Mientras China, Rusia, India e Irán tienden a forjar un nuevo orden en el escenario internacional tenemos elecciones en varios países entre tambores de guerra como Alemania, Israel, Rusia, Estados Unidos… En ese ámbito sobresale la guerra que libra Israel y Estados Unidos en Medio Oriente concentrados contra Irán, que es el país que se interpone a los designios del proyecto del gran Israel, que es el objetivo que persiguen Netanyahu y sus socios jázaros y ultraortodoxos en Israel y cristianos extremistas de Estados Unidos. Los israelitas extremos están ocupando los últimos remanentes que quedan del territorio palestino luego de destruir Gaza, y también en el sur del Líbano y partes de Siria.
En lo internacional también sobresale la invasión rusa de Ucrania defendida con armas y la inteligencia por Estados Unidos, Alemania, Francia y el Reino Unido. Ambas guerras se integran y alinean en un ataque de “occidente” en contra de Rusia y sus socios de Asia, como Irán, donde han probado el sabor del fiasco, en tanto el mito de Israel ha quedado al desnudo como un estado genocida y que ejerce control de Estados Unidos a través de la asociación judía AIPAC, que controla a casi todos los políticos estadounidenses.
Lo anterior tiene su base en las recomendaciones de la teoría del «Gran Tablero de Ajedrez», formulada por el politólogo y exasesor de seguridad nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski, en su libro de 1997 (The Grand Chessboard), que sostiene que Eurasia es el territorio geopolítico más importante del mundo y que el poder global depende del control de este supercontinente.
Para mantener su hegemonía mundial, el autor instó a Estados Unidos a evitar que surja cualquier potencia o coalición rival capaz de dominar esta región, es decir Rusia y sus amigos (Irán, China, India, Corea del Norte). Eurasia es el eje central pues concentra la mayor parte de la población, recursos naturales y poder económico del planeta. Quien la controle de costa a costa dominará el mundo.
El objetivo de EE. UU. es de gestionar los conflictos en ese tablero para impedir que Rusia lo unifique bajo un solo mando. En ese sentido, la Casa Blanca rechazó el pedido de Moscú de unirse a la OTAN en los años noventa pues ya no eran enemigos luego del colapso de la URSS. Estados Unidos, en tanto que quedó como la única potencia mundial, quiso disminuir a Rusia como aconsejaba Brzezinski.
Este geopolítico divide a los países en dos categorías clave: los jugadores estratégicos activos con la capacidad de proyectar poder para alterar el orden geopolítico actual (como Francia, Alemania, Rusia, China e India). Y los países cuya ubicación geográfica y su vulnerabilidad actúan como escudos o catalizadores para los jugadores activos como Ucrania, Azerbaiyán, Corea del Sur y Turquía.
Brzezinski destacó a Ucrania como el pivote geopolítico más crucial de Europa ya que sin Ucrania, Rusia dejaba automáticamente de ser un imperio euroasiático y quedaba reducida a un Estado predominantemente asiático, aislado de Europa Occidental. Si Rusia recupera Ucrania haría otro tanto con el control o la influencia de los recursos y la salida al Mar Negro, necesarios para convertirse otra vez en un poderoso imperio transcontinental. Así se entiende el conflicto actual entre Rusia y Occidente.
El Kremlin interpreta las acciones de EE. UU. y la OTAN como la expansión hacia el este para cercar, debilitar y fragmentar la influencia geopolítica de Rusia en su región asiática. Washington atiende los consejos de Brzezinski y le puso la trampa a Rusia de invadir Ucrania para desgastarla y Putin cayó en ella. (Por ello recién el primer ministro Modi de India le pidió que detuviera esta guerra).
El rearme alemán y europeo sigue esa misma teoría por sus propias razones y apoya a Estados Unidos en ese conflicto estratégico en espera que este país proteja la unión del viejo continente y la OTAN.
Entretanto, el Kremlin considera eso como una amenaza debido a la guerra en Ucrania, mientras Europa inventa amenazas provenientes de Rusia al decir engañosamente que podría estar lista para atacar a un país de la OTAN a finales de esta década con ataques híbridos y sabotajes destinados a desestabilizar la democracia alemana. Su gobierno leal a la Casa Blanca ha llamado a la conscripción militar a sus jóvenes, los que no están de acuerdo con un futuro belicista de su país.
