No recuerdo quien hizo el contacto. El caso es que, en 1998, recibí una invitación para que, como parte de una delegación de escritores guatemaltecos, me presentara en Casa de las Américas, en La Habana, para hacer una lectura de mi obra literaria. Se preparó el viaje. En la delegación viajé con Jorge Godínez, Manuel Corleto, Simón Pedroza, Carlos René García Escobar y Gustavo Sánchez. Todos pagamos nuestro boleto y gastos de estadía.
En Cuba fuimos recibidos en el aeropuerto por un joven funcionario de la entidad anfitriona, hijo de un destacado escritor, cuyo nombre escapa a mi memoria. Nos alojaron en el último nivel de un edificio, en un apartamento que servía para recibir invitados de Casa de las Américas, que se encuentra frente al malecón de La Habana. Al día siguiente tendríamos nuestra lectura.
Cubanos en Guatemala
En esa ocasión llevé una caja grande de corn flakes y un bote de leche en polvo, así como otros pequeños obsequios para Virgen Gutiérrez, una escritora y poeta que en 1995 ganó el primer lugar en cuento de los Juegos Florales de Xela. Ella, de paso por la ciudad de Guatemala, se hospedó en nuestra casa de la zona 7. En esa propiedad tuvimos una habitación para amigos. Varios escritores de otros países la usaron. Cuando conocí a Virgen me enteré que fue esposa de Orlando Castellanos, un destacado intelectual, a quien yo escuchaba a menudo en las emisiones nocturnas de Radio Habana Cuba.
Como anécdotas cuento que a mediados de los años noventa hice amistad con varios cubanos que vivieron en Guatemala, entre estos los esposos Reinaldo León Coro y Yuliet Montes. Fueron parte de un grupo de profesores que dieron formaciones en distintas artes el Ministerio de Cultura y Deportes, por un convenio de cooperación que se firmó entre Guatemala y Cuba. Conocí también a personajes y artistas que se hospedaron o que intervinieron como músicos y cantantes en el bar del entonces Hyatt Hotel, hoy “Grand Tikal Futura Hotel”.
Yo vivía en la zona 7, como a seis cuadras de dicho hotel. En el bar indicado, después de la firma de la paz en Guatemala, compartí dos veces con el comandante Gaspar Ilom. Nos encontramos de casualidad. Yo no le conocía personalmente. Fue amable conmigo. Otra anécdota de dicho lugar se relaciona con el escritor guatemalteco Franz Galich, compañero de estudios en el colegio Don Bosco y miembro de Rin 78, exiliado en Nicaragua, ya fallecido, quien le puso el título de “Tikal Futura” a su última novela. Todo el complejo arquitectónico, comercial, donde se encuentra el alojamiento indicado tiene incorporados elementos de la cultura maya prehispánica, entre estos un arco y en uno de sus interiores un hermoso mural realizado por Ana María Martínez Sobral sobre aspectos de la cosmovisión maya. Por todos esos elementos se le puso dicho nombre, aunque el mismo está construido en un área que es parte de Kaminal Juyú. En uno de los edificios vecinos, donde se encuentra el Centro Comercial Miraflores, se construyó un museo que lleva el nombre de “Miraflores”, que correspondió una finca antigua, de propiedad privada que tuvo esa identificación. Contiene en su interior una gran cantidad de piezas mayas encontradas en dicho sector.
Entre los personajes que se hospedaron en el mencionado hotel, como parte de un grupo de cubanos que participaron en un encuentro Guatemala- Cuba, estaba el boxeador Teófilo Stevenson. Con William Lemus, lo llevamos en una noche de bohemia a “El Quijote”, un bar-restaurante de moda por aquellos años, de los que éramos asiduos. Estuvo en la 11 calle, entre 5 y 6 avenida de la zona 1. Su propietario, un español de nombre Darío, nos atendía con mucha amabilidad.
De vuelta a La Habana
El caso es que al segundo día de nuestra llegada a La Habana; día programado para nuestra lectura, empezó un ciclón que me impidió salir de nuestro alojamiento, ya que empecé con una gripe. Durante dos días no hubo ni luz ni comida. Mi alimentación consistió en leche fría, hecha con el polvo y el corn flakes, que yo llevé para la poeta Gutiérrez, a quien tampoco pude contactar durante nuestra estadía. La encargada del hospedaje era una señora mayor, de ascendencia africana, muy cariñosa y carismática, que hizo todo lo posible por atendernos, pero no tenía alimentación para nosotros. Ella recordaba que meses antes había estado hospedado en dicho lugar Mario Monteforte Toledo.
Mis compañeros de viaje durante esos dos días bajaron y subieron las gradas de los once niveles del edificio. A pesar de las inundaciones cercanas no tuvieron ningún problema para visitar algunos lugares. Tuve en algún momento algunas diferencias con Corleto, porque insistía en tener abiertas las ventanas de la habitación que compartimos. Yo las quería cerradas por mi estado de salud. Las discusiones no enfriaron nuestra amistad. La mantuvimos hasta su trágica muerte. Desde dichas ventanas veía como el ciclón provocó que olas se elevaran muchos metros sobre el malecón e inundaran varios trechos de la calle que separaba el edificio de este. Se escuchaba además un viento fuerte. Fue un espectáculo inolvidable.
