Tardes de sol y jacaranda. Alfombras de pino, viruta o aserrín teñidos. Cerveza fría y chinchivir helado. Olor a corozo, a incienso o a la misma cerveza y el chinchivir convertidos en orina caliente. Obviedades de la Semana Santa más famosa del país que no sorprenden a nadie, igual si le gustan o le incomodan los tumultos, las trompetas y los sabores de la temporada.
***
«La niñez, un sueño que todos hemos soñado, la cruzaste de puntillas para no despertarte».
**
Luis Cardoza y Aragón, antigüeño enamorado de su pueblo y de sus tradiciones con un fervor tan hondo como el rechazo a la idea de volver, escarba las profundidades de la identidad panzaverde en toda su obra, pero sobre todo en Dibujos de ciego, volumen tan breve como contundente para describir el modo de vida en la ciudad levítica que vive con una rodilla inclinada ante el nazareno de La Merced y la otra ante el Cristo yacente de San Felipe:
«La fabulación de tu infancia los impregnó de extraños poderes. ¿Cómo no ser sensible al mundo delirante y fanático que las rodeaba?»
***
Luis Aceituno, otro antigüeño que pasaba todo el año hablando de corozo, de marchas fúnebres y de Jesús de San Felipe, aunque el Viernes Santo abandonaba la idea de ponerse la túnica negra para caminar con él. Era su ilusión por doce meses, pero a la mera hora cedía al mal augurio, o quizás a la certeza de que el espectáculo había desplazado a los ritos; mejor evitar romperse el corazón ante una actualidad tan distante de sus recuerdos.
***
«En tierras extrañas, te inventaste la tuya».
***
La tasa natal guatemalteca, donde cada día nacen el doble de los cucuruchos que mueren, garantiza que cada año haya más cargadores para las procesiones que ahora salen los doce meses del año sin respetar el calendario cuaresmal, aunque ninguno de ellos sentirá verdadero amor y nostalgia por la tradición como el que ha pasado largas temporadas lejos, reviviéndola a través de cartas, fotos, cassettes, CDs o, últimamente, videos de YouTube.
Ambos Luises vivieron esta experiencia con dolor por la privación que al volver se transformó en decepción.
***
«Como hablar dormido.
Como hablar dormido.
Como hablar dormido».
***
El momento de cerrar los ojos y dejar la conciencia sobre la mesa de noche es un paso transitorio de ocho horas al mundo de los sueños, donde todo es hermoso, cercano al paraíso. Igual, quedarse dormido escuchando marchas fúnebres es, en cierto modo, un paseo por la infancia pletórica de parientes, abrazos, mangos, refrescos y algodones cuyo sabor no podemos probar más.
***
«Las procesiones me conectan a una parte de mi historia, a mis orígenes, a muchas cosas que no me resigno a perder».
***
Aceituno nunca publicó poesía, la respetaba demasiado para tocarla con las manos imprecisas de aprendiz; en cambio, sus columnas eran un ejercicio de exploración, tanto del cine europeo como de la nostalgia de su abuela y de cómo conoció con ella las tradiciones de su pueblo.
Ambos Luises vivieron esta experiencia, y aunque hayan sufrido cierto descalabro por la evolución durante los años de ausencia, la emoción con el primer contacto al volver fue absoluta. Aceituno lo plasmó en varias columnas:
«Regresando a La Antigua luego del exilio, tenía necesidad de reconciliarme con mi ciudad. No soy creyente, sino libre pensador. Sin embargo, la única manifestación digna para integrarme nuevamente a la colectividad era la Semana Santa».
***
«Empezó a oprimirte la pequeña ciudad fanática».
***
Cardoza volvió a pasar una cuaresma en La Antigua después del triunfo del 44, y el sinsabor lo hizo largarse sin esperar la Semana Santa.
El punto exacto de contraste entre la alegría popular con el analfabetismo agrario y las tradiciones coloniales le parecía perdido, y lo único que mantenía su esencia eran las bandas de música con seis u ocho ejecutantes, mismo número de los cargadores del anda. ¿Qué diría hoy de la extensión exagerada de algunos cortejos que llegan a estar casi veinticuatro horas en las calles, pensando únicamente en los cargadores (que no son cucuruchos ni mucho menos devotos sino influencers y no acompañan ni media hora después de su turno), sin pensar en los sayones, músicos o resto del personal de apoyo? ¿O de los adornos “modernos”, rascacielos kitsch de duroport donde apenas se alcanza a ver al Cristo? ¿Y de la competencia entre las distintas hermandades por hacer más largas las andas para demostrar quién tiene la más grande?
Hizo bien Cardoza al no pasar otra cuaresma acá. Aceituno siguió sus pasos y, en los últimos años, pasaba los días grandes lejos de La Antigua, escuchando acetatos de Ramírez Crocker o de Víctor Manuel Lara, explorando en Youtube las marchas modernas y volviendo a ver fragmentos de “Cuatro vidas”, película mexicana de 1949 con tomas de Jesús de San Bartolo y Jesús de La Merced pasando por el Parque Central, en el antiguo rito de liberar a un preso al mediodía del Viernes Santo.
***
«Expulsado de tu paraíso, naces de nuevo».
Afrancesados ambos, toman prestada de Marcel Proust la indagación en la memoria, buscando volver a la casa natal como extensión del útero de mamá. Ante un presente hostil, prefieren refugiarse en el pasado, cada uno a su manera.
***
No son ellos los únicos en abordar el sincretismo antigüeño. Luis de Lión, el tercer tocayo, desaparecido por el gobierno militar en los terribles años ochenta, explora el racismo desde el lado abajo en toda su obra. En “Los hijos del padre”, un cuento casi mágico, los devotos indios y los ladinos, cada grupo en su procesión, consultan al Cristo yacente para dirimir un conflicto que hasta pocos años era una lamentable realidad, usando a la imagen como bisagra entre ambos extremos sociales, del mismo modo que utiliza a la Virgen de Concepción en El tiempo principia en Xibalbá. La escena es épica, y toma lugar en la esquina de la primera calle y sexta avenida, frente a La Merced, donde nació Alberto Velásquez Collado, autor ineludible tanto de marchas como de marimba. Todas las procesiones de la temporada pasan por esta esquina, y todas deberían rendirle homenaje programando alguna pieza suya en vez de insistir en melodías importadas.
***
Aunque era tema recurrente cada cuaresma, la afirmación de Aceituno para explicar su identidad cucurucha a pesar de no considerarse cristiano, no pierde vigencia:
«Luego de mucho tiempo afuera, la actitud más digna que encontré fue sumarme anónimo y en silencio a la procesión de San Felipe (procesión de artesanos, obreros e indígenas); quería sentirme parte de una manifestación poderosa».
¿Puede considerarse poderosa a la suma de cuatro cuadras de incienso y devotos, un anda, una banda de músicos y cuatro cuadras más de fieles en movimiento toda la noche hasta amanecer?
Depende cómo se defina el poder, pero si ese tumulto hizo coincidir a tres de las plumas nacionales más reconocidas del siglo pasado, y el Cristo de la aldea sigue atrayendo a miles de fieles de todo el país no solo en Viernes Santo sino a lo largo de todo el año, algo fuerte tiene que haber ahí.
Tags: Luis Aceituno Luis Cardoza y Aragón Luis de Lión Portada Semana Santa








