su valentía y el resto de sus decisiones formaba parte del proceso civilizatorio, por lo que todo lo que implicaba debía ser aceptado sin cuestionamientos. Hasta la representación permitida de Tecún Umán estaba en esa línea de ideas: derrotado pero valeroso, valeroso pero derrotado. Por parte de los gobiernos miliares, la valentía de Tecún Umán era representada como lo más valioso para ser comparado con los indígenas que formaban parte del ejército durante el conflicto armado interno como soldados.

El hecho de que el Estado militar contrainsurgente se haya apropiado de los símbolos indígenas para nombrar sus unidades de combate antiguerrilleras y construir desde ahí un sentido de nacionalismo anticomunista, hizo que los discursos respecto a la denominada «conquista» representasen a los jefes que pelearon contra el español invasor se alinearan en beneficio de la legitimidad que necesitaba el ejército en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo XX. Los conceptos y significados de patria, nación, nacionalismo y pueblo son disputados también en la lucha de clases. Sin embargo, eso no hizo que los indígenas fuesen colocados en la historia oficial como agredidos de una manera continua por cinco siglos ni que dejasen de ser racializados. Al compararlos con los soldados del presente, su resistencia y lucha se homologaba con la oposición que, según el sistema dominante y hegemónico, debía de hacerse al comunismo: en el contexto del conflicto armado interno, los comunistas eran representados como los invasores y los militares como los supuestos herederos de esos guerreros k’iche´, mames y tz’utujiles que hicieron frente a los europeos; pero también se enviaba el mensaje que mucho de aquellos conquistadores hispanos debían de tener los soldados que se enfrentaban a las guerrillas comunistas porque en ese mestizaje estaba la base de la nacionalidad guatemalteca. Sin embargo, esa combinación sólo tenía validez si el sistema hegemónico la definía: o sea entre lo español, lo ladino y los indígenas permitidos. Estos últimos son los que intencionalmente resultan dejados en el pasado, idealizados como un acontecimiento que «ya pasó» y que por lo tanto no puede hacerse nada más que «aceptar la realidad» que indica que quienes triunfaron fueron los más hábiles.

Por ello es por lo que se reforzaba tanto el relato, totalmente ahistórico, de que Tecún Umán había sido derrotado porque creyó que Pedro de Alvarado y el caballo formaban un solo ser: de esa manera el indígena k’iche’ era valiente y aguerrido, pero el español no sólo tenía esas mismas características sino además era inteligente. El primero «merece» el homenaje del museo y de la historia estática y muerta, porque así no hace daño, mientras que el segundo debe seguir siendo representado como el gran fundador de la nación. Por supuesto que seguiría siendo lógico que, con esas representaciones que abundaban en la educación y en los discursos políticos, los imaginarios de la niñez escolar en centros educativos conservadores se inclinasen a pretender ser el español en una obra teatral que reprodujese esas narrativas de la «conquista», antes que personificar al indígena. Esa es otra forma de negar la historia en la realidad de los pueblos indígenas y, al mismo tiempo, de promover identidades negativas que se basan en el racismo y en un continuo proceso de “desindianización” que tuvo su máxima expresión en el genocidio que el Estado militar y oligarca anticomunista y contrainsurgente llevó a cabo desde finales de los setenta y durante los ochenta del siglo XX. Como bien lo señala Martínez Peláez, el régimen colonial construyó la idea del indio, configurando así al sujeto que el poder dominante necesitaba justificar para sujetarlo: el término se relacionó con representaciones negativas inventadas que legitimaban al invasor y ocupante como «civilizado» y a quien se le impuso el término indio como lo contrario: «el incivilizado».

Continuará en la próxima columna.

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