“Persona” de Ingmar Bergman

Cada vez que cada persona desempeña un determinado papel en su vida forja su ser, es decir, su identidad personal más propia. Y, también, y, al mismo tiempo, se identifica con todas las demás, que, en ese momento, lo desempeñan, y, con las que lo desempeñaron en el pasado, y, con las que lo desempeñarán en el futuro.

Camilo García Giraldo

julio 26, 2026 - Actualizado julio 25, 2026

-El problema de la identidad personal-

En la gran película de Ingmar Bergman, Persona (1966), considerada por él mismo, y, por muchos críticos, como la mejor de una serie de obras maestras cinematográficas como Fresas Salvajes, El silencio, El séptimo sello o Fanny y Alexander, la conocida actriz de teatro Elisabeth Vogler, se queda muda sin habla durante una actuación en la pieza clásica de Electra.

Es llevada al hospital, para que los médicos examinen y den un diagnóstico, lo que le ha ocurrido. Al no encontrar una respuesta a este estado de la actriz, se decide trasladarla a una idílica casa de verano, junto con una enfermera llamada Alma, para que se encargue de cuidarla y atenderla, con la esperanza que salga de este estado de mutismo, en que ha caído. Allí, entonces, se establece una relación sorprendente entre las dos en la que la enfermera toma, y, se hace dueña absoluta de la palabra, debido silencio persistente de la actriz. 

Al hablarle, sin aparente límite, le narra las vivencias e intimidades de su vida, como la de haber tenido que abortar, o, como la de sentir, en ocasiones, que lo que es como persona no corresponde a su conducta. Y, hacerlo, la enfermera comienza a actuar, o mejor, a realizar una determinada acción con el lenguaje, la de narrar algo. Aunque, el acto de narrar no es propiamente una acción realizativa como la de hacer una promesa, contraer un compromiso, dar una orden o pedir disculpas, en el sentido, que lo expuso, y, definió el pensador inglés, John Austin, en su conocido libro, Cómo hacer cosas con palabras, sí es una forma de acción, en tanto modifica la comprensión del sentido de la vivencia, que tenía hasta ese momento, el que la narra. Y, también, por otra parte, altera el sentido de la comprensión, que, hasta ese instante, el que escucha, tenía de vivencias semejantes.

Por eso, la enfermera Alma al narrar algo esencial de su vida a Elisabet, obra o actúa sobre la interioridad de ella, y, de sí misma. De ahí, que el nombre Alma, no se lo dio Bergman a la enfermera por un simple capricho, sino, porque era el que mejor se ajustaba al significado de la acción narrativa que realiza.

Pero, además, Alma, como todo ser humano que habla con otro, o, le narra algo de su vida, actúa, en el sentido estricto teatral de la palabra. Pues, al pronunciar sus palabras, realiza gestos, ademanes y movimientos con su rostro y su cuerpo, y, sobre todo, interpreta un “papel” de un personaje, que, en este caso, es ella misma.  Un personaje, que recrea, narrando aspectos significativos de su propia vida. Y, el escenario de su actuación, no es una sala de teatro frente a un público numeroso, sino, la habitación de esa casa veraniega, cuyo único público, que la contempla y la escucha, es la actriz muda tendida en su cama.

De tal modo, que la enfermera que puede ser un eventual miembro de un público de una representación teatral, se convierte en una especie de actriz, que actúa, interpretando el papel de su propio ser, de su propia persona. Por eso, la enfermera Alma termina, convirtiéndose en una actriz teatral, semejante a Elisabeth. El hecho, entonces, de ser, en ese momento, las dos actrices, las identifica totalmente. Bergman, casi al final de la película, nos indica, entonces, esta identificación que se produce entre las dos fundiendo, en una sola imagen sus rostros.  

