Analogías y correspondencias entre La Odisea de Homero y Ulises de James Joyce (Parte I)

Varios de los personajes de La Odisea y diversos eventos o sucesos que vive Odiseo durante su viaje de regreso a su reino Ítaca es representado, mejor, reinterpretado, por un personaje, hecho o suceso que narra Joyce en su novela.

Camilo García Giraldo

septiembre 20, 2026 - Actualizado septiembre 19, 2026

James Joyce, escribió su gran novela Ulises siguiendo los pasos de la Odisea de Homero. Hizo una versión nueva, original y enteramente moderna de esta clásica obra literaria. El sentido más hondo de esa innovadora novela estriba en recobrar para la actualidad moderna un texto fundador de la literatura occidental, pero modificándolo radicalmente.

Por eso, Joyce dividió originalmente novela en 18 capítulos o episodios, aunque en el momento de su publicación los eliminó. Sin embargo, dio a los capítulos el nombre de los personajes o lugares que aparecen en La Odisea, como lo dijo en varias cartas que escribió posteriormente, para mostrar el propósito que se dio de reescribir esa antigua obra literaria clásica con nuevos y modernos personajes situados y viviendo la ciudad de Dublín, capital de Irlanda, y su ciudad natal, a principios del siglo XX.  Varios de los personajes de La Odisea y diversos eventos o sucesos que vive Odiseo durante su viaje de regreso a su reino Ítaca es representado, mejor, reinterpretado, por un personaje, hecho o suceso que narra Joyce en su novela. Por eso, titula su novela Ulises que es la traducción latina de Odiseo. 

Así, Leopoldo Bloom, el personaje principal de la obra de Joyce es en realidad Ulises u Odiseo.   Los dos viajan, navegan o caminan de regreso a su hogar viviendo diversos acontecimientos remarcables. El primero, recorre las calles y lugares de Dublín durante un día, mientras que Odiseo recorre el Mediterráneo desde Troya hasta la isla de Ítaca durante 10 años.

Mientras uno camina por las calles y andenes de piedra de su ciudad natal para regresar al final de la jornada a su casa, el otro recorre por el mar agitado y tumultuoso por obra del Dios Poseidón para también volver a su hogar. Mientras Odiseo encuentra un gran número de obstáculos y peligros para su vida y sus compañeros de travesía, Leopoldo Bloom encuentra en su camino, situaciones, amigos y conocidos con los que comparte vivencias y entabla conversaciones, sin que surjan circunstancias que pongan en peligro su vida. Odiseo, es el rey griego de una pequeña isla del Mediterráneo que participó en la guerra de Troya obligado por Agamenón, mientras que Bloom es un solo un publicista judío común y corriente ajeno a las guerras. 

Estas grandes y significativas diferencias no borran la semejanza que los une, la de que son personajes que caminando o viajando en el tiempo y el espacio, es decir viviendo, aprenden a conservar sus vidas mejor, con más eficiencia e inteligencia, y a enriquecer sus conocimientos con las experiencias vividas, como lo reveló muy bien el poeta griego Constantino Kavafis en su célebre poema dedicado a Odiseo. Dice Kavafis:

«Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca

desea que el camino sea largo,

pleno de aventuras, pleno de conocimientos.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,

al irritado Poseidón no temas,

tales cosas en tu ruta nunca hallarás,

si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta

emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,

y al feroz Poseidón no encontrarás,

si dentro de tu alma no los llevas,

si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas estivales

en que con cuánta dicha, con cuánta alegría

entres a puertos nunca vistos:

detente en mercados fenicios,

y adquiere las bellas mercancías,

ámbares y ébanos, marfiles y corales,

y perfumes voluptuosos de toda clase,

cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;

anda a muchas ciudades egipcias

a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.

Llegar hasta allí es tu destino.

Pero no apures tu viaje en absoluto.

Mejor que muchos años dure:

y viejo ya ancles en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.

Sin ella no hubieras salido al camino.

Otras cosas no tienen ya que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.

Sabio, así como llegaste a ser, con experiencia tanta,

ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan».

