En la cancha de la democracia, todos tenemos derecho a jugar y expresarnos libremente con respeto a las reglas del juego democrático. Los jugadores, sin importar el color de su camisola, están llamados a enfrentarse y debatir de manera respetuosa, pero sobre todo a buscar el bien común mediante consensos, especialmente en momentos de urgencia nacional.
En esta cancha nadie tiene derecho a silenciar al otro, menos con amenazas o de manera violenta. Por eso lo ocurrido el 17 de octubre pasado debe indignar y sacudir a cualquiera que desee preservar la libre emisión del pensamiento en esta sociedad.
Los asesinatos de Juan Francisco Solórzano Foppa y de Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, en medio de un partido de fútbol en el Campo Marte, son -como se ha reiterado desde entonces- un mensaje que busca callar a quienes denuncian las complejas redes del crimen organizado y la corrupción.
Sus muertes han dejado una estela de dolor, miedo, indignación y preocupación por un posible retroceso a prácticas de persecución política y de violencia contra quienes se atreven a denunciar irregularidades y crímenes.
En esta cancha enlutada, perseguida y silenciada se ve reflejada nuestra democracia.
A esto se unen las denuncias posteriores de Edgar Ortiz y Marjorie Von Ahn: amenazas, seguimientos e intimidaciones que han obligado a la Asociación Poder Ciudadano a suspender temporalmente sus actividades públicas.
Tres periodistas guatemaltecos han sido asesinados en lo va del año: Carlos Cal, Emerson Colindres y Evelio Lisandro López. En tanto, José Rubén Zamora ha denunciado recientemente nuevas amenazas de muerte. Preocupante, si tomamos en cuenta que Solórzano Foppa fue su abogado.
A esta indignación se suma que, ante las denuncias y exigencias de justicia, actores en redes sociales reaccionen con argumentos polarizantes, descalificadores e insultantes contra el exfiscal Foppa y su familia.
En el juego democrático hay espacio para la diversidad de ideas, pero la polarización, lejos de sumar, resta.
Todos esperamos que los árbitros de este juego democrático cumplan ahora con su rol y rápidamente. Las autoridades competentes deben brindar resultados urgentes que permitan la captura de los verdaderos responsables intelectuales y materiales de estos lamentables sucesos. No puede haber espacio para la lentitud y la tibieza en estos difíciles momentos. La justicia debe reaccionar de manera pronta y eficaz.
En medio del desasosiego, existe el riesgo de que distintos grupos intenten ganar seguidores y sacar provecho de la confrontación. La sociedad está de luto y la incertidumbre solo agrava la situación.
La respuesta de las autoridades no parece ofrecer señales claras que contribuyan a la gobernabilidad. Se requiere un liderazgo firme y eficaz. Señor presidente, no basta con lamentar, condenar o prometer … la gente espera acciones concretas y resultados en materia de seguridad y protección.
En este contexto, como ciudadanos, nos corresponde exigir resultados sin alimentar la polarización. No sigamos irreflexivamente los extremismos de izquierda ni de derecha, ni permitamos que intereses oscuros nos utilicen. Detengámonos por un momento y defendamos el bien común y el respeto a nuestros derechos fundamentales. Ante situaciones de violencia como esta, evitemos las expresiones como «eso le pasa por…» Los prejuicios y las descalificaciones que hoy dirigimos contra otros pueden volverse mañana contra nosotros.
Estamos llamados a dialogar, a expresar y a defender nuestras ideas de manera civilizada. No podemos dejarnos arrastrar por discursos de odio, ni por prejuicios. Frente al insulto, hagamos valer la razón. Nuestras palabras pueden contribuir al entendimiento, sin caer en la indiferencia o el silencio ante la injusticia. Demos el ejemplo para que la razón se sobreponga a la violencia irracional. Esta será una de las mejores contribuciones que podamos hacer a nuestra convivencia y a la de futuras generaciones.
La polarización que contribuyó a segar miles de vidas durante el conflicto armado interno no puede ser la herencia que dejemos a nuestros hijos. Ningún niño debería perder a su padre a causa del odio y la violencia, ni tener que soportar que después se justifique su muerte o se descalifique su memoria.
Este es el mínimo homenaje que podemos dar a todas las víctimas de la persecución política y la violencia, sin importar su orientación ideológica: que los niños puedan jugar sin miedo en esta nuestra querida cancha.
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