Mientras los asuntos nacionales parecen llenar la agenda nacional, en la región centroamericana suceden hechos relevantes. Queda al desnudo que estamos frente a desafíos globales, donde lo nacional solo es pieza de un rompecabezas mayor. Los vientos autoritarios soplan fuerte y las tramas que las alientan son cotidianas.
En el vecino país, Bukele continúa con su avanzada de expresiones autocráticas. La prensa independiente sigue siendo víctima de los ataques continuos de un régimen que se encamina a la continuidad por la vía de prácticas corruptas, cada vez más entronizadas; donde todo aquel que se atreva a denunciar y salirse del script dominante paga cara la factura. El control institucional es el arma creada para que no se subvierta el proyecto hegemónico en fase de consolidación.
Por su lado, en Honduras, la trama que posibilitó el indulto a JOH (condenado a 45 años por su vinculación con el narcotráfico) y la posterior elección de Asfura saltan a la palestra, especialmente tras los cuestionamientos por el posible involucramiento de “naciones amigas” como componedoras financieras de semejantes jugadas, que al final de cuentas, persiguen contar con una plataforma para hacer y deshacer negocios al por mayor. Se vale perdonar a los criminales y meter mano en las elecciones, siempre que sea para lograr el “bien mayor”. La revelación de audios entre Hernández y el nuevo presidente sacuden la agenda política de ese país (Hondurasgate).
Costa Rica, por su parte, parece alejarse, cada vez más, de ser considerada la joya democrática de la región. Las prácticas autoritarias, antes casi inexistentes, han hecho su aparición. El gobierno de R. Chévez representa un punto de inflexión, que ahora tiene su continuidad con la nueva administración (donde el expresidente figura como el poder real detrás del trono, con el cargo de ministro de la Presidencia y Hacienda). El más reciente hecho, la sanción emitida por el gobierno norteamericano en contra de la directiva de Diario La Nación, por ser un medio crítico al anterior gobierno; con quien el exmandatario mantuvo un constante enfrentamiento, es otra constatación del vertiginoso retroceso. La postura editorial es castigada, por ser hostil al “amigo”.
Todos los caminos apuntan en el mismo sentido. Ninguna de las cinco naciones de la Centroamérica original escapa a los vientos huracanados de los autoritarismos. Formas, velocidades e intensidades diversas; pero al final, similares prácticas y propósitos. Y como tapa al pomo, unas sociedades complacientes con esos avances. El supuesto que no importa el régimen, siempre que este resuelva, representa una falsedad. Al final, los actores protagónicos, si de algo están claros, es que ese discurso vende, somete, crea lealtades artificiales; todo para que al final, continúen saliéndose con la suya.
La región sigue siendo un laboratorio constante de aplicación del “gatopardismo”, término que proviene de la obra “El Gatopardo” escrito por Giuseppe Tomasi di Lampedusa. El diálogo más famoso (expresado por el protagonista, príncipe Fabrizio Corbera, gobernante de Sicilia en el S.XIX) expresa «Que todo cambie para que todo siga igual». De esa cuenta, al final, a pocos interesa la transformación de las condiciones imperantes. La continuidad (el llamado sistema) es más fuerte y atrayente. La ruta autoritaria vende humo para que nada cambie, solo se mute.
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