El destino de un sueño imposible

Que Alemania siga el rumbo de la catástrofe no es una tragedia sólo alemana, sino es también el hundimiento de la primordial forma de pensamiento de la humanidad...

Rogelio Salazar de León

junio 15, 2025 - Actualizado junio 10, 2025

Thomas Mann nació en 1875; este año se cumplen 150 años del suceso, lo que aquí sirve de pretexto para hacer algunas consideraciones sobre el personaje y su obra.

Así, también, para considerar un período de tiempo que va desde los últimos años del siglo XIX, todo el XX, hasta lo que va del XXI; una época de la que todos tenemos conocimiento, de la que todos sabemos, unos más y otros menos.

Durante ese tiempo de más de cien años hay hechos, actos, acontecimientos, unos tal vez pudieron ser evitados, otros inevitables: la Belle Epoque, la tragedia del Titanic, dos guerras mundiales, algunos hallazgos rotundos en medicina, algunos otros más inciertos en economía, el dudoso fin del colonialismo, etc.

Por todas esas aguas históricas navegó Thomas Mann, no sólo como un habitante, sino también como un testigo y, lo que es más importante, como un cronista excepcional, como aquel que busca y encuentra el resorte y el impulso que descargue las fuerzas de la interpretación y, cómo no, de la comprensión y, por ahí, liberar la potencia de una extraordinaria creatividad.

Thomas Mann busca para su tiempo una continuidad que poco o nada tiene que ver con la lógica, con aquel orden que va de las causas a los efectos; si se piensa que la semilla es la causa y la flor es el efecto, lo más probable es que Thomas Mann diría que las cosas no son necesariamente así, a lo mejor, él diría que tanto la semilla como la flor son dos instancias (no efectos) de la misma raíz; porque, por decir algo: de un campesino del Tirol al Führer que llegó a ser Adolf Hitler no hay una sucesión ni una secuencia que siga un orden lógico o causal, Hitler no es la consecuencia de un número calculable de elementos que funcionen como antecedentes.

El rostro y los gestos de Hitler son el asomo o el relevo o el brote de identidades diversas; en su rostro y en sus gestos se agolpan y se igualan identidades diversas, en su aspecto y sus figuraciones aparecen, a un tiempo, las frustraciones de un pueblo derrotado, los afanes desviados y desvariados de la revolución, los afanes voraces del mercado, los gritos estridentes de la locura y otras cosas más, como si se hablara de una ecuación con diversas incógnitas, todas pendientes de despejar.

La Alemania natal de Thomas Mann es la nación del Dios de Lutero, del idealismo alemán, de las polifonías de Bach, de las expresiones más elevadas del espíritu, y eso es algo de lo que Mann  está bien enterado, lo sabe bien, Thomas Mann está muy consciente de que todo esto representa la forma menos concreta y más abstracta de la vida; su obra debe (porque ese es un deber que él se impone) dar cuenta de la destrucción de una nación, de una patria que ha sido capaz de producir todo aquello, como si su obra fuese la crónica de la suerte adversa de la trascendencia.

Que Alemania siga el rumbo de la catástrofe no es una tragedia sólo alemana, sino es también el hundimiento de la primordial forma de pensamiento de la humanidad; por eso, Thomas Mann es el destino de un sueño imposible de alcanzar, eso es “Los Budenbrock” eso es “La Montaña Mágica” eso es “Muerte en Venecia” eso es “Doctor Faustus” e, incluso, eso es también “Carlota en Weimar”.

En todas sus obras Thomas Mann se hunde en cuerpo y alma en esa materia, en ese lodo en esa sustancia oscura que, al ser el hundimiento de Alemania, es más una pesadilla; así su literatura consiste en el ejercicio pausado de transitar por todas las fases de esa transfiguración, como si la escritura se tratase de una suerte de ejercicio respiratorio y, al final de ese ritmo acompasado quedase una masa continua, sin costuras entre su cuerpo, su alma y sus palabras, todo para que resulte una prosa lisa, melódica como la mejor música, como si fuera de seda.

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