La ilegal reelección de Mazariegos en la USAC representa no solo la consumación de una aberración desde todo punto de vista, sino la consolidación de una generación de apócrifos profesionales, quienes, ni por asomo, podrían haber egresado de un centro de educación superior que se precie de cumplir con los estándares mínimos, sino fuera por la proliferación de los caminos fáciles, la compraventa de notas, títulos y cargos que desde hace algunas décadas se han gestado en la universidad pública. Esas veredas, ahora son anchos carriles por donde deambula una diversidad de prácticas totalmente contrarias a los valores éticos y profesionales que deberían ser la columna vertebral de la enseñanza universitaria.
Lo que muchos consideramos como expresión máxima de la regresión del pensamiento y consolidación del oscurantismo; es visto por sus impulsores como la gran oportunidad, el momento esperado para, no solo destruir y vaciar de contenido una institución determinante en la historia nacional, sino terminar de convertirla en el engranaje clave para la promoción y reproducción, a más y mejor, de generaciones de interesados en usurpar la academia, la utilización indolente de los recursos públicos, el acrecentamiento de la corrupción y otras expresiones criminales.
Esto último es altamente preocupante, dado que a diario pasan por las aulas de esa “universidad” grandes contingentes de ciudadanos; quienes no tienen otras opciones para estudiar y profesionalizarse, y pueden ser presas del “nuevo modelo” que imponen las mafias disfrazadas de autoridades y docentes sin escrúpulo alguno. Cautivos están también los académicos, investigadores, personal administrativo y estudiantes que claramente no comparten la cooptación de los últimos tiempos, pero que no tienen otro remedio que continuar formando parte de esa comunidad, ante la carencia de alternativas.
Las implicaciones de la destrucción de la universidad pública en la docencia, investigación, extensión y la incidencia son, en extremo, graves. De acá en adelante, se consolidará el silencio, la oscuridad, la ausencia de presencia. Se ha silenciado una de las principales voces promotoras de los valores humanos, la paz y la democracia en el país y en la región centroamericana.
Contradictoriamente al modo de proceder de importantes universidades públicas a nivel global, la USAC es promotora del autoritarismo, la injusticia, la violación flagrante y cotidiana de los derechos, generadora de violencias, miedos y desconfianzas. Y, para colmo de males, no quiero ni saber quiénes son y/o serán sus representantes en las casi cien instituciones (juntas y consejos directivos) donde la universidad estatal tiene participación.
Como ola descomunal, la pérdida de la USAC no marcha sola. Con ella, se genera efecto dominó en los colegios profesionales, en el Consejo de la Enseñanza Privada Superior (CEPS), así como en buena parte de las universidades privadas (especialmente las que gravitan en la órbita de los autócratas que lideran la embestida). Todo ello sucede ante la complicidad de instancias, como la mayoría de magistrados de la CC, a quienes por ley correspondía poner alto a semejante desmán. ¿Queda algo por hacer? Quizás, pero los golpes arteros ya han sido dados.
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