El llamado boom latinoamericano no fue solo un fenómeno literario, sino también un fenómeno editorial sin precedentes en la historia de la lengua española. Su expansión se debió en gran medida al trabajo de agentes y editores que supieron detectar el alcance de una generación de narradores excepcionales. En este contexto, la labor de Carmen Balcells, como agente literaria, resultó decisiva: defendió los derechos de autor de escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar o Donoso, y supo negociar con editoriales españolas y extranjeras para proyectar esas voces al mundo.
La crítica y la investigación han subrayado este aspecto, entre ellos Carme Riera en su libro El boom en perspectiva, donde estudia cómo el fenómeno se consolidó gracias a la confluencia entre talento literario, mercado editorial y estrategias de difusión internacional.
No obstante, sería un error reducir el boom a una operación comercial o mediática. Su fuerza residió en la extraordinaria calidad literaria de las novelas, que renovaron las técnicas narrativas, ampliaron los horizontes temáticos y ofrecieron una visión deslumbrante de América Latina al mundo. Obras como Cien años de soledad, Rayuela o La ciudad y los perros no solo encontraron eco en el mercado editorial español y latinoamericano, sino que, gracias a las traducciones, transformaron la percepción internacional de la literatura en español.
Han pasado más de sesenta años desde surgimiento del boom en la novelística latinoamericana. Antecedido diez años por la publicación en 1949 de Hombres de Maíz de Asturias. Para encuadrar mejor la perspectiva sobre el boom y ubicarnos repetimos: las vanguardias literarias de Latinoamérica, surgidas en los años veinte del siglo pasado, continuaron en la segunda parte del siglo XX; ya no como vanguardias con Jaime Sáenz, Agustín Yáñez, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Silvestre Revueltas, David Viñas, Antonio di Benedetto, Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez, José María Arguedas Ernesto Sábato, Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, para una lista representativa aunque incompleta. En Brasil, João Guimarães Rosa.
Estos son una especie de “padres” de lo que será la nueva narrativa a partir de 1959 (boom) a pesar de la supuesta orfandad literaria proclamada por José Donoso en su Historial personal del boom: «Me parece que nada ha enriquecido tanto a mi generación como esta falta de padres literarios propios».
La llegada del boom fue como un tsunami literario, un ancho mar de novelas con sus los grandes afluentes Fuentes, Cortázar, García Márquez, Donoso, Vargas Llosa, Roa Bastos; acompañados por el brasileño Jorge Amado, el argentino Puig, el ecuatoriano Jorge Adoum y el cubano Cabrera Infante. Los caracteriza una preocupación por las relaciones entre lo popular y la nación. Surge una literatura que pretende recuperar la memoria histórica, por ejemplo Yo el supremo de Roa Bastos y a la vez representar tanto orígenes como utopías del continente, el emblemático Macondo de García Márquez.
El boom se ocupó de su época y de la historia. Un parteaguas en la literatura latinoamericana. Los que eran entonces jóvenes narradores experimentales, hoy son clásicos. En México surge el embrión del boom en 1959, con la novela de Carlos Fuentes La región más transparente, y luego florecerá en ciudades como Barcelona, Madrid y Buenos Aires. Donoso considera compuesto el triángulo equilátero fundacional del boom a las novelas La región más transparente, de Fuentes; la Ciudad y los perros, de Vargas Llosa y, Cien años de Soledad, de García Márquez. En su historia personal del boom recuerda encuentros y desencuentros. Nombres, títulos, diálogos. Comienza diciéndonos algo muy excéntrico: que el boom «es una creación de la histeria, de la envidia y de la paranoia».
Hay que matizar que el boom es también una ruptura con la tradición y el levantamiento de «una nueva». Julio Cortázar se preguntaba: «¿qué es el boom sino la más extraordinaria toma de conciencia por parte del pueblo latinoamericano de una parte de su propia identidad? ¿Qué es esa toma de conciencia sino una importantísima parte de la desalineación?» Cortázar resalta el aspecto contestatario del reconocimiento de la realidad propia y la toma de conciencia de una identidad continental.
Mario Vargas Llosa piensa, en cambio, que se trata de un fenómeno literario ligado al mercado y la difusión, lo que produjo una apertura de puertas y una confirmación de vocaciones y actitudes entre los autores latinoamericanos. Afirma el desaparecido premio Nobel peruano: «Lo que se llama boom y que, nadie sabe que es, yo no lo sé, es un conjunto de escritores, tampoco se sabe con exactitud quiénes, pues cada uno tiene su propia lista, que adquirieron de manera más o menos simultánea en el tiempo, cierta difusión, cierto reconocimiento por parte del público y de la crítica.»
