Hans Hoffmann: el humanismo en la pintura

Ciertamente, muchos retratos de Hoffmann son “copias” de otros retratos o fotografías; afirman la ausencia real del sujeto que se re-presenta. Pero, a pesar de esta afinidad que tienen con la forma externa del arte postmoderno en su interior se delata la voluntad de no ceder a esta imagen, de no admitir este “sacrificio” de lo humano que el mundo actual ha producido.

Camilo García Giraldo

junio 29, 2025 - Actualizado junio 28, 2025

En la obra del artista boliviano Hans Hoffmann, radicado desde hace bastantes años en Suecia, encontramos una propuesta artística original. En contravía del canon del arte postmoderno que hace época en la actualidad su pintura revela las posibilidades vivas que aún conserva el sujeto creador. Su valor estético consiste en hacer brotar alrededor del rostro y la figura de una personalidad histórica, política o cultural, como Simón Bolívar, Emiliano Zapata, Olof Palme, Jorge Luis Borges, Augusto Strinberg, Picasso, entre otros, los cuerpos y los rostros de los personajes anónimos que acompañaron y sustentaron sus acciones o de las criaturas imaginarias que tomaron vida a partir de ellos. Y, también de personas anónimas integrantes generalmente de su pueblo boliviano a los que incorpora los cuerpos y rostros de otros seres humanos anónimos. De este modo el pueblo adquiere en sus manos la dignidad y el valor de ser representados artísticamente a través de sus rostros y figuras anónimas más representativos.

Cada una de las piezas artísticas de Hoffmann cuenta una historia.

Pero, ¿Cómo no reconocer en la forma de estas imágenes pintadas por Hoffmann la huella de culturas precolombinas como la Tiahuanacota boliviana y la plasmada en los antiguos y fascinantes grabados de los tejidos funerarios de la cultura Paracas en el Perú? En cada uno de ellos hay seres de los que salen apéndices de sus bocas, de sus talles, de sus cetros, de caras secundarias que poseen y de las manos de otras figurillas; y éstos apéndices a su vez, dan nacimiento a flores, tigres, pájaros, serpientes, cabezas y caras de las cuales brotan de nueve otras figuras. Es muy probable que los incas dejaron en estos grabados, enterradas en una inmensa necrópolis situada en el tórrido e inhabitable desierto costero, el testimonio de su mítica voluntad de inmortalidad, ya que en cada uno de ellos es posible descubrir la presencia transfigurada de los astros celestes -los dioses-, leves y luminosos, en los que la pesadez finita de lo natural desaparece. En cada retrato de Hoffmann se revela esa misma intención, pero transformada en una pura gesta creativa de los hombres. Ya no son éstos que convertidos en astros después de la muerte engendran sin fin la diversidad de seres de la naturaleza, incluido el propio hombre, sino los que, a través su actividad política o cultural, dan prolíficamente vida a criaturas semejantes. Y es en esta capacidad donde descansa la posibilidad misma de la historia, donde se forja la cadena significativa de la vida humana. En este sentido la pintura de Hoffmann renueva el contenido de esa vieja tradición de la cultura incaica. ¿No son acaso sus lienzos los nuevos hijos de esos antiguos dioses astrales inmensamente fecundos y creativos?

En el panorama del arte actual la fisonomía del hombre ha perdido en gran medida significado y presencia. El espacio de la pintura está ocupado en buena parte por manchas y trazos de color abstractos, por símbolos alegóricos, o, por series de objetos que se repiten o se replican al infinito. Es un arte que invoca perpetuamente la presencia de las cosas materiales para intentar retenerlas y conservarlas antes de que se destruyan. Son ellas las que “aspiran” ahora a trascender su finitud inmanente, a perpetuarse atemporalmente por la vía de hacerse materia o material del arte. Es un arte que quiere salvar a las cosas materiales de su muerte inevitable, de su contingencia radical (Baudrillard). Ahí, esperan encontrar la condición de la que naturalmente adolecen, el valor espiritual que no poseen. Desde que Marcel Duchamps mostró a la obra de arte, por primera vez con su famoso Porte-bouteilles (1914), como un producto ya hecho, ready made, como algo que reproduce o repite la existencia física de un objeto previamente fabricado abrió la crisis, que se prolonga hasta nuestros días, de la originalidad creadora del artista. Él ya no crea una obra única e irrepetible, sino, se limita a reproducir elementos reales producidos en otro lugar diferente, o a deslizar, como lo hace en La mariée mise a nu par ces célibataires (1917-23), a través de la grosura corpórea de los cristales, las imágenes de diversos objetos plenos en tanto están carentes de significado.

