Vivir para comer… ¡y escribir!

Miguel Ángel Asturias había conocido a Blanca en Buenos Aires, en 1950. Pablo Neruda, amigo de ambos, los presentó en la cocina de un apartamento donde el poeta chileno celebraba una fiesta. Asturias solía refugiarse en las cocinas.

Jaime Barrios Carrillo

julio 26, 2026 - Actualizado julio 25, 2026

Aquel 19 de octubre de 1967, Miguel Ángel Asturias cumplía 68 años. Era una mañana límpida de jueves parisino, con los colores ocres del otoño tiñendo las calles. La cuadra donde residía, que era también la sede de la embajada de Guatemala, estaba atestada de automóviles y periodistas. Corría el rumor, con esa certeza que tienen los murmullos literarios, que esta vez el guatemalteco obtendría el Nobel.

Asturias, a quien los médicos le habían prohibido el azúcar, solía bajar muy temprano, antes de que despertara su esposa Blanca Mora y Araujo, a devorar los «panes dulces» —como se dice en Guatemala— que el conserje del edificio le compraba en secreto. El escritor escapaba así de las severas prescripciones alimenticias de su cónyuge, quien controlaba al pie de la letra la dieta que todo buen literato debe seguir.

Por eso, cuando la noticia del Nobel llegó por teléfono, Blanca no lo encontró de inmediato. Lo buscó por todo el edificio hasta dar con él en la consejería, justo cuando Asturias se llevaba un croissant a la boca. Tras el inevitable regaño, vino la alegría desbordante. La pareja decidió escapar por una puerta trasera, eludiendo a los periodistas, para celebrar a solas caminando de la mano por los Campos Elíseos, como dos recién enamorados. Los transeúntes, sin embargo, no tardaron en reconocer al nuevo premio Nobel.

Historia de una cocina y un amor

Miguel Ángel Asturias había conocido a Blanca en Buenos Aires, en 1950. Pablo Neruda, amigo de ambos, los presentó en la cocina de un apartamento donde el poeta chileno celebraba una fiesta. Asturias solía refugiarse en las cocinas.

Blanca Mora y Araujo, además de miembro de una familia aristocrática bonaerense, era una destacada estudiante de letras que preparaba su tesis sobre Miguel Ángel Asturias. Neruda le preguntó cómo avanzaba su trabajo y Blanca, con inagotable entusiasmo, le contó sus descubrimientos. Fue entonces que el poeta chileno le dijo que iba a darle una sorpresa y la condujo a la cocina, donde encontró a Asturias, muy callado, bebiendo una taza de café. Al verlos entrar, el escritor se puso de pie con cierta dificultad para estrechar la mano de ambos. Blanca apenas podía creer lo que veía mientras Neruda reía, complacido por el encuentro que estaba propiciando.

Meses después, Miguel Ángel y Blanca se casaron y emprendieron el viaje de bodas en un buque que atravesaría el océano. Blanca nunca terminó su tesis, pero el enorme interés por la obra de Asturias se complementó con la pasión vitalicia por el autor mismo. Ya fallecido el escritor en 1974, Blanca seguía clasificando y difundiendo su obra por el mundo, sabiéndose de memoria pasajes enteros de las novelas y recitando sus poemas.

Dos colosos de la literatura

Neruda y Asturias compartieron grandes y pequeñas cosas. Incluso el famoso préstamo del pasaporte de Asturias al poeta chileno, cuando huía de la persecución de González Videla y no tenía documentos para viajar. Neruda consiga en sus memorias Confieso que he vivido que en los controles de los aeropuertos fue el «señor Asturias».

Los dos eran, al filo de los cincuenta años, voluminosos ejemplares de la literatura hispanoamericana. Pesaban juntos cerca de doscientos kilos. Habían devorado no solo todos los libros que encontraban, sino cantidades industriales de ostras, pastas, pescados, carnes rojas, postres vulgares y exóticos, comida típica de todas partes, y probado los vinos y licores del planeta.

El escritor cubano Lisandro Otero cuenta que en 1938 Asturias ya era un hombre con bastantes kilos de más. Rafael Alberti y él vivían en París, en un edificio que albergaba una librería en la planta baja. En el escaparate se mostraban las obras completas de Víctor Hugo. Los dos escritores medían su silueta contra los tomos acumulados para comprobar el incremento de sus perfiles mofletudos. Alberti, desalentado, exclamaba: «Ya estoy pasando el quinto tomo de Los Miserables«, y Asturias le respondía: «Voy bien, no he aumentado, sigo en el segundo tomo de Nuestra Señora de París«. Eran dos epicúreos entregados al buen arte del comer y del beber.