De tal manera, que el personaje de Bloom que crea Joyce, y, que parece, en principio, totalmente ajeno y diferente a Odiseo, en realidad no lo es. Pues, detrás las diferencias que los marcan se esconde esta semejanza sustancial o esencial que los une. Los dos son personajes que aprenden siempre algo nuevo sobre la vida y el mundo que los rodea viviendo, es decir, moviéndose por un determinado espacio físico. El primero, moviéndose por las aguas del mar, y, el, segundo por las calles de Dublín. Pero, sobre todo aprenden a ser lo que en esencia son, o mejor, a refirmar y renovar sus propias identidades. El primero, el de volver a ser el rey de Ítaca, el esposo de Penélope y el padre de Telémaco, a pesar de haber le sido infiel a su esposa con dos mujeres, Calisto y Circe, que encontró en su viaje de regreso. El segundo, a seguir siendo un día más el mismo publicista judío irlandés, el padre de una joven llamada Milly, y el esposo de Molly, tal como lo fue Odiseo con Penélope. Aprender de nuevo a lo largo del camino o viaje de la vida a ser lo que se es en esencia, es el aprendizaje fundamental que realizan estos dos personajes literarios. Y, el mensaje que nos dejan a todos nosotros sus lectores es que también deberíamos aprender a ser nosotros mismos, siempre y cuando, hayamos aprendido a ser previamente seres humanos moralmente valiosos.

Ahora bien, Joyce siguiendo a Homero comienza su libro escribiendo tres capítulos sobre Telémaco, el hijo de Odiseo con el título de La Telemaquia que divide en tres partes, Telémaco, Néstor y Proteo. Esta decisión de Joyce es aparentemente sorprendente porque Leopoldo Bloom no tiene un hijo varón que pueda ser equivalente a Telémaco. Pues, el hijo que tuvo con su esposa llamado Rudy murió once días después de su nacimiento. Sin embargo, en realidad no lo es por dos razones. La primera, porque Bloom siente que el joven Estefan Dedalus, a quien conoció a la edad de cinco años, es como su hijo, al que cuida y protege, y, que remplaza en parte a su hijo muerto. Por eso, lo llama su protegido. Y, la segunda porque Joyce lo presenta como parte integrante de Bloom, como su otro yo. O mejor, como el Bloom joven, tal como lo comienza a mostrar en su libro anterior Retrato de un joven adolecente. Y, tal como el mismo Bloom lo sostiene en el penúltimo capítulo de la novela cuando dice, reflexionado para sí sobre su pasado juvenil, que leyó las obras de Shakespeare, y, que escribió algunos versos a la edad precoz de once años. Es decir, que de joven se parecía mucho a Estefan Dedalus, a pesar de “las cuatro fuerzas que los separan, nombre, edad, raza, credo”. 

Además, Joyce nos dice que Dedalus es un tanto parecido Néstor, el viejo rey sabio de Pilos que recibe a Telémaco, con gran hospitalidad y le da muy buenos consejos, porque, si bien no tiene la sabiduría que da la vejez, es un joven preparado y culto, profesor de historia, como lo muestra Joyce al narrar al comienzo del capítulo una clase de esta materia que da Estefan sobre las victorias que el general macedonio Pirro obtuvo sobre los ejércitos romanos, que es experto en literatura, en especial, en la obra de Shakespeare, y familiarizado con los números y las matemáticas. De ahí, que afirma con bastante razón que “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertarme”, porque conoce bien todos los actos de barbarie como las guerras, una de las cuales acaba de hablar ante sus estudiantes, las matanzas de civiles, la destrucción de obras culturales, etc. que han realizado los seres humanos desde que comenzó a documentarse gracias a la escritura en los orígenes de las civilizaciones. Y, también piensa, como los místicos judíos, que “Dios es un grito en la calle”, es decir, el sonido fuerte y poderoso de una voz que llega a una infinidad de personas en el mundo, que, sin embargo, no tiene rostro ni identidad física personal. Opinión, que es una prueba más del lazo estrecho que lo une al judío Bloom. Y, aunque esta opinión o creencia de carácter religioso de Dedalus no es propiamente una muestra de sabiduría, sí le sirve para obrar sabiamente al cuestionar y oponerse a los prejuicios anti-judíos que tiene el señor Deasy.   

Y, Dedalus también se asemeja un poco a Proteo, “anciano dios marino”, como lo llama Homero, quien le informó a Menelao que Odiseo se encontraba varado en la isla de Calipso. Dato que Menelao le comunicó a Telémaco. Dios, quien, además, tenía la capacidad de ver el pasado y presente de los acontecimientos, y prever o “adivinar” el futuro de los mismos. Pues, un profesor de historia culto como él, tiene esa capacidad de ver, es decir, de conocer a través de los libros que ha leído o las enseñanzas de maestros que ha recibido los sucesos ocurridos en el pasado de la historia. Y, gracias a esos conocimientos históricos puede prever con mucha certeza los que ocurrirán en el porvenir.    

