El académico mexicano Alejandro Lámbarry publicó en 2019 la biografía de Augusto Monterroso: En busca del dinosaurio. Lambarry parte de una premisa sugestiva bien documentada: «Augusto Monterroso cambió la manera de escribir y de leer literatura».
Hay en la obra de Monterroso una coherencia pasmosa. Cualquier texto suyo se reconoce en el acto. En el corpus acontece una equivalencia entre el todo y la parte: la brevedad, la ironía y su hermana menor la sátira —que llevó a Gabriel García Márquez a decir que a Monterroso había que leerlo con las manos arriba—. Maestro de la ambivalencia entre ficción y realidad en sus personajes y del retrato de la condición humana. Hay lecturas varias y niveles de sus textos.
Humor, paradoja y subversión de la realidad encontramos en el famoso cuento «El Centenario», así como en el emblemático «El Dinosaurio», ambos son parte de Obras completas (y otros cuentos), publicado por Imprenta Universitaria de México en 1959, con el cual Monterroso alcanzó significación en América Latina y después España. El recordado crítico y escritor guatemalteco Luis Aceituno afirmaba que en este libro y en La oveja negra y demás fábulas, publicada diez años después también en México por Joaquín Mortiz, estaba ya todo Monterroso.
El gigante que envidaba a los enanos
¿De qué trata «El Centenario»? Es la historia de un sueco singularísimo, Orest Hanson, que vive entre el último cuarto del siglo XIX y la primera década del veinte. Hanson mide dos metros cuarenta y siete centímetros y es el hombre más alto del mundo. Valga aquí un aspecto biográfico: debido a su corta estatura, Monterroso tuvo que lidiar con preguntas indiscretas, y no se hicieron esperar sus relampagueantes respuestas. Cuando un periodista mexicano le preguntó si en Guatemala todos eran tan bajitos como él, respondió con un coloquial mexicanismo: «No todos, también hay chaparros». O lo que escribió al pie de una foto junto a su amigo Julio Cortázar que medía casi dos metros: «Augusto Monterroso al lado de un hombre de estatura normal». A Cortázar le gustaron muchísimo los cuentos del primer libro de Monterroso, con excepción justamente de «El Centenario».
Orest Hanson es un gigante que «en el fondo de su corazón le tenía envidia a los enanos». Gracias a su anomalía biológica logra ganar dinero exhibiéndose en Europa. Trabaja en un circo pero lo deja por no llenar sus aspiraciones artísticas. Su fama se expande y es invitado al México de Porfirio Díaz para las celebraciones del primer centenario de la Independencia. El gobierno de Díaz había hecho acuñar una moneda de plata conocida popularmente como del centenario.
Con Hanson se levantan geniales ironías sobre la estatura humana, pero también se tocan temas entrelazados: la avaricia, el capitalismo, el poder que corrompe, la política mexicana y la soledad incurable del ser humano. Hanson tenía los ojos tristes y las articulaciones débiles, sintiéndose tan diferente, es decir, tan solo.
El final es trágico. Un esbirro del presidente Porfirio Díaz llamado Vicente Martín le arroja una moneda de las conocidas como centenario, y Hanson, que tenía una irresistible avidez por las monedas, al intentar recogerla se desmorona. Al caer estrepitosamente se produce veinticinco fracturas que le causan la muerte.
Tres temas centrales
Identificamos en «El Centenario» tres temas centrales: la política e historia, la normalidad y la dualidad ficción/realidad. El primero refiere al fin del largo gobierno de Porfirio Díaz, lo que sucedió ese año del Centenario. Las palabras elevación y caída, que el historiador José López Portillo y Rojas usó para describir a Díaz, coinciden con la historia del sueco Hanson. La intervención brevísima pero decisiva del esbirro Vicente Martín simboliza las traiciones políticas en la historia de la Revolución mexicana.
Otro académico mexicano, Jorge Olvera Vázquez, considera que «El Centenario» tiene un sentido alegórico y una codificación en clave irónica que al descifrarse permite mirar críticamente parte de la realidad y del pasado de México. Apunta Olvera Vázquez: «El señalamiento socrático de Monterroso en «El Centenario» es que hay una inmensa fragilidad en lo fastuoso, grandioso y espectacular carente de sustancia».
En cuanto a lo que es normal y lo diferente, es clara la analogía. La molesta estatura del sueco Hanson refiere a la intolerancia, a la utilización de las anomalías donde lo que cuenta son las monedas y no el ser humano.
El tercer tema, la dualidad de lo real y la ficción, es una de las características de toda la obra de Monterroso. La intención de crear una verosimilitud tan contundente para que el lector se convenza de que se trata de una nota periodística respaldada con elementos tomados de la realidad: un artículo con fotos de Hanson publicado en 1920 en una revista dirigida por Rubén Darío, la alusión al circo de Barnum. Por supuesto, las referencias son inventadas por Monterroso, siguiendo un recurso borgiano. En 1920 ya no existía la revista mencionada y Rubén Darío tenía varios años de fallecido. El mismo Monterroso señalaría muchos años después que al escribir «El Centenario» imprimió tal carácter realista a cada detalle que durante mucho tiempo varios antólogos del cuento latinoamericano se abstuvieron de incluirlo en sus recopilaciones, aduciendo que no era un cuento sino una nota periodística.
Eduardo Torres: otro personaje que existió sin existir
Orest Hanson no es un caso único. Recordemos al personaje ficticio más conocido de Monterroso, también tenido por años por alguien que existía o había existido: el emblemático Eduardo Torres, intelectual provinciano del pueblo de San Blas, protagonista de la única novela de Tito, Lo demás es silencio (¿es una novela o una parodia de novela?). Torres es además un émulo sacado de El Quijote, una especie de Cide Hamete Benengeli.
Esta obra, estudiada a fondo por el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, está diseñada como un juego lúdico donde priva una permanente y sutil ambivalencia, «deliciosa» la llama Ruffinelli. El título es una paráfrasis de una frase cambiada de Shakespeare en su Hamlet. Monterroso la usa también como epígrafe, pero refiriéndola como sacada de La Tempestad y no de Hamlet. El juego semiótico se basa en crear una paradoja: una tempestad no puede ser silenciosa.
El humor como epistemología
El humor en Monterroso se vuelve una epistemología, y el uso a discreción de diversos registros se convierte en un recurso subversivo, heterogéneo, cambiante. El hispanista de la Universidad de Estocolmo, Anders Cullhed, hace un curioso parangón entre el humor de Monterroso y cierta tesis presocrática: aquella de que el ser humano es la medida de todas las cosas.
Naturalmente, en «El Centenario», bajo la trampa de la sonrisa y el humor, como lo señala Francisca Noguerol, hay algo triste, como en mucha de la obra de Monterroso. La académica española, desde su tesis doctoral La trampa de la sonrisa, desarrolla la teoría del hibridismo en los géneros en la obra de Monterroso. La transgresión de estos es un tema constante en la historia de la literatura que con Augusto Monterroso ha alcanzado una de las mayores alturas en la narrativa castellana postmoderna. Y en lo híbrido caben la sonrisa y la lágrima, la tristeza y el humor. En una antología del cuento triste hecha por Monterroso y su esposa Bárbara Jacobs, Tito afirmó que un buen cuento siempre será un cuento triste porque la vida es triste y un buen cuento concentra toda la vida.
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