¿Democracia? No gracias, ya volvimos al mismo teatro

Marcos Melchor Palencia

diciembre 6, 2025 - Actualizado diciembre 5, 2025
Marcos Melchor Palencia

Luego de que la Cámara de Amparo y Antejuicio de la Corte Suprema de Justicia otorgara, el 27 de noviembre, un amparo provisional a los cuatro magistrados titulares del Tribunal Supremo Electoral, Guatemala presenció otra de esas escenas que parecen escritas por un guionista cansado pero obsesionado con su propio chiste.

Irma Palencia, Gabriel Aguilera, Ranulfo Rojas y Mynor Franco regresaron a sus oficinas como si volvieran de un retiro espiritual involuntario, como si la suspensión que les impuso el Ministerio Público en enero de 2024 —por la investigación de la millonaria compra del sistema TREP— fuera apenas un malentendido administrativo. Su retorno se sintió menos como un acto administrativo y más como el recordatorio de que, a veces, y solo a veces, la institucionalidad guatemalteca funciona a ritmo propio, ajena a las expectativas y al dramatismo que la rodea.

Desde principios del 2024, los magistrados estaban suspendidos por el célebre caso del TREP, sistema de transmisión de resultados que costó alrededor de Q148 millones y que se convirtió en protagonista involuntario de sospechas, auditorías y titulares. El amparo no los exime, no los santifica ni pretende absolverlos de nada; simplemente les devuelve la posibilidad de ejercer. Y en un país donde se exige que las instituciones respiren, su regreso —aunque abrupto y rodeado de ecos judiciales aún pendientes— permite, paradójicamente, que el TSE recupere algo parecido a la normalidad.

O al menos a la versión guatemalteca de normalidad, que ya es decir bastante.

La CSJ resolvió que la suspensión debía detenerse por ahora, que el proceso penal puede continuar sin necesidad de paralizar la función electoral. Es un mensaje curioso: la justicia avanza, sí, pero no al precio de desarticular al árbitro del sistema democrático. Es casi poético —o hasta cínico, pero ya no sé cómo definirlo— cómo la jurisprudencia se mueve en un delicado equilibrio entre la sospecha y la necesidad institucional. Quienes esperaban una caída definitiva se quedaron esperando; quienes apostaban por una resurrección simbólica pueden celebrar discretamente. Otros, más prudentes, lo interpretan como una jugada para evitar un vacío que pondría en riesgo la operatividad electoral del país.

Cada quien lee el gesto según sus temores.

El retorno de los magistrados también deja ver la fragilidad con la que el país trata a sus instituciones. Se exige transparencia, rigor, honorabilidad incuestionable —y con razón—, pero se olvida que no existen relevos mágicos ni estructuras capaces de funcionar sin la presencia de quienes fueron designados para conducirlas. Podemos desconfiar del TSE, cuestionar su papel en las elecciones más tensas de los últimos años, o mirar con lupa las resoluciones que ahora puedan tomar; pero negar que su pleno incompleto era un problema mayor sería mentirse con entusiasmo. En última instancia, la democracia necesita árbitros —no necesita como aquel uno de la FECI—, incluso si a veces sus silbatos suenan más fuerte de lo que deberían.

Así, los magistrados vuelven a sus oficinas, revisan expedientes, firman actas pendientes, ordenan lo que haya que ordenar. Lo hacen bajo escrutinio, con un proceso penal respirándoles en la nuca y con una ciudadanía que mezcla indignación, cansancio y la esperanza remota de que, por una vez, todo funcione sin sobresaltos.

Tal vez su regreso no sea una victoria épica ni una reivindicación moral, pero sí devuelve una pieza que Guatemala no puede darse el lujo de perder: la estabilidad mínima del sistema que decide quién nos gobierna. Y eso, aunque pocos lo admitirán en voz alta, importa más que cualquier narrativa.

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