Es un hecho que desde un amplio estudio de las democracias y las dictaduras, desde sus raíces etimológicas hasta sus concepciones filosóficas, se pueden verificar las aplicaciones de estas en los diversos sistemas de gobierno, analizando sus prácticas concretas que evidencian si un gobierno respeta o destruye la democracia.
Es así como se pueden hacer palpables las diferencias sustanciales que hacen comprender cuándo un régimen deja de ser sano para convertirse en una amenaza para las libertades fundamentales de los individuos.
Una dictadura, aunque se maquille de eficiencia y desarrollo, no deja de ser eso, dictadura.
Gobiernos como el de Nayib Bukele en El Salvador son el perfecto ejemplo de lo que arriba se hace referencia.
El pasado 31 de julio de 2025, en la Asamblea Legislativa salvadoreña – dominada por el oficialismo – aprobó de forma acelerada y sin consulta ciudadana, una serie de reformas que consolidan la concentración del poder en el vecino país. Es decir, se habilitó la reelección presidencial indefinida, extendiéndose el período presidencial de cinco a seis años y eliminándose la segunda vuelta electoral.
En consecuencia, se adelantó la finalización del actual mandato presidencial para 2027, reconfigurando todo el calendario electoral. Dichas reformas fueron votadas en apenas tres horas, con sólo tres diputados en contra.
La diputada Marcela Villatoro advirtió: “la democracia en El Salvador ha muerto”, afirmación que lejos de ser exagerada, refleja una dolorosa realidad: se están institucionalizando mecanismos para la perpetuación en el poder y anulando la alternancia democrática, todo con apariencia de legalidad.
Es lamentable y frustrante constatar cómo se embelesa al ciudadano con obras vistosas y promesas de orden, sin advertir que detrás de ese supuesto desarrollo se esconde un sistema dictatorial, camuflado por el desconocimiento generalizado respecto a la forma en que operan regímenes como este.
Bajo esa falta de conocimiento, y las múltiples demandas de una población carente de un Estado verdaderamente sólido y funcional, resulta muy fácil caer en el embrujo del concreto y la eficiencia cuando se desconoce la ciencia política que estudia los regímenes autoritarios, sus nuevas modalidades y mecanismos de control, así como sus estrategias para perpetuarse bajo una fachada de modernización, el ocultamiento de esa concentración de poder y la supresión de derechos.
Cuando se eliminan los pesos y contrapesos, cuando las reglas se ajustan al gusto de quien gobierna y cuando se acallan voces críticas bajo una narrativa de eficiencia, el daño a la democracia es profundo y muchas veces irreversible.
Téngase presente como esa falta de objetividad y raciocinio obstruye la razón y se sucumbe a la aceptación de ese espejismo llamado “desarrollo” en donde una biblioteca, una autopista o un hospital nublan la percepción ciudadana y dan la falsa sensación de progreso.
Pero bajo esa superficie, lo que verdaderamente se construye es una estructura que anula la libertad, elimina el disenso y convierte al poder en dueño del Estado.
Muchos se lamentan y me incluyo, que, aunque hoy tengan esa biblioteca, esas dos, tres, cuatro carreteras, etc. se confirme lo que desde un principio se vislumbró, El Salvador es ya: un régimen autoritario disfrazado de modernidad y progreso.
Lo más peligroso de estas administraciones “a la moderna” es que erosionan el pensamiento crítico y debilitan la conciencia ciudadana, imponiéndose una narrativa única, que hace creer que no hay otro camino posible y se naturaliza el poder sin límites.
Históricamente países como los nuestros, marcados por necesidades desatendidas, fórmulas de gobierno como estos, pueden fácilmente encontrar cabida, pues seducen con promesas rápidas, atendiendo falsamente a la población, dado que resultan ser trampas autoritarias envueltas en discursos tecnocráticos y un ocultamiento de la realidad tras el acallamiento de la prensa y las voces disidentes.
Hoy más que nunca, es urgente reevaluar los modelos políticos que se nos presentan como “exitosos” cuando en realidad encierran prácticas profundamente autoritarias.
No puede permitirse que la sed de orden, a la larga falso o la necesidad de respuestas inmediatas, sin fundamento, sacrifiquen el alma misma de la democracia.
Los pueblos no necesitan mesías que concentren el poder, sino Estados fuertes, instituciones sanas y ciudadanos activos.
Las reformas en El Salvador nos recuerdan que el autoritarismo del siglo XXI no siempre se impone con tanques ni golpes de Estado y que éste puede llegar disfrazado de modernización y eficiencia, siendo ese desarrollo, uno no verdadero, ya que se sostiene sobre las ruinas de la libertad.
Detrás de cada biblioteca brillante o una autopista nueva, puede esconderse un camino sin retorno hacia el autoritarismo. Que ese maquillaje del progreso no nos ciegue: las dictaduras, aunque se disfracen de éxito, siguen siendo dictaduras.
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