Irene Vallejo con el libro El futuro recordado, una serie de ensayos, en los que entabla un diálogo con diversas personalidades de la historia y con la cultura que han legado.
Con una sonrisa casi permanente, a pesar de sufrir aún los efectos propios del jet lag, y el cansancio de las actividades de un día lleno de encuentros con estudiantes, maestros y medios de comunicación, Irene Vallejo (Zaragoza, España, 1979) se muestra dispuesta a una plática en la que desvela cómo ha experimentado el éxito de su libro El infinito en un junco (2019), sus motivaciones para internarse en la historia de la lectura y la literatura, y su conocimiento acerca de la cultura literaria de América Latina.
El contenido de la que es hasta hoy su más importante obra, podría resumirse en su subtítulo: La invención de los libros en el mundo antiguo. Sin embargo, la autora zaragozana, que tiene al menos otra decena de títulos, ofrece mucho más que datos históricos acerca de la escritura, la lectura y la literatura. Y precisamente en eso radica el éxito del ejemplar. La filóloga imprimió un estilo muy propio al ensayo acerca de un tema que podría haberse visto como algo demasiado académico como para triunfar en librerías. Y es que además de dar a conocer los hallazgos que hizo en libros de historia, los fusionó con recursos novelísticos, por medio de los que que humanizó a los personajes, tanto los de las élites como a los ciudadanos de a pie de todas las épocas.
Su manera de contar la historia coincide completamente con la personalidad afable de Vallejo, quien conversa fluidamente y con mucho entusiasmo acerca de sus experiencias.
A pesar de haberse convertido en una estrella editorial, Irene no esconde su pasado. Admite que hace pocos años su nombre era muy poco conocido. Señala que su best seller llegó, “después de más de una década trabajando en la literatura, muy en la trinchera y al ras del suelo, porque era muy desconocida, incluso en España, acudía a ferias de libro muy pequeñas, muchas de ellas rurales”, describe.
Reconoce que estas experiencias, vividas como escritora de bajo perfil, fueron las que la hicieron conocer “las mimbres o redes que crea la lectura. No lo que vemos más claramente en la superficie como las grandes reuniones, en las capitales y las ferias del libro grandes, sino lo rural, lo periférico, donde la gente se reúne y se crea lo colectivo y comunitario, a un nivel más pequeño”, señala.
En entrevistas anteriores ha dicho que cuando escribió El infinito en un junco vivía un momento difícil por temas de salud de su hijo Pedro, quien, siendo un bebé, debía ser atendido en un hospital. Entonces, ella pensaba que ya no podría dedicarse tanto a la investigación y escritura, así que se planteó el proyecto como una especie de despedida. Sin embargo, fue precisamente en esas estancias largas en el hospital, durante las cuales fue dando forma a la obra que le ha hecho recorrer diversos países, brindar conferencias y firmar miles de autógrafos.
En cuanto al estilo que logró desarrollar en el libro, afirma que fue fruto de darse cuenta de que un ensayo académico, no necesariamente, debía estar tan lejano del lenguaje narrativo e incluso, opinativo.
La democratización de las letras
La autora expone que aún persisten ideas bastante obsoletas acerca de la lectura y la literatura. “Me di cuenta de que hay una tendencia a entender la lectura como algo elitista. Hay personas que se quejan de que ya no se leen cosas tan buenas como antes o que protestan porque los libros que tienen más éxito no les parece que tengan calidad y tienden a desdeñar ciertos tipos de lectores”, explica.
“Para mí la historia de la lectura es una historia de democratización. De cómo, efectivamente los libros comenzaron perteneciendo a unos ámbitos muy privilegiados como las escuelas sacerdotales, los reyes, los emperadores, los aristócratas y los patricios de todas aquellas sociedades antiguas y cómo se ha ido consiguiendo que la lectura se abra a otros espacios”, externa.
En estos procesos, reconoce que, actualmente, las ferias de libros son importantes e ilustrativas de esa democratización. “Aunque hay quien dice que es una cosa demasiado multitudinaria y que se parece más a un festival que a la lectura auténtica, yo creo que no, que realmente son un gran logro que se ha conseguido después de innumerables esfuerzos para que la gente no se sintiera expulsada de los libros y de la lectura”, enfatiza.
Irene piensa que esas formas arcaicas de pensar tienen su origen en épocas cuando se criticaba la lectura generalizada y se hacían comentarios como que, “las novelas las leen solo las mujeres”, comentarios que a su parecer le quitaban valor tanto a la lectura de las mujeres como a las novelas como género.