Las analogías o semejanzas que elabora Joyce entre estos dos personajes no terminan aquí. La novela comienza precisamente con una escena en la que Estefan Dedalus, junto con el estudiante de medicina Buck Mulligan, contemplan el mar. Contemplación que hizo muchas veces el joven Telémaco desde su isla de Ítaca esperando avistar la nave de su padre regresando a su hogar. Y, en medio de una ensoñación recuerda y lamenta la muerte de su madre por quien se niega a rezar. Si bien Penélope, la madre de Telémaco no ha muerto, Joyce nos indica aquí, que él siente que sí ha muerte en su interioridad debido a la ausencia prolongada de su amado esposo Odiseo. El afligido recuerdo que siente Dedalus de su madre muerta es seguramente el mismo que experimenta Telémaco al sentir o ver en el interior de su madre Penélope el vacío enorme que le depara la prolongada ausencia de su esposo.  

Después, al cuarto capítulo, primero de la segunda parte de La Odisea, Joyce le da el nombre de Calipso. Aquí parece más difícil desentrañar el lazo que une la hija de Bloom, Milly -de quien recibe una carta en la que le da las gracias por el regalo que le mandó en su cumpleaños- con este personaje femenino de La Odisea y de la mitología griega. Pues, en efecto ¿Qué relación puede tener la hija de Bloom con esta ninfa que gobernaba la isla de Ogigia, y que le ofrece a Odiseo la inmortalidad a cambio que continué viviendo a su lado para siempre después de haber estado juntos siete años? La respuesta, sin embargo, que ofrece Joyce es enteramente lógica y convincente. La existencia de Milly constituye en sí misma la promesa a su padre de darle una vida inmortal o casi inmortal en la medida que ella y sus descendientes lo llevarán en su seno, que ella, sus hijos, los hijos de sus hijos etc. prolongarán su existencia en el tiempo. Promesa, que la existencia de todo hijo hace siempre a sus progenitores, si deciden procrear hijos.

Al capítulo o episodio siguiente, el quinto, Joyce da el nombre de Los comedores de loto en referencia a los habitantes de una isla que se alimentaban comiendo los lotos que florecían en grandes cantidades, y cuya existencia aparece por primera vez mencionada por Homero en La Odisea. Flor que tenía un efecto narcótico que los hacía dormir apaciblemente.  El buque de Odiseo llegó a la isla arrastrado por fuertes vientos. Y, allí los miembros de la tripulación comenzaron también a consumir esta flor, que los conducía a olvidar a su patria y a sus seres queridos. Odiseo, entonces alarmado, los obliga a la fuerza a regresar al barco.

Joyce, aquí transforma la isla de los comedores de loto en la histórica farmacia de Dublín Sweny’s Pharmacy a la que entra Bloom para encargar una crema facial para su esposa. Y, mientras espera que el farmacéutico busque los ingredientes para prepararla, decide comprar una pieza de jabón con aroma a limón. Ciertamente los ingredientes de la crema y del jabón simbolizan los ingredientes narcóticos que Homero le atribuye a la flor de loto, aunque en realidad, como se sabe, esta flor no es propiamente un narcótico, sino un soporífero. De ahí, que Joyce identifica la flor de loto con los ingredientes del jabón y de una crema facial, que, si bien no ayudan a dormir, contribuyen a preservar la lozanía y frescura de la piel del rostro de las mujeres, en este caso de Molly o Marion, la esposa de Bloom. Pues, la función que cumplen la flor de loto y estos ingredientes naturales o químicos necesarios para una fabricar un jabón y una crema facial es, en el fondo, semejante porque ayudan a “dormir” a la piel de sus rostros. Pues, la piel de un rostro se “duerme” por la acción de una sustancia que contengan los ingredientes apropiados, es decir, detiene, por un breve tiempo, el proceso natural de su deterioro y envejecimiento. 

El capítulo siguiente Joyce le da el título de Hades, el lugar lúgubre, frio y gris del inframundo para los antiguos griegos en donde las almas de los muertos vagan como sombras. Homero, en La Odisea lo menciona en el canto XI en el que narra que Odiseo viajó a los confines del océano guiado por Circe para consultar al adivino Tiresias. Y, allí cavó una fosa y sacrificó animales. La sangre de estos atrajo a las almas desvalidas, logrando así hablar con su madre Anticlea, quien lo había esperado hasta su muerte.

De ahí, que Joyce dedica este capítulo a la muerte. Comienza narrando que Bloom entra en un carruaje fúnebre con otros tres hombres, incluido el padre real y biológico de Stephen, Simon Dedalus, que se dirige el funeral de Paddy Dignam, en el cementerio Glasvenin. Durante el trayecto discuten sobre las distintas formas de morir y ser enterrados. Mientras que Bloom recuerda con remordimiento y pesar a su hijo muerto, y el suicidio de su padre. Después, entran a la capilla y participan del servicio religioso. Finalizado el acto, salen portando el ataúd, y Bloom continúa meditando sobre la muerte hasta llegar al cementerio. Finalmente, reacciona, suprimiendo esos pensamientos, para centrar su mente en la «cálida vida llena de sangre caliente».

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