Cuando el volante nos vuelve estupidos

Hugo Maul R.

octubre 26, 2026 - Actualizado octubre 25, 2026
Hugo Maul R.

Jorge Lorenzo, cinco veces campeón mundial de motociclismo, acostumbrado a competir a más de 300 kilómetros por hora, después de obtener su licencia para conducir motocicletas, confesó que cuando maneja en la ciudad: “no le gusta correr riesgos, intenta ir muy lento y siempre respetar las normas”. Reconoció al instructor de la escuela de motociclismo en donde hizo los cursos para obtener la licencia que circular por la ciudad era “muy diferente, mucho más complicado” que competir en un circuito. Dijo considerarse “frágil” entre automóviles, semáforos y camiones. A lo que su instructor replicó diciendo: “intenta recordar esta sensación siempre, siempre”.  Resulta paradójico que uno de los mejores motociclistas del mundo encontrara más intimidante circular por las calles de su natal Barcelona que competir a velocidades extremas en complicados circuitos. La explicación es sencilla: en un circuito existen reglas, pilotos entrenados y comportamientos relativamente previsibles; en las calles, nada de eso está suficientemente garantizado.

Basta observar a un motociclista circulando por la ciudad de Guatemala para comprender la diferencia: zigzagueando entre automóviles, invadiendo carriles y realizando adelantamientos imposibles entre dos camiones en movimiento. Aquí surge una pregunta incómoda: ¿el motociclista que realiza maniobras absurdamente peligrosas es imprudente, negligente o simplemente estúpido? Quien conduce sin luces de freno o direccionales funcionales puede estar siendo negligente al desatender las condiciones mínimas de seguridad de su vehículo. Quien zigzaguea entre automóviles, consciente del peligro pero confiando excesivamente en su habilidad, actúa imprudentemente. Pero quien ni siquiera alcanza a imaginar lo que puede suceder cuando otro vehículo realiza una maniobra inesperada enfrenta un problema distinto: la incapacidad de anticipar las consecuencias de sus propias decisiones.

Esta última forma de estupidez puede resultar especialmente peligrosa, precisamente porque quien la padece ni siquiera reconoce el peligro que genera. La psicología distingue entre inteligencia y racionalidad. Incluso existe un concepto, la disracionalidad, que describe la dificultad para pensar racionalmente a pesar de disponer de inteligencia suficiente. Una cosa es no poder razonar adecuadamente; otra, disponer de esa capacidad y no utilizarla. La estupidez puede surgir tanto de la incapacidad para razonar como de la renuncia a hacerlo. Tal pareciera que, para algunos conductores, subirse a una motocicleta produce una curiosa metamorfosis: personas perfectamente capaces de razonar en otros ámbitos de su vida parecen suspender sus facultades racionales en cuanto toman el manubrio. No es que sean estúpidos; es que la motocicleta parece volverlos estúpidos.

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer llevó la reflexión todavía más lejos al advertir que la estupidez puede resultar más peligrosa que la maldad. Su argumento era particularmente inquietante: la estupidez no es necesariamente una deficiencia intelectual, sino también un fenómeno social que puede cultivarse y reproducirse. Personas perfectamente inteligentes pueden comportarse estúpidamente cuando renuncian al juicio propio y dejan de examinar críticamente sus decisiones. El problema adquiere otra dimensión al considerar la realidad educativa de Guatemala. Según PISA 2025, apenas el 8 por ciento de los estudiantes evaluados alcanzó el nivel mínimo de competencia matemática y solamente el 17 por ciento logró ese nivel en lectura. Estas cifras no miden inteligencia, pero revelan un fracaso monumental en el desarrollo de capacidades indispensables para comprender información, establecer relaciones causales y resolver problemas. ¿Cómo esperar decisiones razonadas cuando el sistema educativo ofrece oportunidades tan limitadas para aprender a razonar?

A esto hay que sumar que el uso de pantallas, videos de pocos segundos y recompensas inmediatas compiten con la lectura, la reflexión y el esfuerzo intelectual. Investigaciones recientes encuentran asociaciones entre el consumo intensivo de videos breves y dificultades de atención y autocontrol. Aunque ello no demuestra que las pantallas vuelvan menos inteligentes a las personas, cabe preguntarse: ¿qué sucede cuando esa aparente transformación de personas racionales en conductores estúpidos se combina con una educación deficiente, hábitos de atención fragmentada y un entorno donde las reglas prácticamente no se hacen cumplir?

A nadie en su sano juicio se le ocurriría repartir pistolas cargadas entre niños menores de cinco años. Sin embargo, se acepta pasivamente que personas que parecen renunciar a anticipar las consecuencias de sus actos conduzcan vehículos potencialmente letales, frecuentemente sin las condiciones mínimas de seguridad. Motocicletas sin luces delanteras, luces de freno o direccionales funcionales; conductores sin casco adecuado y maniobras peligrosas que parecen no tener consecuencias. Las normas existen, pero su cumplimiento efectivo es otra historia. Lo verdaderamente sorprendente es que se haya normalizado la irresponsabilidad.

Exigir el cumplimiento de las normas provoca molestias inmediatas, resistencia organizada y costos políticos visibles. Tolerar su incumplimiento, en cambio, permite evitar esos conflictos, mientras los costos de los accidentes se dispersan entre víctimas, familias y el resto de la sociedad. Así, la estupidez individual, combinada con incentivos políticos perfectamente racionales, puede terminar produciendo negligencia institucional. La negligencia institucional termina así reforzando los mismos comportamientos que debería corregir.

Lorenzo puede controlar una motocicleta a velocidades extraordinarias, pero no puede controlar la estupidez ajena. Tampoco puede hacerlo el motociclista o automovilista prudente que circula por Guatemala. Las buenas instituciones no existen porque todos sean prudentes, sino precisamente porque no todos lo son. Lo verdaderamente preocupante no es solamente que haya estúpidos conduciendo vehículos, sino que se haya construido un sistema donde puede resultar políticamente más conveniente tolerar ese comportamiento que exigir el cumplimiento de las reglas. Lo más triste de todo es que incluso personas inteligentes pueden encontrar racional administrar la estupidez en lugar de combatir sus consecuencias.

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?