Ángel Rama, entre los mejores críticos del boom, ha señalado también que dentro de los aspectos esenciales del fenómeno hay que considerar la gran circulación editorial.
La tradición estética y literaria y el acervo artístico, resultan siempre opuestos a las rupturas y a los quiebres contestatarios, pero ninguna revolución puede hacerse de la nada. Esa fue la semilla y la cosecha del boom. Hay que recalcar que, en el momento de su apoteosis, el boom se llegó a considerar una especie de cima máxima, incluso se pretendió periodificar y clasificar a autores universales como Borges, Asturias, Onetti, Carpentier y Rulfo solo como «antecesores». Esta visión está hoy en día superada, en el entendido de no entender el boom dentro de un desarrollo lineal y cronológico sino un fenómeno en sí.
Después del boom vino la democracia formal, sin que haya desde luego una relación entre ambos. Las dictaduras militares dejaron no solo el sabor a muerte y espanto, sino la necesidad de reescribir la historia escribiendo novelas. La narrativa argentina florece en este quehacer creativo de interpretar el pasado desde el presente y viceversa con nombres de gran calado como Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Juan Martini, César Aira, Tomas Eloy Martínez, Ana María Shua , Alicia Steimberg, Luisa Valenzuela, Abelardo Castillo y Juan José Saér. En Chile Jorge Edwards, Luis Sepúlveda, Isabel Allende, Ariel Dorfman y Antonio Skármeta. En México Juan García Ponce, Tomás Mojarro, Vicente Leñero, Sergio Pitol, José Agustín, Elena Poniatowska, Gustavo Sainz, Salvador Elizondo y Fernando del Paso. Los guatemaltecos Marco Antonio Flores, Dante Liano, Fernando Gonzáles Davison y Luis Eduardo Rivera. En Venezuela Luis Brito García y de Colombia Fernando Vallejo, residente en México y el malogrado Andrés Caycedo.
Otros escritores post boom son el cubano Severo Sarduy. La uruguaya Cristina Peri-Rossi. Sergio Ramírez de Nicaragua. En Puerto Rico Rosario Ferré. El peruano Alfredo Bryce Echenique. En Puerto Rico Rosario Ferré Ramírez de Arellano. Y en México, los escritores “de la onda” Parménides García Saldaña, José Agustín y Gustavo Sainz. Un autor peculiar es Francisco Goldman, judío de origen guatemalteco que ha residido desde niño en Estados Unidos.
Un lugar aparte, más allá de las periodizaciones, estilos, generaciones y grupos merece el autor colombiano/mexicano Álvaro Mutis creador del personaje alegórico Maqroll el Gaviero el cual aparece en sus novelas y en casi todas las obras de Mutis, incluida la poesía. Mutis, a pesar de sus contactos estrechos con escritores como García Márquez y Octavio Paz, es un gran solitario de la literatura latinoamericana del siglo pasado. La obra de Mutis presenta un amplio panorama simbólico de la historia y de la condición humana por medio de las aventuras e indagaciones extrañas del marinero, navegante existencial, Maqroll el Gaviero, utilizando un lirismo metafórico profundo y una refinada prosa rica en imágenes y de expresiones contundentes.
Augusto Monterroso se subió también a la ola contestataria y experimental del boom, pero a su manera, también en solitario, proponiendo la explosión de los géneros y sus límites, en el estricto sentido de la ficción por la ficción. Todo texto es una fábula y por lo tanto los géneros resultan convenciones traspasables. Nada es estable en el mundo de Tito. El humor en Monterroso se vuelve una epistemología y el uso a discreción de diversos registros se convierte en un recurso subversivo, heterogéneo, cambiante. El humor también como una forma de resistencia ante el cual caen cánones conservadores y se desmorona toda solemnidad. Augusto Monterroso llegó a proponer la entrevista como género, tal vez subgénero, y nos pone en frente su arrollador libro Viaje al centro de la fábula.
Roberto Bolaño marcó el rumbo con su novela Los detectives salvajes, cuando ya finalizaba el siglo XX. Muchos nombres han surgido en este nuevo siglo en un continente que sigue pariendo grandes escritores. Nuevas generaciones y grupos, como los cracs de México o los latinoamericanos que se aglutinaron en el grupo MacOndo. Otros nuevos actuales son Rodolfo Fogwill, Juan Villoro, Rafael Chaparro Madiedo, Santiago Gamboa, Rodrigo Rey Rosa, Eduardo Halfon, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, César Aira, Daniel Sada, Carmen Boullosa, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Álvaro Enrique Soler, Valeria Luiselli, Rodrigo Lira, Alejandro Zambra, Guadalupe Nettel, Horacio Castellanos Moya, Antonio Ortuño e Iván Thais, entre muchos otros.
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