Fragmento de la obra La Resurrección, del artista español Bartolomé Esteban Murillo.
Este domingo 20 de abril recién pasado terminó la Semana Santa del 2025 y, como lo determina la liturgia cristiana, se celebra ese día la resurrección de Cristo, por lo que es conocido como Domingo de Resurrección. La Iglesia católica organiza distintos rituales que van desde la misa, la cual en sus normativas se presenta como obligatoria para los fieles de dicha religión, hasta procesiones y otras actividades festivas ya que se trata del dogma más importante para el cristianismo. Sin embargo, en lo que respecta a los cortejos procesionales del Domingo de Resurrección en Guatemala estos son menos acompañados en comparación con los de la pasión y muerte de Cristo. Podríamos afirmar que las procesiones en Guatemala resultan más importantes socioculturalmente hablando que las misas y los denominados oficios de Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo o de Gloria, lo cual puede evidenciarse en las multitudes que ocupan las calles y los caminos para asistir a ver los sacros desfiles.
Muchas personas también tienen diversas intenciones para pertenecer a cofradías, hermandades y asociaciones que administran este tipo de actividades, creciendo el entusiasmo que puede ser devocional o de otros motivos, siendo mayor cada año el número de cucuruchos, cargadores y cargadoras que participan en las procesiones. Se trata, sin duda, de uno de los fenómenos socioculturales más potentes que existen en el país y que lo abordaré con más amplitud en columnas posteriores. Por lo tanto, la Semana Santa de Guatemala, entre otras cosas, es sinónimo de procesiones, y se sea creyente o no, resulta imposible ignorarlas. En ese sentido, existen comparaciones que realizan varias personas entre las procesiones de la pasión y muerte de Cristo con las de Resurrección, y las razones para contrastarlas son variadas. Algunas vienen de los detractores de las procesiones y buscan con ello señalar como incoherente el hecho de que se conmemore con énfasis la pasión y la muerte, mientras que la resurrección es, según ellos, menos tomada en cuenta. Otras son producto de católicos mismos que no están de acuerdo con que las procesiones tengan tanta importancia y se rigen por dogmas fundamentalistas, apegados a la liturgia y no tanto o nada a la paraliturgia. Y están quienes, procurando un debate filosófico, teológico y en ciertos casos social, exponen que la hegemonía eclesiástica ha procurado desarrollar el sentido de la culpa cristiana como un mecanismo de poder. Estos últimos no dejan de tener razón, pero considero que hace falta un mayor análisis precisamente desde las ciencias sociales y las humanidades para la comprensión profunda y multidimensional del fenómeno. Los motivos que expongo se plantean desde un análisis crítico de las subjetividades, lo que exige aplicar elementos sociológicos, antropológicos, históricos, teológicos, psicológicos y filosóficos. Y, lo más importante, es que procuro aportar al debate para tener mayores elementos que permitan pensar el fenómeno.

Uno de los primeros argumentos que expongo es que nadie ha visto nunca resucitar a alguien. La resurrección es un dogma y por lo tanto se cree, siendo imposible su racionalización. Por medio de la razón, la resurrección es imposible, mientras que la muerte es una verdad. Todos nos hemos enfrentado a la experiencia de la muerte, ya sea a través del fallecimiento de un ser querido, de una persona conocida o por estar en peligro nosotros mismos. Se trata de la certeza absoluta, porque también sabemos que algún día nos llegará y el mismo instinto de sobrevivencia está programado a partir de que sabemos que la muerte es posible en cualquier momento. Por ello le llaman en algunos lugares de América Latina la vencedora. También vivimos entre la muerte en un país como Guatemala: la violencia, la represión histórica, la desnutrición, los graves problemas de salud, la pobreza, la desesperación, constituyen factores que nos recuerdan la muerte de manera consciente e inconsciente. El mundo también expone la muerte, producto de un sistema que cada día es más cruel: guerras, terrorismo, trata de personas, violaciones a los derechos humanos, hambre, enfermedades, deterioro ambiental, injusticias, desarraigo.
