El lado oscuro de la innovación

Jorge Mario Rodríguez

noviembre 5, 2025 - Actualizado noviembre 4, 2025
Jorge Mario Rodríguez

Una de las tendencias ideológicas más poderosas de la actualidad es la celebración superficial, casi epidérmica, de la innovación tecnológica. En el poco profundo sentido común de la época se ha instalado la creencia de que las aceleradas innovaciones en el área tecnológica, especialmente en el campo de la inteligencia artificial, garantizan una solución casi mágica para los angustiantes problemas que enfrenta la humanidad. La vigencia de una ideología tan poco juiciosa se nutre de la creciente precariedad e incertidumbre experimentada, de diferentes maneras, por todas las sociedades actuales. Poco importa que la misma crisis mundial tenga como uno de sus epicentros la innovación tecnológica desregulada.

Los intereses tecnológicos —dueños de las redes de información y comunicación global— han colonizado la conciencia colectiva con la idea de que la innovación es una fórmula mágica capaz de solucionar cualquier problema. Más aún: se celebra la “disrupción” como una virtud inherente a la innovación. En la época actual, cabe decirlo, las personas no siempre celebran la disrupción como un fenómeno esperanzador. Una transformación disruptiva, por ejemplo, puede representar el desempleo en los últimos años de la vida laboral de una persona que puede verse desprovista de sus medios de vida. La automatización del mundo laboral no suele verse con esperanza por la gente de carne y hueso.

El entusiasmo por la innovación acelerada se nutre de creencias que, en realidad, no han surgido del pensamiento riguroso. Detrás de esta interpretación mágica se movilizan las influencias de un neoliberalismo que ha mutado algunas de sus expresiones, pero nunca abandonado su objetivo de desmenuzar cualquier sistema de ideas que trate de desarrollar la legítima preocupación con el bienestar social y el bien común. En este sentido, Eduar Aibar recuerda que la misma idea de innovación disruptiva fue formulada por Clayton Christense, quien la articuló en el contexto del estudio de los mercados. En esta dirección, no es difícil ver cómo la idea del poder de la disrupción se alimenta del concepto de “destrucción creativa” el cual fue creado por Joseph Schumpeter.

El traslado de dicha ideología economicista al complejo campo de la realidad humana se evidencia frente al pensamiento crítico. Para dar un ejemplo, la geoingeniería, presentada como solución al cambio climático, pretende enmendar los efectos de la crisis ambiental sin cuestionar sus causas. El problema ambiental no radica en la falta de la tecnología, sino en un modelo productivo que ha reducido la naturaleza a mero recurso en el contexto de una ideología economicista que no toma en cuenta los efectos fatales de la destrucción del planeta.

En este escenario, la ideología de la innovación tecnológica ha desembocado en el aceleracionismo tecnológico. Promovido por el capitalismo digital, este constructo encubridor sostiene que la innovación tecnológica se debe acelerar a toda costa para alcanzar un mundo en el que se promete la misma superación de las limitaciones humanas. Esta ideología apoya las perspectivas transhumanistas que ven un nuevo orden dominado por seres que pueden surgir de la misma naturaleza humana, la cual se “aumenta” a través de la continua innovación tecnológica. El desarrollo de la biotecnología está arribando a perspectivas que no pueden ser contempladas con indiferencia.

Es obvio que la emergencia de esta ideología refleja las carencias ético-políticas sobre los impactos sociales de la tecnología. En realidad, posiciones tan descabelladas no se alimentan de la solidez de sus argumentos, sino del poder cultural y económico de las grandes corporaciones tecnológicas. De hecho, al ignorar las dimensiones humanas, históricas y ecológicas del desarrollo, perpetúa las desigualdades que dice combatir.

En el contexto guatemalteco, estas ideologías son poco conocidas. Sin embargo, sus tenues influencias se han filtrado en diversas instituciones públicas —desde Segeplan hasta la Senacyt—las cuales celebran la innovación de una manera por lo menos ingenua. Esto no significa un desprecio absoluto de la tecnología. Solo se trata de usarla con la debida precaución respecto a sus efectos indeseados.

Es imperativo, por lo tanto, no desoír las advertencias sobre los riesgos de una innovación tecnológica indiferente a los imperativos éticos de una sociedad que observa los derechos humanos. Detrás del resplandor del progreso se ocultan graves problemas que no pueden seguir creciendo. Se debe tener renovada conciencia de los efectos ecológicos y humanos de la aceleración tecnológica.

A veces parece que Guatemala tiene poco que decir respecto al proceso global de la innovación tecnológica. Esta posición condena a nuestra sociedad a una actitud de pasividad frente al desastre. Podemos, sin embargo, modular la forma en que la tecnología actual se incorpora en nuestro mundo. No podemos limitarnos a ser simples convidados de piedra al proceso en el cual se decide nuestro destino.

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