La ciencia de la historia es imposible que sea exacta y perfecta, pero sí debe ser precisa. Por precisión nos referimos a la obligación técnica, científica, moral y ética del tratamiento adecuado de los datos a partir de las fuentes históricas y del análisis y la interpretación de ellas, así como de los contextos. Por lo tanto, el hecho histórico, si bien es implacable porque ya sucedió, se va conociendo de manera procesual a través del rigor y también de las posibilidades que nos brinda la investigación, presentándose como la complejidad de acontecimientos que implican una trama social, política, económica y cultural.
Exponer la historia implica una gran responsabilidad, pero muchas veces los intereses políticos y de otras formas de poder la tergiversan de manera intencional. Esto no debe confundirse con las equivocaciones o errores, que pueden ocurrir en el desarrollo de las investigaciones históricas, ya que estamos hablando de una ciencia con todo lo que ello significa. En cambio, las tergiversaciones deliberadas deben exhibirse, porque provocan múltiples daños. La historia no puede seguir siendo manipulación, sea cual sea el motivo por el que se deforma.
En torno a la Independencia de Guatemala existen muchas desviaciones, debido a que el acontecimiento, que es trascendente, involucra ejercicio de poder. En mi columna del domingo 13 de septiembre de este año, hago referencia al mito hegemónico de las antorchas de la noche del 14 de septiembre de 1821 y al de la estrofa del himno nacional que dice “Nuestros padres lucharon un día, encendidos en patrio ardimiento, y lograron sin choque sangriento colocarte en un trono de amor”. Ambos tienen el objetivo de representar los sucesos de aquella fecha como las realizaciones de patriotas a quienes se les debe venerar en lo cívico y de ahí su nombre de “próceres”. Esto legitima y refuerza a la clase dominante a través de su sentido de patria, sólo que, de su patria, que es la patria del criollo como bien lo dice el título del importante libro del insigne historiador Severo Martínez Peláez.
Pero hay otro tipo de manipulaciones recientes a las que debe prestárseles atención, porque no sólo desvían la historia, sino que buscan también configurar nuevas formas de ejercer el poder por medio de la búsqueda de legitimidad de masas; me refiero en específico al llamado “grito de la independencia”. En el 2025, fue la municipalidad de Mixco la que lo realizó. El alcalde mixqueño y funcionarios ediles intentaron imitar de manera burda el Grito de la Independencia que tradicionalmente se realiza en México. En aquel país, las capitales de los estados y de los municipios realizan la ceremonia del «Grito», la cual tiene como protagonista a las respectivas jefaturas de gobierno local, siendo el gobernador, la gobernadora o quien ejerce la presidencia municipal quien lo realiza. El «Grito» principal es el que se lleva a cabo en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, conocida como el Zócalo, cuando el presidente o presidenta sale al balcón del Palacio Nacional y lo hace con las expresiones del “¡Viva!” dirigidas a personajes históricos e históricas de la independencia mexicana y a otras significaciones que sean importantes para los intereses del grupo gobernante; se toca una campana y se ondea la bandera de México para recordar lo que la oralidad dice que hizo Miguel Hidalgo desde la iglesia del pueblo de Dolores, en el estado de Guanajuato. Inclusive, se continúa debatiendo en las ciencias históricas mexicanas cómo se dieron los hechos de aquellos días 15 y 16 de septiembre de 1810, aunque se mantiene la versión oficial, convertida en mito de identidad cohesionadora de la nación, establecida desde el régimen de Porfirio Díaz que también coincidía con su cumpleaños, que era el 15 de septiembre, motivo que se aprovechaba para el culto a la personalidad del presidente. El acto del Grito quedó y fue útil para todos regímenes políticos del Estado mexicano, construyéndose un sentido de nación y de respectivo nacionalismo que parte de un hecho histórico que tuvo determinadas características comprobables como las arengas de Hidalgo a la insurrección, aunque no todo lo que la historia oficial ha establecido se pueda afirmar que sucedió. Sin embargo, para México tiene sentido, porque varios de los hechos sí ocurrieron y se puede partir de ellos para construir precisiones históricas y al mismo tiempo los mitos.
Pero, en el caso de Guatemala, es distinto. Lo que se hizo en Mixco en el 2025 carece de todo fundamento. Igual sucede con la Ciudad de Quetzaltenango, porque a la medianoche del 14 de septiembre de 2026, cuando comienza la madrugada del 15, las autoridades quetzaltecas inauguraron las fiestas patrias con un “grito”, en el marco de la histórica y legendaria Feria Centroamericana de la Independencia que se celebra en aquella urbe. Uno de los telenoticieros más antiguos de Guatemala presentó la actividad como “El tradicional grito de Independencia en Quetzaltenango”. En sí, lo tradicional es el conjunto de actos que se realizan la noche del 14 y las primeras horas del 15 de septiembre, pero que no constituyen en sí la significación de “grito”. Esto, de nuevo, es tomado de México, sin sustento histórico alguno para Guatemala.
Hay derecho para la algarabía que produce gritos en las fiestas de Independencia, pero eso no quiere decir que se deba trasladar de manera mecánica o automática el significado del “grito” que para México sí contiene todo un significado histórico, profundo y, por ende, valioso en su representación de la patria y la nación, aunque no esté exento de críticas y debates que la ciencia de la historia está obligada a elaborar. Cometen una seria equivocación quienes promueven este tipo de copias en Guatemala, como si de modas o de adecuaciones se tratara. Inclusive, es una falta de respeto al pueblo mexicano y también al guatemalteco. Que se preocupen las autoridades de los lugares donde se están haciendo estos actos en Guatemala en investigar históricamente hechos que sí sean vinculantes con su localidad, con la región y con el país. Las tergiversaciones de la historia más temprano que tarde se evidencian y de alguna forma, siempre causan perjuicio.
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