El comercio y el meta-modernismo destructivo: globalización, desarrollo y la nueva contratesis

Si bien, el meta-modernismo puede usarse para aproximarnos a la verdad, su versión destructiva usaría la ambigüedad como un arma, basada en la “incertidumbre estratégica” a favor de quien la genera, con creadores de problemas que quieren vendernos soluciones.

José Gálvez

mayo 11, 2025 - Actualizado mayo 10, 2025

El modernismo -la acción- fue el movimiento imperante en los siglos XIX y XX.  Influenció a la cultura con objetividad, racionalidad y progreso. La matematización de muchas disciplinas, la Revolución Industrial y la aceleración de mejoras tecnológicas se las debemos en gran parte a la modernidad. Si bien no fue perfecta, al menos ya logramos, como civilización, intercambiar bananos por gasolina. Es mejor que intercambiar balas, flechas o pedradas. El comercio internacional, con una posición de apertura económica a mercados y explotación de ventajas comparativas de cada país, en conjunto con el desarrollo de la logística y las telecomunicaciones, abrieron paso a tiempos de globalización.

El postmodernismo -la reacción-, desde los sesenta, mezcló a la ironía con el escepticismo para indicarnos que, con la globalización, no todo era un jardín de rosas. El postmodernismo resaltó los conflictos e inequidades que la globalización agudiza. Por ejemplo, los países pobres intercambian materias primas por productos terminados de alto valor, comprometiendo su propio desarrollo industrial urbano y consecuentemente, su estándar de vida. Las estrategias de crecimiento no se pueden dilucidar en un ambiente desindustrializado, poco urbanizado y carente de buenas instituciones, por lo que, a pesar de tener más apertura al comercio internacional, muchos países de la periferia permanecen pobres. El posmodernismo, desde una postura desapegada, nos recordó que las estructuras de poder, primitivas y colonizadoras, las mismas que permean el proyecto “civilizatorio” desde el comienzo, deben informar como entendemos y practicamos el comercio internacional. 

Pero, silenciosamente, en los últimos 30 años, fue emergiendo una postura pasiva, una conducta, caracterizada por su ambivalencia y dinamismo: lo que acá, por simplicidad, denomino el meta-modernismo -el vaivén entre el modernismo y el postmodernismo-. Vermeulen y van den Akker, desde el mundo del arte, resaltan que el meta-modernismo combinó la ironía del postmodernismo y la sinceridad de la modernidad. Si bien, el meta-moderno buscaba la verdad, lo hacía con un constante escepticismo de su validez, lo que implicaba una apertura a la duda. El meta-moderno se orientaba hacia el futuro, mientras fomentaba la reflexión, propiciando el diálogo. El meta-moderno era dinámico. Y así, mientras los debates sobre los efectos del comercio internacional se daban en la lejanía de círculos académicos, económicos o políticos, distantes a la cotidianidad de la vida, por los últimos treinta años, una posición meta-moderna nos afianza a todos. El lema fue: “Sí, sabemos que el comercio internacional genera problemas de largo plazo, pero hoy, queremos continuar consumiendo barato”. El mundo está cambiando. Es buena práctica ponerle nombre y encontrar la negación a paradigmas.  Si bien se logró la síntesis sobre el modernismo y el posmodernismo en el meta-modernismo, la pregunta que nos debiésemos hacer hoy es ¿cuál es su contratesis? ¿Cómo es el meta-modernismo en su versión corrupta y perversa? ¿Qué reside más allá del péndulo? Hoy, pareciera que esta perspectiva está explícitamente mostrando su terrible cara. Si bien, el meta-modernismo puede usarse para aproximarnos a la verdad, su versión destructiva usaría la ambigüedad como un arma, basada en la “incertidumbre estratégica” a favor de quien la genera, con creadores de problemas que quieren vendernos soluciones. Esta versión perversa se fundamenta en la falta de sinceridad y, en lugar de buscar la verdad, a través de un análisis plural y riguroso, manipula narrativas a modo de generar división. Es más, asume que la narrativa sustituye al método, a la evidencia y al diálogo científico serio, y termina afirmando que estos fundamentos de la construcción de la verdad son ficticios. Haciendo esto, menosprecia nuestras universalidades, con el fin de concentrar poder. Es obvio que el meta-modernismo descansaba sobre una superestructura ética que su versión destructiva está ignorando. Lejos de ser pasivo, el meta-modernismo destructivo -la nueva contratesis- está vigente y operando fortalecido: Las tarifas mercantilistas establecidas a través de modelos incorrectos son solamente otro ejemplo de esto. Son políticas basadas en narrativas que mienten, dividen y confunden con el fin de dominar.

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