Un fantasma recorre Guatemala: el fantasma de la impunidad

“La gente recuerda lo que quiere recordar, no lo que realmente sucedió.”
— Ryszard Kapuściński

Christian Baumann Noriega

octubre 22, 2026 - Actualizado octubre 21, 2026
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 Hay acontecimientos que nos obligan a mirar hacia atrás, no por nostalgia, sino porque nos recuerdan que la historia de un país no es algo que simplemente quedó enterrado en el pasado. Guatemala es un país que todavía vive las consecuencias de sus heridas históricas. Y el asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa, el pasado 17 de octubre, mientras jugaba fútbol en la Ciudad de Guatemala a plena luz del día, es uno de esos acontecimientos que nos obligan a detenernos y preguntarnos hacia dónde vamos.

Solórzano Foppa era un ciudadano ocupado que odiaba el silencio. Fue fiscal, dirigió la Superintendencia de Administración Tributaria y participó en investigaciones que expusieron las redes de corrupción que, durante décadas, han protegido los intereses de los grupos más poderosos del país. Su trabajo estuvo vinculado a investigaciones de alto impacto, como el caso La Línea, y durante los últimos años continuó denunciando los vínculos entre el poder político, el crimen organizado y las estructuras de impunidad.

Fue, definitivamente, una voz incómoda. Alguien que se atrevió a señalar aquello que muchos prefieren mantener oculto o simplemente ignorar.

Y precisamente por eso, su muerte no puede tratarse como un hecho aislado, como una noticia más en la crónica diaria de violencia que consume Guatemala. Es un asesinato que, por sus circunstancias, por la trayectoria de la víctima y por el significado que tiene para la sociedad guatemalteca, devuelve al primer plano el fantasma de la impunidad.

No hace tanto tiempo que Guatemala vivía bajo el terror de la persecución política, las desapariciones forzadas y los asesinatos de quienes se atrevían a cuestionar el poder. Durante demasiado tiempo, la violencia fue una herramienta para silenciar a quienes pensaban diferente, investigaban los abusos o reclamaban justicia. Y aunque sería falso decir que esa violencia desapareció, también es cierto que un asesinato con el peso político y simbólico de este nos devuelve a una época que creíamos haber dejado atrás.

La muerte de Juan Francisco Solórzano Foppa nos recuerda que la lucha contra la corrupción no es una cuestión abstracta ni un simple enfrentamiento entre políticos. Es una lucha por la posibilidad de vivir en un país donde nadie tenga que arriesgar su vida por decir la verdad. Donde investigar a los poderosos no sea una sentencia y donde la justicia no dependa de a quién se investiga.

Por él, por su familia y por todas las personas que han dedicado sus vidas a construir una Guatemala más justa, tenemos que exigir respuestas. Pero también tenemos que hacerlo por nosotros mismos y por las generaciones que vienen.

Guatemala ya ha pagado un precio demasiado alto por la violencia, el silencio y la impunidad. No podemos permitir que nuestros hijos hereden otra vez un país en el que la muerte sea la respuesta a quienes se atreven a cuestionar el poder.

Y es que un fantasma recorre Guatemala: el fantasma de la impunidad. Pero los fantasmas no son invencibles. Se alimentan del silencio, del miedo y de nuestra incapacidad para recordar. Frente a ellos están la palabra, la memoria y la voluntad de quienes se niegan a aceptar que las cosas tengan que seguir siendo así. Quizá esa sea también parte de nuestra responsabilidad: contar lo que sucede, exigir que se conozca la verdad y no permitir que otra muerte termine olvidada entre las páginas de nuestra historia.

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