Por la tarde del segundo día me visitó Reinaldo León, a quien yo había avisado de nuestra llegada, quien al ver mi estado físico me indicó que regresaría con medicina, lo que hizo dos horas después. Me dio una infusión de hojas. Conversamos un poco y se despidió.
Al tercer día el huracán no solo había pasado, sino que yo ya me encontraba totalmente curado. La medicina dio resultado. Sin embargo, ya no pudimos hacer la lectura programada en Casa de las Américas, aunque si la visitamos, y asistimos ese mismo día a la universidad en la que un grupo de guatemaltecos realizaban sus estudios de medicina. Pudimos interactuar con ellos en un conversatorio que se organizó. En esa ocasión conocí a la presidenta de la colonia guatemalteca residente en Cuba, esposa de un cubano que vivió en Guatemala en los años posteriores a la revolución del 20 de octubre.
Años después me visitó en mi oficina profesional. Era hermana de la esposa de Ramón Zelada Carrillo, abogado y destacado periodista, quien tuvo en dicha oficina, hasta su muerte, un espacio que yo le facilité. Cuando le comenté de mi visita a Cuba caímos en la cuenta de que, cuando conversamos, ella no sabía de la relación que tenía con sus hermanos. Se lamentó no haberme atendido.
Para los restantes días mi anfitrión fue Reinaldo León, con él y con su suegro, hijo de un español emigrante, fuimos a la Bodeguita del Medio, a algunos centros culturales y a otros lugares turísticos de la ciudad. Pude comprobar lo hermoso que fue el centro histórico de La Habana, así como la parte nueva de la misma. La ciudad me gustó. Encontré a personas amables, alegres y conversadoras. Para nuestros viajes internos usamos los servicios de taxis, casi todos construidos en los años cincuenta, que me recordaron el Chevrolet 1953 que tuvo mi padre. Por la noche del quinto día nos ofreció a Carlos René García y a mi persona una cena en la casa de una de sus primas, es decir de Reinaldo, con un plato cubano, hecho a base cerdo y frijoles. El inmueble era un apartamento situado en un edificio bastante deteriorado. Vimos antes de la entrada del edificio un vehículo abandonado, propiedad del esposo de la anfitriona, que conservaba para cuando lo pudieran arreglar.
Al día siguiente de la cena retornamos a Guatemala. Jorge Godínez y Simón Pedroza se quedaron un tiempo más. Convenimos con Reinaldo que yo haría gestiones para que él y su esposa regresaran a Guatemala. Meses después llegaron. Yo hice la carta de invitación a nombre de Amares, institución de la que era presidente, y di el enganche para sus pasajes. Me lo reintegraron posteriormente.
A su llegada a Guatemala los recibí en el aeropuerto y durante tres meses se hospedaron en nuestra casa de la colonia Quinta Samayoa, hasta que mi compadre José Paz les dio en arrendamiento un pequeño apartamento, muy cerca de nuestro hogar. Yuliet durante un tiempo dio clases de arte, que se le pagaron, en la sede de Amares. Mientras tanto Reinaldo lo hizo de cine en la Universidad de San Carlos. Ella era actriz de teatro. Él, un actor muy conocido en Cuba por el papel que hizo para una serie de la televisión cubana, interpretando a un mambí que participó en una revuelta a principios del siglo XX. Reinaldo es nieto de un inmigrante de la China, que llegó a Cuba, dejando familia en su lugar de origen. Hizo otra en su nueva patria.
Reinaldo y Yuliet permanecieron en Guatemala alrededor de cinco años, se incorporaron a la vida cultural local. Llegaron a ser parte de nuestra familia. Nos acompañaron en reuniones y fiestas familiares. Él estuvo presente en el acto cuando expliqué de la organización del Festival del Centro Histórico en la sede de la Alianza Francesa de Guatemala. En otra ocasión lo presenté con Mario Monteforte Toledo. Hicieron amistad. Fue el guionista de la película Donde acaban los caminos.
En los dos años anteriores al retorno a Cuba de esta pareja, Yuliet participó en algunas obras de teatro, mientras que Reinaldo colaboró con Haroldo Sánchez en la preparación de un noticiero, que posteriormente fue Guatevisión. En ese tiempo vivieron en una casa que arrendaron en una colonia de San Miguel Petapa, y posteriormente en un apartamento en Villas de San Juan, nuevamente cerca de nuestra casa. Mi madre les llegó a tener mucho cariño.
A su retorno a Cuba, los esposos León, no solo llevaron recuerdos, sino también a la “Fuló”; una perra negra, super cariñosa, que de cachorrita les regalamos. A esta y a una hermanita, huérfanas, las encontramos en una pequeña cueva, tiritando de frio y gimiendo, en nuestra granja de San Raimundo. La mascota vivió con ellos muchos años en Pinar del Rio.
Reinaldo, entre los proyectos que ha realizado desde su llegada a Cuba, aparte de dar clases y de participar en eventos culturales, ha escrito una historia del teatro guatemalteco, que aún está inédita. Fernando, un adolescente, el hijo de la pareja, nació cuando ya estaban allá. Se sumó a dos hermanos que nacieron de una relación anterior del padre.
Hoy día un correo electrónico nos une.
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