Imagen en la portada del libro «El hombre de la valija y los últimos años». Foto: Daniel Mordzinski
En tiempos mejores, la sinceridad literaria era la plusvalía del genio. La censura no era un valor, era más bien el enemigo a quien atacar. Esos tiempos terminaron y finalmente ganó el puritanismo y los escritores decidieron borrar para enmendar las carencias morales de quienes muestran las cinco caras del consumismo: moralismo cultural, vigilancia del lenguaje, reseteo de la memoria, farandulería barata y carencia de una lírica de lo humano en favor de una fantasía higiénica de contradicciones ofensivas.
Recuerdo que fueron pláticas que nunca quedaron documentadas con mi amigo Luis Aceituno. Tuvimos varios eventos, algunos en librería Sophos, en las que pasábamos horas platicando con una afinidad pocas veces vista en el medio cultural guatemalteco. Es precisamente esta librería que se ha dado a la publicación de El hombre de la valija y los últimos años, un libro que supera las 350 páginas del itinerario sobresaliente de las columnas publicadas en El Periódico a lo largo de cuatro años. Pudo ser más extenso, porque el archivo de Aceituno es mucho más grande.
Algunas cosas que deja este libro es la redacción exacta, pulida, sin recovecos intelectualoides ni lodosas reverencias a la corrección política. Es pura música, cuadro sentimental, objetos olvidados, imanes prendidos en el refrigerador, fotografías de almanaque de panadería de barrio, memoria e ironía. Mucho me recuerda a Manuel José Arce del Diario de un escribiente, también a Paco Umbral cuando se transformaba en escritor y no en personaje… flaneur sincero y misántropo. La cultura de Luis se permitía todo, hasta escribir de lo más sutil. Recuerdo que en días de la pandemia llegaba puntualmente este medio a mi casa y mi mamá leía sus columnas en voz alta, ella era una mujer sumamente espiritual y siempre me decía, “Mire lo que escribió su amigo” y sonreía. Es increíble que ahora ambos sean una ausencia que me acompaña, pero acaso el futuro no es eso: ausencia y renacimiento. Quisiera no sentirme triste al escribir esto, porque la muerte no es mala, pero es triste.
El hombre de la valija tiene profundos análisis del mundo, que evitan ser profundos, además de ser el más elocuente reportaje de la pandemia que abrió esta década horrenda, una crónica del encierro que nos dejó sin nada y que nos comenzó a separar a todos. Es una lectura que desprende muchísimas cosas de nuestro interior. Aceituno merece ser leído y recordado; el amor de Gloria Hernández y el apoyo de Phillipe Hunziker hace posible que su obra circule hoy, dichosos aquellos que aún tienen quien los ame y publique en esta Guatemala de hoy, por eso les agradezco este libro y todos los que vendrán de mi querido amigo.