Debemos decir, que esta relación entre estos personajes que nos parece extraña, o, por lo menos, sorprendente y excepcional nos revela, sin embargo, un hecho real común y general, de la existencia de los seres humanos: el de que a lo largo de sus vidas, cambian los papeles o roles laborales-profesionales, sociales, familiares, políticos, etc. que desempeñan en ellas, que sus vidas transcurren desempeñando diversos papeles de modo simultáneo, alternado o sucesivo a lo largo del tiempo que las contiene. Cada vez que cada persona desempeña un determinado papel en su vida forja su ser, es decir, su identidad personal más propia. Y, también, y, al mismo tiempo, se identifica con todas las demás, que, en ese momento, lo desempeñan, y, con las que lo desempeñaron en el pasado, y, con las que lo desempeñarán en el futuro. De tal modo, que una persona al desempeñar un determinado papel en su vida, es, al mismo tiempo, idéntico a sí mismo, y, a otras personas. Y, esta doble condición, marca y define, necesaria e inevitablemente, toda su existencia, como ser social, que es por excelencia.

¿No es esto lo que había querido decir el escritor suizo Hermann Hess en su libro El lobo estepario? En efecto, así parece ser, cuando en un teatro mágico, al que el protagonista Harry Haller, entra invitado por el misterioso saxofonista Pablo, existen múltiples figuras parecidas a las del juego de ajedrez, con las que pueden jugar. Figuras, que representan las diversas posibles actuaciones, que los seres humanos, pueden realizar en el curso de sus vidas. Por eso, Harry, como cada persona que entre en ese teatro, al elegir una figura, para moverla o jugarla, es decir, al actuar, se transforma en ella, adquiere, sus rasgos y su fisonomía. Hecho, que se confirma con la presencia de un espejo en el teatro, y, que Harry, encontró. Y, al tenerlo delante de su cara, dice que “Otra vez vi allí la unidad de mi persona descompuesta en muchos yos, su número parecía haber aumentado más. Pero las figuras eran ahora muy pequeñas, aproximadamente como figuras manejables de ajedrez, y el jugador, con sus dedos silenciosos y seguros, cogió unas docenas de ellas y las puso en el suelo junto al tablero. Luego habló como el hombre que repite un discurso o una lección dicha muchas veces: -La idea equivocada y funesta de que el hombre sea una unidad permanente, le es a usted conocida. También sabe que el hombre consta de una multitud de almas, de muchísimos yos. Descomponer en estas numerosas figuras la aparente unidad de la persona se tiene por locura, la ciencia ha inventado para ello el nombre de esquizofrenia. La ciencia tiene en esto razón en cuanto es natural que ninguna multiplicidad puede dominarse sin dirección, sin un cierto orden y agrupamiento. En cambio, no tiene razón en creer que sólo es posible un orden único, férreo y para toda la vida, de los muchos sub-yos”.

Pero, además, el papel o los papeles –las actuaciones- que una persona desempeña en su vida, son los que le dan, el sentido a esa vida. Solo cuando las personas desempeñan determinados papeles o roles en sus vidas, se dan un sentido o razón de ser, que las fundamenta. Es el desempeño del papel, el que forja siempre, el sentido de la existencia de cada persona. Por eso, cuando alguien deja de desempeñar, o, no puede desempeñar ningún papel en su vida, comienza a perder el sentido esencial que la sostiene en pie. Y, en su lugar, el vacío o la nada, se apoderan de su ser, es decir, su ser se comienza a identificar con la nada. Seguramente el silencio en el que cae Elisabeth Vogler, fue resultado de su deseo de no seguir desempeñando el papel esencial de su vida de actriz de teatro, porque había agotado su función. Y, al renunciar a ese papel que le daba sentido a su ser y existencia, comenzó a irrumpir con fuerza, el vacío de la nada en su ser. Por eso, el silencio en que cae, es con gran certeza, la manifestación y el testimonio, vivo y elocuente, de este vacío del no-ser, de la nada, que comenzó a reinar soberana en el interior de sí misma. 

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