Y, al mismo tiempo, este giro rompió la presencia del ser humano como “objeto” esencial y central de la propia obra que había existido en la tradición cultural de Occidente desde el Renacimiento. El arte ya no parece tener la posibilidad de re-presentar la imagen compleja, conflictiva y contradictoria del hombre. Y no puede ser de otra manera en un mundo social en donde impera el dominio de las cosas sobre la vida de los individuos; en un universo donde éstas cotidianamente se veneran y adoran como fetiches (Marx) que ocupan el sitio del antiguo Dios caído. Es la extensión abarcadora -profundamente superficial- de las múltiples cosas materiales que rodean y avasallan la existencia la que toma la figura de lo real, la que proyecta la «sustancia» del mundo. Ellas se muestran en las infinitas imágenes que transmiten los medios masivos de comunicación convocando, con extraordinaria fuerza seductora, al ritual vacío de su consumo frenético para evitar la desaparición de su poder. Y ahí, el arte no podía dejar de transformarse en el espejo fluido e interminable que revela, con los objetos materiales que presenta, la imagen de esa realidad.

Ciertamente, muchos retratos de Hoffmann son “copias” de otros retratos o fotografías; afirman la ausencia real del sujeto que se re-presenta. Pero, a pesar de esta afinidad que tienen con la forma externa del arte postmoderno en su interior se delata la voluntad de no ceder a esta imagen, de no admitir este “sacrificio” de lo humano que el mundo actual ha producido. Ellas no tratan de retener en el instante eterno de una imagen la precaria y finita existencia de las cosas materiales, o mucho menos, reconocer esa precariedad convirtiendo la obra de arte en un elemento puramente efímero, en un objeto cuya existencia comienza a desaparecer de la realidad en el momento preciso en que brota a ella. Al contrario, lo que ellas nos indican es que lo único que merece encarnar esa posibilidad de vencer a la muerte, que el arte siempre ha prometido, es el propio ser humano. Sus retratos son portadores, como muchas otras piezas de la cultura moderna latinoamericana, norteamericana y europea de la negación de este mundo actual que consagra en el altar de las cosas la muerte del hombre. Así, al tomar contacto sensible con ellos podemos conservar viva la percepción de que aún existen espacios visibles, fragmentos simbólicos e imaginarios de la realidad, en los que no nos hallamos perdidos y confundidos con la espesa presencia de los objetos; que existen signos elocuentes que oponen resistencia a este “destino” implacable. Estos fragmentos, ciertamente, no nos ofrecen más que una ilusión, un espejismo irreal de la fisonomía de ese mundo. Pero es la única ilusión que necesitamos para no morir todos los días abrazados de cuerpo y alma a las cosas en el breve tiempo que dura nuestra vida.

En este sentido tiene razón Ortega y Gasset cuando escribió en su libro La deshumanización del arte en 1925 que uno de los rasgos esenciales del arte moderno es la desaparición de la figura humana; para él los artistas modernos no se proponen, a diferencia de los tradicionales, representar a los hombres en sus lienzos; tal vez porque no solo, como ya indicamos, en las sociedades modernas predominan las cosas sobre la vida de los hombres, sino también, porque  la existencia de los seres humanos es una realidad que todos los artistas en el pasado han representado una y muchas veces. Sin embargo, Hoffmann ha estado siempre convencido que este hecho no niega la posibilidad de volverlos a representar en la medida que cada rostro y figura que lo representa contenga la totalidad de los sucesos y personajes que hicieron parte de su vida, como él, en efecto, lo ha hecho con maestría. Su obra es una muestra original y valiosa de que en el terreno del arte “el hombre no ha muerto”. Al contrario, continúa vivo y presente a través de los rostros y cuerpos de algunos de ellos rodeados de los rostros y cuerpos de todos los que hicieron parte de sus vidas. Así, Hoffmann convirtió los múltiples retratos que ha hecho de personajes históricos y de personas anónimas en narraciones sobre sus vidas, en biografías que no ha escrito con las letras y grafemas de la escritura, sino, con los pinceles y los colores del arte de la pintura que domina a la perfección.

Tags:

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?