Alemania provee ayuda militar y financiera a Ucrania frente a la invasión rusa. Moscú interpreta este apoyo como una participación directa en el conflicto, lo que eleva la fricción política y diplomática. El gobierno belicista alemán, en medio de una crisis de su industria, rompe con décadas de pacifismo tradicional para aumentar su presupuesto militar y, además, refuerza su presencia defensiva en el flanco oriental de la OTAN, subsidiando la industria militar.
Alemania quiere contentar a Trump. Los líderes británicos, franceses y alemanes están realmente entusiasmados con continuar la guerra en Ucrania para desgastar a Putin y avalan la estrategia de Estados Unidos, en espera que Trump apoye la Unión Europea, aunque muchos son escépticos. El gobierno alemán actual confía en el desgaste ruso. Empero, el Kremlin ha priorizado el gasto militar sobre el bienestar social, lo que ha generado una producción récord de municiones: fabrica más de 7 millones de proyectiles de artillería al año, una cifra que triplica la capacidad combinada de Estados Unidos y Europa. La industria estatal está reparando blindados y fabricando millones de drones a un ritmo sin precedentes, compensando gran parte de sus pérdidas en el campo de batalla.
La guerra en Ucrania consume principalmente infantería y blindados terrestres, pero Rusia mantiene intactas otras ramas estratégicas como su flota de submarinos que patrullan el Atlántico y el Ártico. Rusia conserva bombarderos estratégicos y sistemas de misiles hipersónicos de largo alcance capaces de golpear Europa. Además, tiene el mayor arsenal de ojivas nucleares del mundo, utilizándolo como un escudo de disuasión para evitar que la OTAN responda con toda su fuerza militar.
La doctrina de «guerra híbrida» es el escenario más probable que visualizan las inteligencias occidentales. No un ataque ruso con columnas de tanques invadiendo Berlín o Varsovia. Los europeos perciben sin fundamento que Rusia haría operaciones en la «zona gris» diseñadas para no activar automáticamente el Artículo 5 de defensa mutua de la OTAN. Informes de inteligencia de EE. UU. sugieren que Putin podría intentar incursiones militares menores y fronterizas en los países bálticos para testear la unidad de la Alianza. Interferencia masiva de señales GPS que afectan a la aviación comercial europea y hackeos a redes eléctricas.
Alemania asegura que no existe ningún tratado que prohíba la expansión de la OTAN hacia Europa Oriental como lo asegura el Kremlin. El Protocolo de Minsk de 2014 y el Acuerdo de Minsk II de 2015 fueron acuerdos diseñados para intentar frenar la guerra en la región ucraniana del Donbás. En ninguno de sus puntos se abordó, negoció y legisló el estatus general de la OTAN ni su ampliación en Europa.
Para Berlín son solo palabras las que dijo el secretario de Estado de EE. UU., James Baker, al líder soviético Mijaíl Gorbachov que la jurisdicción de la OTAN no se movería «ni una pulgada hacia el este». Pero para Moscú la expansión de la OTAN se amplió a toda Europa oriental y hasta pretendió expandirla a Ucrania.
De ahí vino el freno de Moscú. Alemania dice que el propio expresidente soviético Mijaíl Gorbachov aclaró formalmente en entrevistas posteriores que «el tema de la expansión de la OTAN nunca se discutió» en los términos generales que hoy alega el Kremlin, confirmando que la única discusión giraba en torno a las estructuras de la OTAN dentro de las fronteras alemanas.
Por lo tanto, Alemania y Francia mantienen que cada Estado europeo soberano tiene el derecho de elegir libremente sus propias alianzas de seguridad, principio que Rusia aceptó al firmar el Acta Final de Helsinki y la Carta de París, aunque Putin no está de acuerdo. Y acusa a Occidente de buscar la destrucción y el desmembramiento de Rusia como parte de una estrategia geopolítica para debilitarla, aislarla y apropiarse de sus recursos naturales como preconizó Brezinski. Rusia considera que el avance de la OTAN hacia sus fronteras al este representa una amenaza directa a su seguridad nacional. Y afirma que la ayuda militar y financiera de Estados Unidos y Europa a Ucrania busca infligir una derrota estratégica a Rusia en el campo de batalla. Además, le impone sanciones impuestas por Occidente son vistas como un intento deliberado de colapsar la economía rusa y doblegar a su población.
Putin sostiene que las potencias occidentales nunca aceptaron el resurgimiento de un Estado ruso fuerte tras el colapso de la Unión Soviética, fomentando la división interna y apoyando la inestabilidad en el Cáucaso en décadas pasadas. Para Putin, esta confrontación se presenta ante su ciudadanía como una lucha existencial para defender la soberanía y supervivencia del país frente a los intereses hegemónicos occidentales.
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