¿Es lo mismo lo verdadero y lo real…?

Una consideración verdadera acerca del mundo basada en registros documentales provee conocimientos sólo sobre una porción muy pequeña de las cosas, pero el resto, que es lo real, queda olvidado.

Rogelio Salazar de León

octubre 5, 2025 - Actualizado octubre 4, 2025

Aristóteles recomendaba no oponer historia y poesía, más bien, recomendó su complementariedad.

¿Cuántos libros de historia se habrán escrito sobre algunos hechos y acontecimientos muy conocidos y renombrados?

Si se piensa, por ejemplo, en el descubrimiento de América, en la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos, en el desembarco en Normandía de las fuerzas aliadas o en la catástrofe humana de Auswichtz o, para ir a lo nuestro, si se piensa en la brutal eliminación del obispo Juan Gerardi; sin duda, son muchas las páginas y la tinta que se ha gastado, una y otra vez, para dar cuenta de acontecimientos como estos.

Puede ser relativamente fácil hacer a un lado los libros escritos con una intención determinada, ya sea la de enaltecer o la de reducir la importancia del suceso o de su significación; pero, aun así, si se eliminan estos van a quedar muchos estudios que han pretendido ser hechos con objetividad o, por decirlo de la forma más sencilla, hechos con apego a la realidad, en este caso, a estos últimos…

¿Qué los distingue…? ¿qué los hace diferentes…? Puede que sea un nuevo ingrediente, la aparición de algo nuevo que antes no se conocía, o bien, la desclasificación de algún elemento que se ha mantenido secreto para proteger algún interés. Desde luego, que todo eso es válido y capaz de justificar la vuelta sobre algún asunto.

Aristóteles, cuando se ocupó de estos asuntos en sus estudios de retórica y poética subrayó la importancia de no oponer historia y poesía, más bien, recomendó su complementariedad, apegando ambas a la filosofía, en un vehemente esfuerzo por presentar, imaginar y pensar la realidad temporal del mundo.

Modernamente las cosas se han entendido de forma diferente, separando de forma radical lo verdadero de lo real, porque los métodos de la ciencia han orientado la verdad de forma exclusiva hacia lo que puede ser comprobado, lo cual ha sido adoptado, en una actitud extrema, incluso, por las ciencias que estudian al ser humano y a su voluntad, las llamadas humanidades, en donde es más importante y, también, más presente lo real que lo verdadero, y en donde los métodos de la demostración y la comprobación rara vez operan y se cumplen.

La mayor justificación para que la ciencia humana abandone los hábitos de la ciencia moderna y las fijaciones por la comprobación y por lo verdadero, bien pueden ser las que han argumentadas y ejercidas por el académico francés Michel de Certeau, quien ha comenzado por no oponer ni disociar la historia y la literatura y, en seguida ha continuado por afirmar que la ficción es el otro reprimido del discurso histórico, justamente, porque el discurso histórico se deja influir por lo verdadero, mientras el discurso ficcional es influido por lo real.

Michel de Certeau afirmaba que la ficción es «el otro» reprimido de la historia.

Esa postura de Michel de Certeau, al no disociar historia y literatura y, en consecuencia, considerar a la ficción como el otro reprimido del discurso histórico fácilmente pudo encontrar su inspiración en la enseñanza de Jacques Lacan quien, por esos años, en Francia renovó el discurso psicoanalítico freudiano, en su prestigioso seminario.

Una consideración verdadera acerca del mundo basada en registros documentales provee conocimientos sólo sobre una porción muy pequeña de las cosas, pero el resto, que es lo real, queda olvidado, abandonado, dejado de lado, como si lo que se hubiera hecho fuera una extirpación quirúrgica.

Michel de Certeau continúa afirmando que, el retorno del otro reprimido al discurso sobre el tiempo pasado, crea lo que él llama “el simulacrum”, representado por la novela que, según de Certeau, es lo que la historia se niega a ser.

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