En síntesis, como dice la canción Tonada de la muerte del cantautor cubano Silvio Rodríguez, “La muerte ronda conmigo hasta muy tarde en la noche…”. Por lo tanto, es más fácil identificarse con la muerte y todas las emociones que genera un suceso de esa naturaleza que con la resurrección. Es lógico que se dude, aunque se sea el cristiano más fiel. Como lo dijo el recientemente fallecido papa Francisco, la Iglesia de santos no se sabe dónde está, porque la Iglesia es de pecadores, y es importante reconocer eso no desde el plano moralista, sino al contrario, de reconocerse como seres humanos en todas las contradicciones que nos componen. Y sí, una de esas paradojas de muchas que nos conforman es la de dudar de aquello que es incierto. Por ello es por lo que la religión cristiana insiste tanto a través de sus sacerdotes que la fe debe ser fortalecida, porque también las distintas Iglesias saben que es natural situarnos en la seguridad de lo que la razón nos muestra y las condiciones concretas nos evidencian. En ese sentido, el ser humano ha aprendido a construir la certeza de la vida a través de la muerte: es una relación dialéctica indisoluble, que, aunque no se haga consciente, funciona perfectamente en la cultura: de ahí que el título de una de las más importantes obras antropológicas del sacerdote jesuita y antropólogo Ricardo Falla sea Esa muerte que nos hace vivir. El estudio de Falla, el cual recomiendo como una clara lectura sobre las significaciones socioculturales de la muerte en Guatemala, muestra que algo común en todas las culturas es resignificar la vida aprendiendo a convivir con la mayor de las certidumbres que es la muerte. Entonces, la identificación con ella es más segura que con la resurrección. Así mismo, esta última es una virtud del hijo de Dios, que también es deidad, y por lo tanto aún no está dada al ser humano porque, aunque los dogmas cristianos digan que se resucitará algún día, esto sigue siendo dogma y escapa a la razón. De esa manera, la identificación con Cristo es a través de su humanidad y fue sufrir como cualquier otra persona hasta llegar a morir lo que lo hace enteramente humano: e ahí la posibilidad de establecer el reconocimiento y la filiación entre el feligrés y Jesús. Para el cristianismo, el fenómeno religioso-espiritual-cultural tiene en ello una gran fuerza de estructuración que se manifiesta en la piedad popular de manera constante, y en la Cuaresma y Semana Santa tiene su tiempo más potente. Aquí toma validez el argumento de quienes afirman que la Iglesia católica pretende inculcar la culpa como mecanismo de dominación; en cierta medida tienen razón, pero no es esa la única explicación al fenómeno y no puede considerarse como absoluta. No en todas las personas opera la culpa, sino la identificación con la muerte y el sufrimiento, que son, como hemos visto, inherentes a nuestra naturaleza humana. El hecho de que un sector de los administradores de la religión haya establecido la culpa y el miedo como dispositivos de poder y de control para sus intereses de dominación y hegemonía, no significa que sea la sola razón por la que existe mayor inclinación a las imágenes de la pasión y de la muerte de Cristo que a su resurrección en las procesiones de la Semana Santa en Guatemala.
Dentro de esa identificación con lo que sí puede comprobarse y nos hace seres humanos a todos, es decir el sufrimiento y la muerte, se da también la conciencia del acompañar y de la solidaridad. Como lo dice el comunicador, periodista y ensayista Fernando Barillas Santa Cruz, al ser querido se le acompaña en el dolor y en el sufrimiento, a veces más que en las alegrías. Razones puede haber muchas para que esto suceda así, pero lo que aquí estamos tratando de analizar es cómo sucede. Las devociones a las imágenes no están ligadas solamente a lo religioso en sí, sino a las identificaciones desde lo que tiene un sentido para la persona: se les llega a considerar parte de la vida. Es así como al Cristo que sufre o que muere, se le acompaña como a un ser querido y la dialéctica vida-muerte se traduce en esa acción.
También deben considerarse situaciones sociales que son muy sencillas y que por serlo se pasan por alto cuando no se hacen estudios etnográficos y sociológicos de un fenómeno como el de las actividades religiosas: los días de la Semana Santa rompen con la cotidianidad que impone el sistema socioeconómico en su conjunto e incluso hay asueto desde el Miércoles Santo al mediodía. Las personas se pueden volcar a buscar las procesiones y visitar los sagrarios, organizando todo esto incluso como una especie de excursión familiar y de amistades, que es una buena justificación para buscar fortalecer el tejido social dentro de un corto periodo de vacaciones. Cuando llega el Domingo de Resurrección, muchas de las personas participantes en las procesiones anteriores están ya muy cansadas y la mente y el cuerpo empieza a programarse para regresar a las labores cotidianas, la mayoría de las veces pesadas. Sin embargo, las iglesias presentan gran afluencia en las misas, por lo que para muchos católicos no hay incoherencia, pero asistir a una procesión ya no es prioridad.
Si bien la estrategia central de evangelización durante la época colonial consistió en el uso del arte pictórico y escultórico, siendo la pasión y la muerte de Cristo temáticas fundamentales, y con ello las procesiones adquirieron relevancia, los pueblos indígenas también se identificaron con el sentido del sacrificio y la sangre, presente en varios elementos simbólicos de las respectivas culturas. Con ello, el sincretismo y otras relaciones interculturales se fortalecieron, porque la vida es correspondiente a la muerte y la muerte a la vida: así se manifiesta en la naturaleza. Mientras, la resurrección es una utopía, la esperanza de que con la muerte no llegue el fin, pero aún sin comprobar. Por ello es por lo que la muerte sigue siendo el camino fiel para alcanzar esa esperanza, compartida en la humanidad del Cristo que se carga y se ve en el anda procesional y en quien acude a acompañarle cargándolo u observándolo. Esa vía para llegar a la esperanza y seguir pensando en la utopía de la vida eterna seguirá siendo segura, porque el sufrimiento y la muerte son comprobables en nuestra humanidad, que es la que Cristo representa en cada imagen de pasión finamente tallada, encarnada y pintada.
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