La crueldad de la ultraderecha contemporánea

Jorge Mario Rodríguez

septiembre 7, 2026 - Actualizado septiembre 6, 2026
Jorge Mario Rodríguez

Hace algunos días, el influencer de extrema derecha Milo Yiannopoulos fue expulsado de los Estados Unidos tras ser detenido por el Immigration and Customs Enforcement (ICE, por sus siglas en inglés). Este individuo, quien en alguna ocasión se había autodenominado el “más fabuloso supervillano de internet”, cayó en desgracia en los círculos de la derecha por su defensa de la pedofilia. Este sujeto es el exeditor de Breitbart News, el notorio sitio web que alcanzó gran popularidad bajo la dirección de Steve Bannon. A pesar de su caída en desgracia, Yiannopoulous ha apoyado las políticas antiinmigrantes del actual presidente de Estados Unidos.

Narrar las cuitas de este personaje sería irrelevante si no fuera por la reveladora forma en que ha reaccionado al tratamiento que recibió del ICE. Yiannopoulous ha declarado, como lo reporta The Guardian, que por primera vez ha sentido este tipo de terror; incluso ha dicho que esta experiencia le ha permitido comprender la institucionalización de la violencia en los Estados Unidos. Este cambio de actitud adquiere especial significancia cuando se recuerda que él había sugerido que el ICE tenía que aparecerse en supermercados, gasolineras y edificios gubernamentales para proceder a deportaciones inmediatas. Pero ahora, según sus palabras, se siente avergonzado de haber apoyado a Trump en su actual arremetida contra los migrantes.

Ahora bien, la supuesta incapacidad de Yiannopoulous para comprender el dolor ajeno es un fenómeno que revela carencias sociales que se han ampliado en esta época. La indiferencia hacia el otro que genera el poder desmesurado ha creado una burbuja en la que los ultraderechistas se sienten a salvo de los males que recetan a otros seres humanos. Saben, por así decirlo, que nunca estarán en los zapatos de los demás, en particular de los vulnerables. La excepción de Yannopoulous confirma la regla.

La imposibilidad de situarse en la perspectiva del otro es una manifestación del egoísmo enfermizo presente en las actitudes crueles de la derecha extrema de nuestros días. Espanta la ostentosa inhumanidad de las medidas apoyadas por quienes se encuentran en la cúspide de este mundo que está perdiendo la humanidad.

Los ejemplos abundan, pero no impiden que cada vez se tenga la certeza de que seguimos siendo absorbidos hacia una dimensión alucinante. Hace algunos días el nuevo presidente colombiano Abelardo de la Espriella se pavoneaba entre los cadáveres de 23 miembros de la disidencia de las FARC que habían sido abatidos en una de sus operaciones militares. Ante la indignación de muchos sectores, la Espriella subrayó su aberrante acción al posar junto a los cuerpos de otras cuatro víctimas que habían perdido la vida en una operación de las fuerzas de seguridad colombianas contra las Autodefensas de la Sierra Nevada, realizada pocos días antes. En ambas ocasiones los cadáveres estaban alineados con milimétrica precisión en bolsas blancas.

Creo que la crueldad es una manifestación patológica de la gran inequidad que se vive en la actualidad. Esta diferencia obstaculiza la compenetración entre las realidades vividas por los miembros de la sociedad, lo que contribuye a que vivamos en colectividades que son algo menos que sociedades. Uno de los mayores críticos de la desigualdad era Aristóteles, quien sostenía que una sociedad afectada por este mal estaba condenada a la inestabilidad; afirmaba que los ricos y los pobres no querían ni siquiera compartir el mismo camino.

El discípulo de Platón sabía que quienes se encuentran en los sectores altos se ven afectados por la arrogancia y la soberbia; las víctimas de la desigualdad, asediadas por la precariedad, desarrollan actitudes que les impiden abandonar su situación.

La crueldad de la ultraderecha es una de las realidades que nuestras sociedades deben considerar para frenar las estructuras autoritarias que surgen en todos los ámbitos de nuestra vida en común. Lamentablemente, se ha normalizado un discurso securitario que pide mano dura en todos los órdenes; es realmente desalentador ver a tantos candidatos estúpidos que piensan que la cárcel y la pena de muerte son la solución a la inseguridad que vivimos —inseguridad en todos los órdenes de la vida, no solo ante la delincuencia.

Debemos recordar que los gobiernos autoritarios, no necesariamente fuertes, son manejados o influenciados por individuos que, habiéndose situado en la cúspide de la injusticia, no se incomodan por actuar con soberbia e iniquidad hacia quienes sufren todo el peso de las injusticias.

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