Rebeldes o estúpidos, vasallos o asesinos

Los judíos, por un lado, han caído muchas veces en el vasallaje y hasta en la esclavitud; y, por otro lado, los judíos han entendido su historia como un devenir cifrado en la relación con su dios, Yahvé.

Rogelio Salazar de León

mayo 25, 2025 - Actualizado mayo 24, 2025

Foto: Amnistía Internacional

Siempre ha habido grandes poderes y gente dispuesta a ponerse de alfombra para cargar con la mugre, barrer la porquería, lavar la sangre o lo que haga falta; los nombres o las etiquetas no importan: poder imperial, poder hegemónico, poder global, etc.

La realidad del satélite no es algo que solamente se dé en el cosmos, también surge entre territorios, entre países y, en general, entre los seres humanos; vivir como el apéndice o el vasallo, incluso, haber nacido para serlo.

 El pueblo que declara ser el escogido por dios y que, como ningún otro, merece ser conocido, reconocido y, según algunos, envidiado, en tanto hijo de dios ha debido cumplir un destino que lo ha situado en esa postura, en esa tesitura, en la posición de satélite y vasallo, ha girado en torno a poderes muy grandes; de acuerdo con sus propios relatos, Israel lo ha replicado desde la antigüedad, con Egipto, con Babilonia, con Roma.

Los judíos, por un lado, han caído muchas veces en el vasallaje y hasta en la esclavitud; y, por otro lado, los judíos han entendido su historia como un devenir cifrado en la relación con su dios, con Yahvé.

A ver, vamos por partes: a) somos el pueblo escogido por Yahvé, nuestro dios, b) Yahvé es nuestro guía y, por lo tanto conduce nuestra historia y nuestro destino, de acuerdo con nuestro cumplimiento o incumplimiento de sus leyes y mandamientos, y c) hemos caído una y otra vez bajo el dominio de poderes abusivos; de modo que, o bien, no hemos entendido nada, o bien, pese a ser el pueblo elegido, Yahvé nos ha castigado más que premiado, porque conociendo la ley no la hemos seguido, lo que puede deberse a una simple rebeldía o a una estupidez para entenderla o interpretarla.

Si la historia es capaz de condicionar el porvenir, hoy por hoy y llegado este punto, el Estado de Israel actual es más de lo mismo, un espejo de su pasado, porque, lo más visible, obvio y evidente de su realidad actual es ser un vasallo, un apéndice, un satélite, serlo, de nuevo y una vez más, del poder más grande influyente del mundo, al grado de que su existencia depende de esa relación.

Sin embargo, las coincidencias no se quedan en el vasallaje, llegan hasta a repetir las formas y los personajes: antes era llamado tetrarca y respondía al nombre de Herodes Antipas, hoy es llamado primer ministro y responde al nombre de Benjamín Netanyahu; el primero recibió la tetrarquía del mismo César Augusto, emperador de Roma, el segundo recibe oro y pólvora del hegemónico poder actual, al menos en occidente.

Herodes Antipas, entre otras cosas, ha sido un reconocido asesino de niños por haber eliminado a cientos de niños con tal de eliminar al mismísimo Hijo de Dios, lo cual no resulta ajeno ni extraño al actual títere hebreo del poder; y si se buscan más coincidencias las hay, porque, hoy como antes, los niños que buscan salvar su vida y no morir bajo el filo de la espada, el ardor del fuego o el hambre son palestinos y lo hacen huyendo hacia Egipto, como alguno de esos niños de hace dos mil años, de nombre Jesús.

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