Juan, Hirschman y Mintzberg:Remesas, Subdesarrollo y Estrategia

Las remesas alivian la precariedad en muchos hogares, pero no necesariamente transforman la estructura que hizo necesaria la partida de sus miembros.

José Gálvez

agosto 30, 2026 - Actualizado agosto 29, 2026

Juan entra a la finca bananera antes de que salga el sol. El aire se siente caliente, con un olor a fruta, cartón húmedo y goma. Sus manos descubren la economía de la caja: doblar, acomodar, cerrar, pegar, pesar, repetir. Las cortadas en sus dedos arden cuando el sudor las encuentra.

El banano viajará miles de kilómetros; Juan aún no. Cinco temporadas después hace cuentas: el pisto no le alcanza. Pide un aumento. Su supervisor se ríe como quien escucha a una vaca solicitar participación en la junta directiva. Juan entiende. Junta sus ahorros, llama a un primo y compra el activo más rentable disponible entre sus alternativas: irse del país.

Ilustraciones: José Gálvez

En Estados Unidos, las mismas manos y el mismo cansancio valen más. Cruzar la frontera, en un par de semanas, hizo más por el valor de su trabajo que cinco años de experiencia. Entonces, comienza a enviar dinero y su esposa cambia el techo oxidado de zinc de su casa, compra una motoneta y ve la telenovela en un televisor gigante mientras su hijo toma Coca-Cola. La familia tiene una vida más holgada, pero continúa separada.

El economista Albert Hirschman entendía que los países pobres rara vez se desarrollan como lo describen modelos de crecimiento económico, donde uno invierte y mágicamente todos, tarde o temprano, nos volvemos Suiza o Dinamarca. Faltan carreteras, crédito, tecnología e instituciones; sobran cuellos de botella, capturas regulatorias y soluciones improvisadas.

Hirschman proponía ir descubriendo, poco a poco, estrategias para resolver esos desequilibrios. Allí comenzaba precisamente el cambio: una presión podía inducir inversión; una escasez, innovación; un problema, aprendizaje. Sin embargo, el sistema también puede quitar la presión sin transformar aquello que la produjo.

Las remesas, por ejemplo, alivian la precariedad en muchos hogares, pero no necesariamente transforman la estructura que hizo necesaria la partida de sus miembros. Si quedarse significa obedecer y esperar décadas a que alguien invierta e innove, mientras partir multiplica el ingreso de inmediato, ¿por qué sorprende que la gente parta? Hirschman lo llamó exit: salida. Nosotros, “sentido común”. Mientras tanto, la economía no resuelve el desequilibrio: aprende a convivir con él. Eventualmente, hasta optimiza a su alrededor.

El teórico de estrategia Henry Mintzberg agrega otra pieza. Una estrategia no necesita haber sido escrita: basta repetir una solución hasta que el patrón termine emergiendo por sí solo. Guatemala nunca redactó un “Plan Estratégico de Desarrollo 1995-2030” que dijera: “exportaremos trabajadores e importaremos ingresos producidos bajo instituciones, productividad y economías ajenas para sostener el consumo del país”. Eso habría requerido demasiada sinceridad.

Una vez sugerí en una gremial una “comisión de exportación de personas”. El comentario indignó. Tal vez la broma se acercó demasiado al diagnóstico. Nadie diseñó el sistema, pero es lo que hay: Juan se va porque necesita el ingreso; su familia recibe porque no hacerlo sería absurdo; el empleador estadounidense lo contrata porque le resulta eficiente; el comerciante vende; el desarrollador construye; el banco intermedia; el gobierno recibe divisas y el país mantiene su frágil paz social.

Cada uno resuelve su problema; juntos producen algo que nadie escogería como proyecto colectivo. Allí entra la economía política. La salida drena del sistema a quien tenía razones para exigir algo diferente. El poder ni siquiera necesita reprimir a Juan; eso cansaría. Basta con dejar la puerta abierta. El sistema no fracasa: se acomoda y exporta su crisis. Y así, lentamente, casi sin darnos cuenta, nos especializamos en sobrevivir con las mismas dinámicas de siempre: invertimos en activos fáciles de valorar, heredar y poner a rentar. Que la productividad espere sentada. Al final, pareciera que aprendimos mejor a financiar el subdesarrollo que a salir de él.

Hace años, Arpan, de India, Kim, de Benín, y yo, de Guatemala, mientras estudiábamos economía política del desarrollo, llegamos al mismo problema desde otro ángulo: comparábamos las economías que conocíamos con las que graficábamos en el pizarrón. Notábamos que cuando nuestras familias acumulaban algo, en nuestros países de origen, construían casas, compraban tierra, levantaban apartamentos. Fábricas, maquinaria o inventos, no tanto.

Una sociedad quizá revela menos su estrategia en lo que declara querer que en aquello que termina construyendo. Guatemala cambió alrededor de Juan. Donde había polvo y monte, aparecieron moteles, casas de dos pisos, plazas comerciales, restaurantes y cines. Son útiles; responden a necesidades. Pero sería extraño llamarlos prueba de que transformamos nuestra capacidad de producir.

Quizá llevamos años llamando “desarrollo” a una forma de vida que necesita que Juan se vaya para funcionar. Hoy, el hijo de Juan quiere independizarse de su madre. Busca trabajo. Los seis puestos de pollo frito ya no tienen plazas. Entra a la finca, igual que su papá aquella calurosa mañana veinte años atrás. Cinco temporadas después, con la camisa sudada, la savia vuelve a meterse en las cortadas de unas manos jóvenes. Hace cuentas, habla con el jefe, pide un aumento y vuelven a reírse de él. Esa noche llama a su padre. Le dice: “¡Hey, Pa! Me voy contigo mañana”.

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