Las mujeres en los orígenes
Irene señala que uno de los puntos destacados en su libro es precisamente realzar el papel de las mujeres y otros grupos que han sido excluidos, han tenido en el desarrollo de la literatura.
Anota que uno de los datos menos conocidos y que ella expone en su libro es que la primera persona que firmó un escrito fue, precisamente, una mujer. Se trata de Enheduanna, que vivió en el siglo 23 a.C. en Mesopotamia. “Ella cuenta toda esa historia desde un yo muy claro y, ¿cómo no está en los libros de historia de la literatura universal?”, se cuestiona la escritora. “Hemos dejado atrás a una mujer que murió en el 2250 a. C, y que fue la primera autora en firmar su obra”, enfatiza.
Otro de los hechos que Irene señala son los inicios de la narrativa, desde la oralidad. A muchas mujeres que no les permitieron aprender a leer y escribir o que pertenecían a las clases sociales para quienes eso estaba excluido transmitieron tradiciones a través de canciones o relatos orales. Vallejo anota que lo más probable es que la mayor parte de los relatos o cuentos los narraran mujeres, pero muchos hombres, que sí sabían escribir los trasladaron de manera escrita y se los atribuyeron.
La escritora subraya la necesidad de reivindicar el trabajo textil como una forma de narración. Indica que «a través de tejidos y bordados se han retratado cosmovisiones, imaginarios, sueños, conceptos e identidades por parte de personas que no tenían la herramienta de la escritura y de la literatura”,anota. Refiere que las mujeres, que, en la antigüedad, se reunían para realizar tareas como el tejido con telar o rueca, pueden haber compartido historias y de ahí se desprenden expresiones relacionadas con los textos. “Mi teoría es que ese es el origen de la narración y la literatura porque luego todas las palabras con las que hablamos de cómo se crean las historias y los términos más clásicos de la narración vienen de la semántica del textil. Seguimos diciendo ‘perder el hilo’, ‘bordar un discurso’, ‘el desenlace’, ‘el nudo de la historia’. Incluso, en X decimos que armamos’ un hilo’. Todo lo que tiene que ver con el textil se acaba reflejando, sobre todo en la literatura, como si realmente hubiera un origen común…”, expresa.
Comentó que, la mañana del día en el que se realizó la entrevista con eP Investiga, había conversado con una maestra de Atitlán, quien le contó que en su comunidad se realizaba un taller de escritura para que las mujeres de la zona pusieran por escrito sus memorias. A ella le pareció muy valiosa esa experiencia, debido a que como lo señala, por mucho tiempo, “la literatura se refería solo a unas determinadas clases sociales… era como decir que había vidas más interesantes que otras y todos tenemos que contar”.
Vallejo también hace notar que se dice “idioma materno”, precisamente porque es la madre la que enseña el idioma. Explica que las mujeres siempre han estado al centro de la historia de la literatura, pero también hay falta de conciencia de ello. “Nos ha faltado una genealogía por eso, todas las mujeres que han aportado, tienen la sensación de empezar de cero cuando en realidad tienen muchas predecesoras… hemos perdido esos referentes y siempre tenemos la sensación de estar solas”, reconoce.
Conexiones latinoamericanas
Irene, que llegó a Guatemala acompañada por su esposo y su hijo Pedro, comenta que éste, que hicieron en familia, fue un viaje no solo muy esperado, sino también muy preparado. “Como es la primera vez que el niño sale de Europa y tenemos el ritual de leer un cuento, en los últimos meses hemos dedicado esas lecturas a la cultura maya. De esa cuenta, hemos leído el Popol Vuh”, explica. “Nos gustó mucho la idea de esos dioses que intentan crear seres humanos de varios materiales y les sale mal. Yo le decía a Pedro que se fijara que incluso los dioses se equivocan, tienen que corregir y vuelven a intentar”, explica. Además, dice que el que al final el hombre sea de maíz, le pareció una idea bonita, por ser una materia viva. “Es más hermosa que nuestra tradición que dice que venimos del barro”, recalca.
Su interés por Guatemala y América Latina no es nada nuevo para Vallejo. Particularmente recuerda que cuando ella tenía entre 16 y 17 años, fue a París, al cementerio Père Lachaise en busca de la tumba de César Vallejo y por casualidad encontró el sepulcro de Miguel Ángel Asturias. “Entonces le dejé una flor del ramo que yo llevaba”.
