La ofrenda es una de las tradiciones más arraigadas en México. Foto: Wikipedia
Son varias las razones para que existan diferencias en la manera de conmemorar el Día de Muertos en las respectivas capitales de México y Guatemala, por lo que inicio esta segunda parte con la parte final de la columna anterior:
Durante la época colonial, si bien la Iglesia y el régimen político en su conjunto aplicaron coerción, también establecieron consensos para lograr la hegemonía. El Virreinato de México o Nueva España se convirtió en la entidad rectora de la región, por lo que el manejo de las estrategias políticas para dinamizar esos obligados consensos era mayor que en el Reino de Guatemala, el cual a su vez era dependiente de México en varios asuntos. Paradójicamente, en Guatemala la oligarquía española y criolla tenía más capacidad de acción con menos controles del Estado español por pertenecer a una entidad de menor rango, ya que el Virreinato de México estaba más vigilado por la monarquía al ser el territorio de mayor importancia. Por lo tanto, a partir de las Leyes Nuevas de 1542 que tenían como objetivo impedir la esclavitud indígena y transformar a los pueblos en vasallos de la corona, funcionó mejor la aplicación de los consensos en México. Esto se fortaleció con el hecho de que el pueblo mexica había sido un imperio y la guerra de conquista no había determinado un triunfo total, sino que obligó a los españoles a realizar pactos y negociaciones, dentro de lo cual también debieron integrar a otros pueblos indígenas que eran sus aliados por ser enemigos de los mexicas. Esto determinó que la nueva sociedad altamente compleja que surgió en el siglo XVI en México se integrase con elementos sincréticos, siendo uno de los más relevantes el de las significaciones de la muerte. En Guatemala no es que no hayan ocurrido procesos similares, pero la situación del establecimiento del régimen colonial tuvo sus diferencias respecto al del Virreinato de México, constituyéndose una clase dominante que al entrar en competencia con la virreinal, y al mismo tiempo por las condiciones étnicas, políticas y socioeconómicas particulares del territorio, frenó muchas veces los consensos y fue la Iglesia la que los procuró y logró, pero no necesariamente en la capital del Reino sino en otros lugares específicos. Mientras que en el Virreinato de México, la antigua Tenochtitlan, convertida en la capital de la Nueva España, los consensos se manifestaron de forma directa, la Ciudad de Santiago de Guatemala, fundada a conveniencia en territorio kaqchikel y luego trasladada dos veces en un lapso de 19 años (1524-1543) se mantuvo con una hegemonía española y criolla más coercitiva, limitándose a los pueblos indígenas en sus rituales dentro de sus circunscripciones territoriales permitidas como pueblos de indios tributarios. En la capital virreinal de México, en cambio, la dinámica potente del sincretismo en la lucha y resistencia indígena de lo que había sido el poderoso imperio mexica y del que quedaba aún mucho, determinó pactos y negociaciones que los españoles no pudieron eludir, generándose así un profundo sincretismo que, en el tema de la muerte, como en otros, amalgamó los símbolos que hoy se expresan con amplia riqueza cultural.
Luego de la retroalimentación de esta primera parte de la columna anterior, expongo las reflexiones para esta segunda parte.
La capital de México ha estado en el mismo lugar, mientras que la del Reino de Guatemala tuvo cuatro asentamientos. La condición de Tenochtitlan como centro del imperio mexica y la existencia de los pueblos indígenas que fueron sus tributarios, determinaron que la colonización española en México tuviese importantes particularidades respecto a Guatemala. No es que en México no se aplicase un sistema de castas, pero las condiciones de lo que había sido el espacio del imperio mexica generaron otras relaciones interculturales que no se dieron en Guatemala, lo que tampoco significa que los sincretismos y ciertos consensos no se hayan dado. Sin embargo, la Ciudad de Santiago en Panchoy se definió con una marcada distribución demográfica que colocó a las castas principales, es decir españoles y criollos, al centro, mientras que los pueblos indígenas quedaron establecidos en los márgenes, constituyendo los llamados pueblos de indios tributarios a través del racismo segregacionista,y que hoy son municipios o aldeas de Sacatepéquez y de la Antigua Guatemala, según sea el caso. En el Virreinato de Nueva España, la condición del México-Tenochtitlan obligó al régimen colonial, no obstante había racismo, a la aplicación de profundos consensos con los indígenas, generándose así un mestizaje cultural en sincretismos que se convirtieron en estructuras de larga duración hasta la actualidad. Aunque varios sectores españoles y criollos de México buscaron eludir lo sincrético e incluso negarlo, la potente dinámica de la realidad sociocultural fue indetenible. En Guatemala, la clase dominante criolla marcó los límites con más severidad. No puede hablarse de una integración de los pueblos indígenas a la hegemonía cultural de la colonia, aunque se defendiera la pureza de sangre indígena en algunos procesos. Las condiciones de la invasión y la llamada conquista española en Guatemala se dieron con particularidades que permitieron a los colonizadores construir un régimen más cerrado, lo cual se reflejó en las expresiones culturales.
