El vuelo hacia la muerte

Fue en el municipio de Mejorada del Campo, en las afueras de Madrid, donde se estrelló en 1983 el vuelo 011 de Avianca procedente de París. La nave chocó tres veces con colinas y árboles antes de convertirse en un infierno de chatarra en llamas.

septiembre 20, 2026 - Actualizado septiembre 19, 2026

Los equipos de rescate peinaron el área del avionazo, recogiendo todo lo que parecía interesante para dilucidar lo que había pasado e identificar a las víctimas. Fue en el municipio de Mejorada del Campo, en las afueras de Madrid, donde se estrelló en 1983 el vuelo 011 de Avianca procedente de París. La nave chocó tres veces con colinas y árboles antes de convertirse en un infierno de chatarra en llamas. Era un jumbo Boeing 747 bautizado como «El Olafo», comprado o alquilado a la empresa SAS de Escandinavia. Cegó la vida de 181 personas y hubo, milagrosamente, 11 sobrevivientes.

Dentro de la lista trágica de fallecidos estaban cuatro nombres destacados de la literatura latinoamericana: Ángel Rama, crítico uruguayo; su esposa, la también crítica de arte Marta Traba; y dos novelistas: el peruano Manuel Scorza y el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Todos viajaban a Bogotá para participar en un Encuentro de la Cultura Hispanoamericana convocado por el presidente de Colombia, Belisario Betancourt. También perdieron la vida dos pintores colombianos residentes en París, Jairo Téllez y Tiberio Vanegas, así como la pianista catalana Rosa Sabater.

Dos novelistas en plenitud truncada

Scorza y Ibargüengoitia tenían ambos 55 años. No habían alcanzado sus máximas posibilidades como escritores.

Scorza había retomado el legado de José María Arguedas —intensidad poética e interculturalidad— integrando en sus novelas Redoble por Rancas (1970), Historia de Garabombo el Invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979) elementos del realismo mágico con mitos precolombinos, dentro de contextos históricos y sociales. En su última novela, La danza inmóvil (1983), realizaba una inmersión urbana y cosmopolita en París, fusionando un péndulo argumental con la vida amazónica. La crítica norteamericana Marcy E. Schwartz considera que La danza inmóvil es un ejemplo de novela latinoamericana producida internacionalmente. Scorza revela el papel de París como parte de una red comercial de centros de publicación que se apropia de la narrativa latinoamericana.

Ibargüengoitia vivía un exilio voluntario en París con su esposa inglesa, Helene Joy Laville Perren, desde donde bombardeaba periódicos y revistas con artículos críticos e informativos donde no faltaba el humor y la ironía. Era un verdadero francotirador que usaba bazucas textuales cargadas de proyectiles de explosiva sátira. Ya en su primera novela, Los relámpagos de agosto (1964), había disecado el oficialismo y la revolución institucionalizada de México. Siguieron Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y Los pasos de López (1982).

Durante los últimos cuatro años antes de la tragedia aérea, Ibargüengoitia se había concentrado en un gran proyecto narrativo. Este manuscrito, irremisiblemente perdido, lo llevaba en el avión de Avianca para seguir trabajándolo en los momentos libres que le quedaran en Bogotá. Se había resistido un poco al principio a hacer el viaje, pero Marta Traba, entusiasmada con su reivindicación colombiana y consciente de la apertura que ofrecía el Encuentro convocado por el presidente Betancourt, lo había convencido.

Los artistas plásticos

A los nombres de escritores y críticos se suman los dos artistas plásticos colombianos. Jairo Téllez vivía en una buhardilla a inmediaciones del Boulevard de la Chapelle y llevaba una vida de bohemio y artista trashumante en París con su pareja, la artista alemana Chantal Kreutzer. Pasaba penurias a pesar de ser hijo de un pudiente ganadero, las cuales paliaba vendiendo él mismo sus pinturas y dibujos a amigos y conocidos. Téllez había decidido viajar a Colombia con el propósito de participar en una producción cinematográfica. Las fechas de filmación se adelantaron y el joven artista decidió viajar antes y solo; su novia alemana llegaría semanas después, pues tenía compromisos inevitables.

El algo más consagrado artista y también escultor Tiberio Vanegas, que también vivía en París, llevaba consigo casi toda su producción hecha en Francia, la que se consumió en las llamas junto al artista.

Especulaciones y reconocimiento

Tras el accidente no faltaron especulaciones infundadas: desde una supuesta bomba terrorista hasta la inclusión de Ernesto Sábato entre las víctimas, debido a la confusión con el apellido Sabater de la pianista barcelonesa que falleció en la tragedia. Además del rumor de que Augusto Monterroso providencialmente había perdido el vuelo. Pero Tito se encontraba en ese momento a más de diez mil kilómetros de distancia, en México.

Lo que sí sucedió fue la extraña manera en que el cadáver del escritor Manuel Scorza fue reconocido por sus hijos Ana María y Manuelito, que viajaron a Madrid. Manuelito reconoció el antifaz que usaba su padre para dormir y también una hoja de papel bond escrita a máquina que se había pegado al cuerpo semicalcinado y que estaba corregida con la letra del novelista.

Ángel Rama y Marta Traba: el errante par

Rama y Traba se habían conocido en un congreso en Caracas en 1966 y desde entonces habían vivido en cinco países diferentes. Rama fue proscrito por la dictadura militar en su propia patria y no podía retornar. La pareja se pasaba desde 1974 dando cátedras entre Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Ángel Rama se había confrontado al gobierno de Reagan, lo que condujo a que no se le renovara el permiso de residencia.

Marta Traba había vivido en diferentes ciudades —Caracas, París, Montevideo, San Juan, Princeton, Barcelona, México D.F. y Washington— desde su expulsión de Colombia en 1968 por haber hecho declaraciones críticas de la represión del ejército colombiano en la toma de la Universidad Nacional. El régimen de Lleras Restrepo la acusó de intervenir en los asuntos internos del país. Pero en 1982, el gobierno de Belisario Betancourt la había reivindicado y otorgado la ciudadanía colombiana.

Ángel Rama llegó a ser el gran crítico latinoamericano del último cuarto de siglo. Sus conceptos de ciudad letrada —plasmado en un libro póstumo— y el de transculturación narrativa, presentado en Transculturación narrativa en América Latina (1982), se convirtieron en claves que cambiaron la faz de la crítica literaria en el continente. Rama dirigía el gran proyecto latinoamericano Biblioteca Ayacucho, impulsado en Venezuela.

Marta Traba era una de las voces más convincentes de la crítica artística y la estética de América. Con su libro Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas había puesto sobre la mesa la discusión y el análisis de la contemporaneidad del arte latinoamericano.

Ambos se sentían cómodos en París. Marta Traba se recuperaba de un cáncer de seno descubierto tres años antes. Ángel Rama estructuraba un trabajo de gran aliento sobre la literatura continental. Decidieron comprar una gata, acaso como símbolo de que la estancia parisina sería prolongada. Alquilaban un confortable apartamento, tenían lazos intelectuales y académicos de primer orden y la base económica estaba asegurada con la beca.

La fatídica noche cenaron algo ligero y cada uno hizo algunas llamadas de despedida. Habían dejado a alguien encargado de regar las plantas, ver que la gata tuviera lo que necesitaba y recoger y ordenar el correo. El mundo parecía ordenado y apacible. Unos veinte minutos después de las diez de aquel 27 de noviembre de 1983, en el aeropuerto Charles de Gaulle, tomaron juntos el vuelo hacia la muerte.

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?