¿Y si sí?

Es difícil tener esperanzas en un país que se empeña por arrebatarlas, pero también es en esas circunstancias que la esperanza se aferra con más fuerza.

José Javier Gálvez

julio 12, 2026 - Actualizado julio 11, 2026

Creo, con absoluta convicción, que los seres humanos tendemos a la esperanza. Que hay algo en nuestra programación que nos hace creer en el ínfimo rayo de luz que entra por una grieta aunque alrededor todo se vea oscuro. Que la esperanza no es (como dice el lugar común) lo último que se pierde, sino lo único que se mantiene.

Durante cada mundial de fútbol, los mexicanos se hacen una pregunta conforme avanzan los partidos: ¿Y si sí? ¿Y si sí es esta vez?

Para ponernos en contexto, la pregunta hace referencia a una situación particular de la selección mexicana: desde 1986 que el equipo no logra avanzar a cuartos de final. En contra del patrón que los datos fríos dan pocas razones para creer que puede cambiar, los mexicanos creen cada cuatro años que esta vez sí.

Esta tierna expresión nacional de esperanza, que roza lo ingenuo pero que cada vez parece más una realidad (este año, la selección mexicana hizo un papel impresionante y alimentó la ilusión con un combustible difícil de apagar) no es extraña en otras latitudes y en otros contextos.

En Guatemala por ejemplo, siempre creemos que las cosas, que la realidad política que hoy tanto nos abruma y nos vence, está a punto de cambiar. 2015 y 2023 han sido dos poderosos Ysisís que con total descaro encendieron en nuestros corazones un sentimiento de esperanza, un patrio ardimiento que proponía escenarios más felices que los que terminaron sucediendo.

Las realidades post 2015 y post 2023 han sido menos felices que el sueño con el que iniciaron. Pero una cosa fundamental de los movimientos políticos de estos años (y de muchos otros atrás) es que se movilizaban justo por la esperanza de cambio y que sin esa esperanza ni el sueño ni el chispazo habrían sido posibles.

Esa misma esperanza, ese Y si sí abrasador, vuelve a calentar nuestros corazones otra vez. Sabemos, con sobrada razón, que las cosas de este país que no sirven (como el sistema de justicia)  hay que cambiarlas. Que una propuesta de reforma constitucional pensada concienzudamente, que aprenda de los errores del pasado y que atienda problemas puntuales en lugar de intentar abarcarlo todo, enciende la antorcha patria que todos llevamos dentro. Eso es Poder Ciudadano: nuestro Y si sí más creíble hasta ahora.

Como en cada Y si sí, no hacen falta ni “hombres de poca fe” ni detractores que con buenas o malas intenciones sean piedras de distintos tamaños en el camino. Así es y así, quizás, debe ser. Porque es difícil tener esperanzas en un país que se empeña por arrebatarlas, pero también es en esas circunstancias que la esperanza se aferra con más fuerza. Una propuesta de reforma constitucional que cambie el sistema de justicia no es una panacea, es y debe ser un catalizador. Es lo que el filósofo Roberto Mangabeira Unger define como realismo visionario: la convicción de que no necesitamos una revolución utópica que lo destruya todo para cambiar un país, sino una secuencia de reformas institucionales precisas y viables que, sin embargo, tengan una ambición radical.

Quienes abordan la propuesta con los ojos del vencido están condenados al mismo fracaso que impone no hacer absolutamente nada. Y eso no supone en ningún caso que esté prohibido disentir con la propuesta de reforma de Poder Ciudadano. Pero es que hoy, ahora mismo, esta propuesta es la intención sumada a la razón. Quienes leen a profundidad y con honestidad la propuesta de reforma encuentran un estudio preciso y concienzudo de los grandes fallos del sistema de justicia y soluciones prácticas, reales y plausibles. Hay mucho más por hacer pero también hay que empezar por algún lado.

Abrazamos, así, la máxima de Gramsci: aplicar el pesimismo de la inteligencia para diagnosticar con crudeza los fallos del sistema, pero mantener el optimismo de la voluntad para accionar el cambio.

Es difícil sin embargo dar una opinión objetiva de una propuesta de la que he estado tan cerca: no solo como voluntario y miembro de la Mesa Coordinadora de Poder Ciudadano, sino como amigo y admirador de sus fundadores, de los redactores de la propuesta y de decenas de otros voluntarios que han decidido en convertirse en protagonistas del momento en que la esperanza se materializa.

Por eso hablo desde ahí: desde la misma esperanza que ha sido herida antes. Desde la misma esperanza que tiene todas las razones para creer que no, pero que se sigue preguntando: ¿Y si sí?

La propuesta de reforma de Poder Ciudadano no es un asunto ideológico partidario sino uno profundamente ciudadano porque apela a una justicia que responda a la ciudadanía y no a grupos de poder. Ese sueño, tan común pero tan lejano, tan preciso pero tan desdibujado, parece tomar forma hoy y materializarse poco a poco ante nuestros ojos.

El camino es largo y el esfuerzo será mayúsculo. Pero el resultado podría ser de unas dimensiones tremendas si nos atrevemos a soñar en grande. La deuda sistémica es tan grande que quienes tenemos el privilegio de hacerlo, tenemos también el deber de ser el Sísifo que Camus imagina feliz.

Anhelo, entonces, que esta propuesta sea una manifestación del poema de Borges: Nadie es patria / pero todos lo somos / arda en mi pecho y en el vuestro / ese limpio candil, misterioso y claro.

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