A todo esto, debe sumarse el último traslado de la capital del Reino de Guatemala, en 1776, al cuarto y último de sus asentamientos: el Valle de la Virgen o de la Ermita, que es el lugar actual de la Ciudad de Guatemala, denominada todavía durante la colonia como Nueva Guatemala de la Asunción. El traslado de los pueblos de indígenas tributarios fue lento, problemático y penoso, permaneciendo incluso varios pobladores en Panchoy. Esto determinó que hubiese fragmentación en el tejido social indígena, más de la que había impuesto el régimen. En la Nueva Guatemala tampoco se integró a los indígenas al centro de la ciudad, permaneciendo como pueblos a los márgenes para que cumplieran con sus tareas de trabajo y de tributos. De esa cuenta, las manifestaciones culturales como conmemoraciones y celebraciones en la capital mantuvieron las características criollas y mestizas, lo que sería heredado más adelante en el siglo XIX durante la época republicana. Como un ejemplo de esto puede mencionarse que para las fiestas de la patrona de la Nueva Guatemala, la Virgen de la Asunción, existían dos celebraciones diferenciadas: la del centralismo criollo que se hacía en la Plaza Mayor y la Catedral Metropolitana, y la del pueblo de indígenas de Jocotenango, ubicado después del límite norte de la ciudad, que es la actual zona 2. La primera se trataba de una celebración con las restricciones propias del control eclesial, mientras que la segunda era la fiesta popular, con la dinámica de la riqueza dada por las relaciones interculturales y los sincretismos. El pueblo e inclusive algunos miembros de los grupos de poder preferían esta, pero el sistema dominante procuraba que la hegemonía estuviera en la de Catedral.

La situación de los pueblos indígenas empeoró con la llegada del segundo liberalismo al poder del Estado de Guatemala, en 1871. El gobierno de Justo Rufino Barrios, en nombre del orden y del progreso, emitió decretos que destruyeron los lugares de las poblaciones, impulsando la ladinización de la ciudad. Los antiguos pueblos indígenas perdieron sus títulos de propiedad comunitarios en la capital de Guatemala, siendo forzados a trasladarse a lugares muy distantes y convertirse en fuerza de trabajo forzada en las fincas. Aunque muchos de los elementos culturales indígenas permanecieron para expresiones culturales en días de conmemoraciones y celebraciones, su presencia fue menor que en México. Por ello es por lo que las manifestaciones indígenas de las fechas en que se conmemora a los muertos en Guatemala se observan con amplia riqueza en sus poblaciones y territorios específicos, pero no en la capital. Esto no quiere decir, como lo señalé líneas arriba, que no existan elementos simbólicos indígenas el 1 y el 2 de noviembre en la Ciudad de Guatemala. Sin embargo, no se presentan con la fuerza que tienen en la capital mexicana. En ella se logran sentir profundamente los impetuosos componentes de las culturas en altas dinámicas que se contraponen y al mismo tiempo se integran en la historia de la Ciudad de México y del país entero. No hay lugar que no tenga la ofrenda, por pequeña que sea, para los muertos. La combinación sincrética de elementos indígenas y occidentales está siempre presente. México se reviste de la dialéctica, o sea de la lucha y de la unificación de contrarios, con una gala histórica para el Día de Muertos, o mejor dicho para la temporada de conmemorar y celebrar a los muertos. En la capital de Guatemala prevalece la sobriedad como producto de la hegemonía criolla y ladina, que en muchas expresiones socioculturales y políticas ha marginado lo más que ha podido a lo indígena. Esto también debe verse como racismo; un racismo normalizado porque la mayor parte de las personas ni siquiera se lo cuestiona en estas celebraciones, sino que da por sentado que en la Ciudad de Guatemala las cosas son como son y en los pueblos indígenas son distintas.
No estoy pretendiendo decir con esto de que en México ya no existe el racismo, pero las relaciones interculturales definidas por las condiciones que a su vez establecieron su historia, han permitido que los sincretismos se acepten y se valoren con hondo respeto por parte de quienes pueblan una ciudad compleja como la capital mexicana. La temporada de conmemorar y homenajear a los muertos lo evidencia. Sólo el hecho de que sea regular que se considere que los muertos llegan a visitar el 1 y el 2 de noviembre, incluyendo a los animales que fueron feliz compañía, es una muestra de que las ideas cristianas sobre la muerte no poseen el dominio en las creencias e imaginarios del pueblo. Esto se observa en todas las clases sociales de la Ciudad de México, siendo minorías quienes no aceptan estas creencias que son fruto del sincretismo y que, por lo tanto, pertenecen a los fundamentos de la cultura popular. Edificios públicos, casas de todas las condiciones, plazas, parques, comercios, universidades, escuelas y hasta iglesias son adornados con los símbolos del Día de Muertos. Mis ojos vieron recientemente en la última vista que realicé a la Ciudad de México a fines de este octubre, una bella ofrenda con las tradicionales calaveras en el templo de San Francisco, en pleno centro de la Ciudad de México, en la concurrida calle Madero. Se escenificaban actos que realizan los frailes franciscanos, vestidas las calaveras como ellos: confesando, compartiendo una mesa con pan y vino, y una de ellas en el altar mayor emulando dar misa. En la Ciudad de Guatemala esto sería impensable y posiblemente generaría un escándalo.
Si bien existe colorido en los cementerios de la Ciudad de Guatemala y los platillos del fiambre rojo, blanco y verde (este último más reciente) le otorgan a la capital guatemalteca varias expresiones sincréticas, el sentido criollo y ladino prevalece en la capital de este país para conmemorar a los muertos en sus fechas de octubre y noviembre. Con marcada diferencia, la Ciudad de México expone los sincretismos con la explosión de la historia que a la vez es oleaje, ya que a la vuelta de una esquina se encuentra otra ofrenda y luego otra y otra y otra, con la mayoritaria aceptación de un pueblo que se reencuentra en una de las épocas más significativas para los territorios mesoamericanos. La diferencia que demuestra Guatemala es que la separación indígena-ladino está vigente, aunque las relaciones interculturales encuentren más cauces en la actualidad. Sin embargo, en la celebración del Día de Muertos se denota la división. Esto, por supuesto, no significa que los sincretismos y los mestizajes en muchas expresiones culturales no se den, como gota constante de resistencia. Sirvan estas breves reflexiones como aporte a los debates para la región mesoamericana.
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