Si se clama por “Una habitación propia” es porque no se ha conseguido tener una, si se insiste en “Una habitación propia” es porque toda la vida se ha sentido vivida en una habitación extraña; claramente, esto se trata de Virginia Woolf.
Virginia Woolf nació en una casa en la que, tanto su papá, como su mamá llegaron al matrimonio después de que ambos habían estado casados y habían tenido hijos en sus matrimonios anteriores, además, de que, una vez juntos, tuvieron cuatro hijos más, dos varones y dos mujeres, de las cuales, una de ellas fue Virginia; a partir de ese dato ya se entiende que tener “Una habitación propia” entre sus hermanos y medio hermanos, entre los tuyos, los míos y los nuestros siempre fue difícil.
Otro factor que condiciona el texto “Una habitación propia” de Virginia Woolf es la presencia de su amiga Vita Sackville West, también novelista y poetisa, además, fue diseñadora de jardines, una gran mujer aristócrata y excéntrica a partes iguales; quizá tan aristócrata como sólo pueden serlo los ingleses; Vita está casada con un tal Harold Nicolson, diplomático de oficio, con quien mantuvo una relación muy cercana, a pesar de que se fueron infieles mutuamente cuanto pudieron, todo lo cual consta por la correspondencia confesional casi diaria que mantuvieron ambos cónyuges; ellos eran tan acaudalados que poseían un palacio con tantas habitaciones que resultaba imposible conocerlas todas en un año, al ritmo de una diaria, y con un jardín tan extenso que en realidad era un bosque en donde perderse.
Se sabe que Virginia Woolf y Vita Sackville West fueron amigas, luego amantes durante un período fugaz, para seguir como amigas después.
Otro aspecto que se relaciona con el texto “Una habitación propia” es el dinero, que siempre ha sido lejano, esquivo, cuando no de plano ajeno para las mujeres; Virginia Woolf debió hacer múltiples tareas insulsas y pueriles para contar con escasos fondos, hasta que una pariente alejada, que formaba parte del poder colonial en la India se accidentó al caerse de un caballo y, como consecuencia, le dejó una renta de quinientas libras anuales.
El apellido Woolf no es el apellido de soltera de Virginia, que es Stephen, su padre se llamó Leslie Stephen; Woolf es el apellido de su marido, un escritor y editor de origen judío al que conoció en el barrio de Bloomsbury, la localidad londinense a donde fueron a vivir los cuatro hermanos de padre y madre una vez que han muerto ambos padres, para separarse de sus medio hermanos; de uno de ellos Virginia recibió abusos sexuales desde niña.
Leonard Woolf era el nombre de su marido, juntos ella y él fundaron la editorial Hogarth Press, como matrimonio y como empresarios parecen haberse llevado muy bien, aunque se sabe, entre confidencias, rumores familiares y de amistades que la relación sexual del matrimonio era casi nula, lo cual se supo muy pronto, desde el mismo regreso de su viaje de bodas.
Esta nota no pretende ser un recorrido biográfico sobre la vida de Virginia Woolf, aunque se haya hablado de algunos aspectos de su vida; lo que interesa aquí es acercarse brevemente a los puntos de esa vida que puedan funcionar para justificar ese título: “Una habitación propia”.
Quien, como ella, haya tenido tantos hermanos y medio hermanos, siete en total; quien, como ella haya tenido una amiga aristócrata y acaudalada con un palacio y unas costumbres difíciles de imaginar; quien, como ella, haya deseado un puñado de monedas para sentir que tiene algo de tiempo para sí misma, y que finalmente había conseguido una pequeña renta que le hizo saborear algo de libertad; quien, como ella, subsistió a un matrimonio cordial, pero en el que la intimidad sexual era nada o casi nada, cómo no iba a desear “Una habitación propia”.
Muchas cosas más se podrían mencionar como episodios de la vida de Virginia Woolf, pero lo realmente importante, cuando de ella se trata, es cómo se alcanza la madurez intelectual que, en este caso, equivale a cómo una mente se convierte en un territorio literario tan rico y reconocible; “Una habitación propia” es un texto de no ficción, como se diría en inglés, aunque es literatura de pies a cabeza, es un ensayo narrativo sobre la condición femenina en la cultura.
El clamor por “Una habitación propia”, en el fondo, es un clamor por un lugar para la mujer en el mundo, para lo femenino; como ensayo es irregular, lo cual quiere decir que es poco convencional, de alguna forma está hecho de una prosa oscilante, pendular, que va y viene; a estas alturas, Virginia Woolf ya tiene cuarenta y cinco años y ya ha escrito “Mrs. Dalloway”, “Al faro”, “Orlando”, todas novelas excepcionales; queda por escribir “Las olas” hecha de las oscilaciones que el nombre sugiere y, cuyo ritmo, pudo practicar en “Una habitación propia” como quien hace un ensayo, pero no un ensayo en el sentido académico, sino como quien hace algo más modesto, tal vez más a lo británico: una prueba o un experimento previo.
“Una habitación propia” es claramente un ensayo feminista, pero también es algo más: una pieza que ayuda a entender el desarrollo y la plenitud de una obra brillante, desbordante de talento creativo.
A lo mejor sólo queda decir que “Una habitación propia” es el resultado de una invitación que hace la universidad de Cambridge a Virginia Woolf para disertar sobre el tema: las mujeres y la literatura; la universidad a la que había ido su amado hermano Tobi, ella no, porque era una mujer.
Al llegar a Cambridge, su primer impulso es entrar a la biblioteca de la universidad, pero no puede acceder a ella: cordialmente, pero con firmeza, el portero que le sale al paso le dice que, para ingresar a la biblioteca, al ser mujer, debe ir acompañada por un miembro masculino de la comunidad, o bien, tener una autorización firmada por escrito.
Así, contando esa experiencia, comienza “Una habitación propia”…
Tags: Leonard Woolf Portada Una habitación propia Virginia Woolf Vita Sackville West