Neruda, por su parte, nunca se quedó atrás. Luis Cardoza y Aragón lo retrató con esa mezcla de cariño y sátira: «Este corpachón de 90 kilos, de un metro ochenta, reía o se alteraba momentáneamente… Sentía que todo se lo merecía —comparto su opinión—… Fue antropófago y glotón de lo telúrico y lo celeste. Sin su gula, sin su refinada gula, no tendríamos su poesía.»

Comiendo en Hungría

Asturias y Neruda, con hambre de literatura y de mundo, coincidieron en Budapest, Hungría, la capital del gulasch y del licor tokay. Budapest, famosa por sus vuelos gastronómicos, los vio recorrer bibliotecas y restaurantes, salir de redacciones de periódicos directamente a comedores y pastelerías. Eran dos perfectos «chompipes», como ellos mismos se llamaban, en alusión al pavo americano. Y hay algo de pavo en todo escritor ampuloso, en toda pluma que vuela dando saltos por la tierra. Así eran aquellos dos compadres literarios: generosos en la palabra y en la mesa, mofletudos y sabios, amablemente redondos, hechos para la gloria.

En un restaurante llamado Alabarder, tomaron la decisión de escribir un libro conjunto sobre la cocina húngara con el título Comiendo en Hungría, publicado por la editorial Corvina, del cual extraigo el siguiente fragmento:

«Vamos de camino y comemos donde la mesa es buena y hay amigos. Eso nos ocurrió en Hungría. Buena mesa y muchísimos amigos. Si se trata de llenar el estómago, comer es vulgar, y si es por alimentarse, comer es instintivo. Por eso la mesa que tuvo para nosotros Hungría fue campo de fiesta y los que nos acompañaron, celebrantes de un ritual tan antiguo como el hombre mismo y tan actual como la vida cuando se mantienen las formas del convivio, el gusto por la compañía, las viandas, los vinos, la charla, el humo del tabaco y aquella inconfesable sensación de sobremesa, cuando nos embarga la emoción de estar compenetrados de substancias que fueron combinadas para nuestro deleite en proporciones de arte y sabiduría.»

Los acompañaba en esa aventura gastronómica Blanca Mora de Asturias, quien podía degustar con infinito placer tanto la literatura como la buena comida, sin que su delgada figura se resintiera jamás. Y no olvidaría Blanca que su felicidad conyugal se la debía a Pablo. Ni tampoco Miguel Ángel, que la suya también se la debía a Neruda.

La tesis que cayó al mar

Y una noche de ese lejano 1950, que imaginamos llena de luna en pleno océano, caminaba la pareja de recién casados por la cubierta del barco. Blanca le habría dicho a su esposo Miguel Ángel que podrían sentarse juntos a comentar su tesis, y fue casi corriendo a traerla al camarote. Después de algunas páginas en que Asturias pareció embelesado oyendo leer a su esposa Blanca, arrebató de pronto el manuscrito con sus fuertes manos y con su retumbante voz declaró:

«Ya no la necesitas, Blanca. No hace falta que escribas sobre Miguel Ángel Asturias si ya tienes al propio Asturias en persona y es tuyo para siempre.»

Y con un movimiento irreversible, el futuro Premio Nobel de Literatura lanzó la tesis de su esposa al mar. ¡Irreflexiva acción de Asturias!

Epílogo: el hambre que no se sacia

Miguel Àngel Asturias y Pablo Neruda entendieron algo que los críticos suelen olvidar: que la literatura no se escribe solo con palabras, sino con vida. Que el cuerpo también tiene memoria, y que el paladar, como la mirada, puede ser un órgano de conocimiento. Comían como escribían: con voracidad, con pasión, con la certeza de que cada bocado, como cada verso, podía ser el último y, por eso mismo, debía ser inolvidable. Quizá por eso sus textos saben con frecuencia a tierra, a vino, a pan recién horneado. Acaso sus personajes tienen el peso de la carne, el calor de la sangre, el aliento de quienes saben que la vida, como la buena mesa, se disfruta en compañía. Porque, al final, escribir no es más que una forma de compartir el pan. Y ellos, benditos glotones, nunca dejaron de hacerlo.

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?