José R. Gálvez, voz emergente del debate económico nacional, escribió ayer en Dominical una estupenda columna sobre Juan, un trabajador bananero que descubre que cinco años de experiencia en Guatemala hacen menos por aumentar el valor de su trabajo que trasladar su capacidad de trabajo a Estados Unidos. Las mismas manos, el mismo esfuerzo y probablemente los mismos conocimientos producen un ingreso mucho mayor. Juan no cambió. Cambió el entorno productivo donde trabaja. Un trabajador guatemalteco no se vuelve diez veces más productivo por cruzar la frontera con México. Probablemente en México produciría algo más y ganaría algo más. Tampoco se vuelve repentinamente más educado, disciplinado o inteligente al llegar a Estados Unidos. Lo que cambia radicalmente es todo aquello que acompaña su trabajo: maquinaria, tecnología, infraestructura, organización empresarial, financiamiento, tamaño de los mercados, logística, seguridad jurídica e instituciones.
Sin pretender una estimación exacta, un trabajador formal inscrito en el IGSS genera alrededor de tres veces el ingreso del trabajador informal promedio. La comparación con Estados Unidos es todavía más impresionante. Las remesas equivalen a cerca del 20 por ciento del PIB y distintos estudios estiman que representan alrededor del 30 por ciento del ingreso de quienes las envían. Utilizando esas proporciones y el número estimado de migrantes remitentes, el cálculo sugiere que el migrante guatemalteco genera aproximadamente tres veces el ingreso de un trabajador formal y cerca de diez veces el de uno informal. Las mismas capacidades laborales, al insertarse en la estructura de capital, tecnología, organización e instituciones de la economía estadounidense, alcanzan una productividad mucho mayor.
La comparación resulta todavía más reveladora porque quienes emigran tampoco son necesariamente los trabajadores más educados y capacitados del país. Los centroamericanos en Estados Unidos presentan niveles educativos relativamente bajos y se concentran especialmente en servicios, construcción, mantenimiento, producción y transporte. Muchos llegan además en condiciones migratorias precarias. Aun así, al insertarse en el mercado laboral de esa economía, su capacidad de generar ingreso se multiplica. Juan aporta las mismas manos; el sistema multiplica su productividad.
Esta historia tiene otra dimensión, de la cual poco se dice. Desde hace décadas, las familias guatemaltecas de mayores ingresos han reducido su exposición al riesgo del país diversificando parte de sus activos en el exterior. No significa necesariamente abandonar empresas o propiedades en Guatemala. Significa algo mucho más sencillo y racional: procurar que la riqueza familiar no dependa de lo que ocurra dentro del país. Así, si “cae Guatemala”, como se decía en los ochentas ante el temor de una expansión comunista en Centroamérica, aunque duela mucho, el patrimonio familiar no queda enteramente comprometido. Sorprendentemente, las familias de menores ingresos hacen algo parecido utilizando el principal activo que tienen: su capacidad de trabajar. Para estas familias el riesgo es distinto: en términos de oportunidades, Guatemala ya cayó. Cuando uno de sus miembros emigra, el hogar deja de depender exclusivamente del mercado laboral guatemalteco. Una parte importante de su ingreso comienza a producirse dentro de otra economía, bajo otras instituciones y con una productividad mucho mayor. Quienes tienen capital diversifican patrimonio; quienes tienen trabajo diversifican ingreso.
Vistas de esta manera, las remesas son mucho más que dólares que entran al país para financiar consumo. Constituyen una enorme red privada de aseguramiento familiar. Una proporción considerable de los hogares receptores depende de esos recursos para cubrir alimentación, vivienda, salud, educación y necesidades de padres y adultos mayores.
Las remesas cumplen así una función cuasi-previsional en un país donde los mecanismos formales de protección social tienen cobertura limitada. Sin haberlo diseñado, en esa estrategia emergente “a la Mintzberg” que describe Gálvez, Guatemala terminó construyendo una especie de sistema transnacional de seguridad social. El trabajador produce allá; parte del ingreso regresa acá. Cuando falta empleo, aparece una enfermedad, hay que educar a los hijos o sostener a los padres, una parte de la protección familiar proviene de ingresos generados gracias a la productividad de otra economía.
Nada de esto disminuye el sacrificio enorme que significa emigrar. Al contrario. Lo inquietante es preguntarse qué significa para un país que semejante estrategia resulte tan eficaz. Las familias con patrimonio pueden proteger parte de sus activos afuera. Las familias sin patrimonio pueden colocar parte de su capacidad de trabajo afuera. Las remesas amortiguan la pobreza, sostienen el consumo y reducen el impacto de muchas de las deficiencias internas. Así, el sistema puede continuar funcionando sin resolver las fallas que provocaron la salida.
Gálvez utiliza a Hirschman para interpretar la migración como la “opción de salida”: cuando resulta demasiado difícil modificar el sistema, las personas encuentran una salida. Quizá el fenómeno sea todavía más profundo. Guatemala no solamente aprendió a exportar trabajadores. Aprendió a amortiguar el costo de sus propias fallas, contribuyendo a reducir la urgencia de emprender las reformas profundas que permitan elevar la productividad en casa.
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