Ella tenía ya nociones de la literatura latinoamericana gracias a sus padres. “Tuve la suerte de ya llegar al mundo en una casa con una maravillosa biblioteca y mis padres siendo muy lectores apreciaban la literatura de Latinoamérica. Era muy importante, porque, en España, durante la dictadura franquista muchos libros fueron prohibidos y ellos leían en libros, entre los que había ediciones latinoamericanas”, cuenta.
Explica que esos libros les ayudaban a abrir su horizonte mental y que de hecho Asturias y Rubén Darío forman parte de esos autores que ellos aprecian. Recuerda que siendo niña su padre le recitaba el famoso poema de Darío A Margarita Debayle. Pero el papá lo modificaba y pronunciaba: “Irenita, está linda la mar…”. Admite que sí se decepcionó un poco al descubrir que la protagonista se llamaba Margarita y no Irene.
“Crecí con una biblioteca que era muy latinoamericana en la que estaba representada a Centroamérica. Mi madre siempre tuvo mucho interés por la literatura”, explica. Comenta que también leyó Tiempos Recios, de Mario Vargas Llosa. Señala que tanto ella como su madre han leído autores como Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Francisco Goldman y Eduardo Halfon. Señala que ella, a través de sus redes sociales, recomienda siempre la lectura de escritores latinoamericanas.
Tecnología, evolución y temores
Vallejo apunta que los temores por la Inteligencia Artificial y las posibilidades de que afecten negativamente a la literatura no son nada nuevo. “En todas las épocas, cuando ha habido revoluciones tecnológicas siempre ha sucedido lo mismo. Siempre ha habido esta mentalidad apocalíptica. Cuando se inventó la escritura, Sócrates (si vamos a creerle a Platón) decía que sería el fin de la memoria, porque ya la gente no recordaría sus conocimientos, las historias, los poemas y las canciones, sino que las depositarían en la escritura. Volvió a pasar con la invención de la imprenta porque dijeron ‘esto es el fin de la cultura porque ahora cualquiera podrá publicar cualquier cosa y habrá tal cantidad de libros que no se podrá distinguir lo bueno de lo malo’”, ilustra.
Anota que algo muy parecido es lo que ha sucedido, primero con el Internet y ahora con la IA. “Se dice que ahora sabes dónde encontrar las cosas, pero ya no recuerdas los conocimientos, e igual sucede con la IA”. Indica que muchas veces estos son argumentos son bastante elitistas, porque es como una pérdida de control sobre los cauces de transmisión. “Lo que ha sucedido ha sido todo lo contrario”, asegura. “Gracias a la escritura, la imprenta y el Internet, por ejemplo, se ha podido multiplicar el acceso al conocimiento, a los libros… han sido avances extraordinarios. Es cierto que siempre algo cambia y en todos los cambios algo se pierde, pero yo que no hay que mirarlos con tanta. Me resisto a pensar que se vaya a acabar nunca en nuestra relación con las historias porque creo que somos seres narrativos. Necesitamos contarnos nuestras propias vidas, los recuerdos, la historia de nuestros países o de nuestras comunidades… Cambian los formatos el lenguaje, los idiomas, pero hay una esencia inmutable que es que nos contamos la vida para encontrarle un sentido y eso va a seguir vivo y la IA no lo podrá sustituir”, afirma.
A pesar de que el éxito de El infinito en un junco le ha acarreado nuevas responsabilidades, viajes y encuentros, espera pronto hacer un alto para concentrarse en su nuevo proyecto que estará centrado en los cuidados a otras personas. «Este tema me apasiona, porque siento que es muy importante y no se le ha prestado la atención que merece. Desde quienes ejercen el cuidado de las personas de sus propias familias, hasta los que deben trabajar proporcionando cuidados a personas ajenas. Es un tema que atraviesa muchas realidades, incluyendo la migración», adelanta.
Irene estudió Filología Clásica y obtuvo el Doctorado Europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia. Ha realizado colaboraciones para el diario Heraldo de Aragón y con El País Semanal. De su obra literaria destacan las novelas La luz sepultada (2011) y El silbido del arquero (2015). Las antologías Alguien habló de nosotros (2017) y El futuro recordado (2020) recogen sus artículos periodísticos. En 2020 recibió el Premio Nacional de Ensayo de España por su libro El infinito en un junco.
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