Zafar bulto

La convivencia en comunidad requiere establecer acuerdos que nos permitan llevar a cabo nuestras tareas de manera armónica, para el buen funcionamiento de la vida.

Ana Cofiño

abril 6, 2025 - Actualizado abril 5, 2025

Ando toda catarrienta y sin pilas, pretexto suficiente para enviarle un mensaje a la editora y zafar bulto de la columna semanal en ePi. Pero mi conciencia es menos indulgente y aquí estoy, pariendo otro artículo, literalmente, porque escribir es un proceso que lleva tiempo de gestación y trabajo de alumbramiento. En días como hoy, requiere un doble esfuerzo: uno para vencer el desánimo y dos, para hacer algo bien.

A propósito de ‘zafar bulto’, sinónimo de hacerse el quite o la brocha, o incumplir, es una conducta con la que topamos a menudo, desgraciadamente, en este país. Una actitud bien chapina que se ha normalizado, como si fuera una gracia quedar mal. Costumbre deleznable que bien podíamos tirar al tacho de la basura, si queremos prosperar.

No todas las costumbres y creencias que heredamos y que repetimos son provechosas o contribuyen al bien común. Al contrario, hay prácticas culturales que tienen el fin de someter, acallar o dañar. Otras, además, dejan huellas de destrucción imborrables. Pero en nombre de religiones o ideologías, se siguen repitiendo acciones que en nada contribuyen al mejoramiento de las condiciones de vida de la gente. Ejemplos para ilustrar lo que digo, sobran, pero, por mucho que se fundamente y compruebe los daños que provocan, topan con el muro de la costumbre, supuestamente sagrada e inquebrantable.

Las costumbres, como las filosofías y las ciencias, se transforman porque son producto humano y la sociedad cambia a través del tiempo y el espacio. Nada es eterno, todo se transforma. El pensamiento crítico, inconforme con los mandatos y las verdades absolutas, observa y analiza, para actuar y promover cambios que superen los obstáculos para el conocimiento y el avance de las personas hacia vidas plenas.

La convivencia en comunidad requiere establecer acuerdos que nos permitan llevar a cabo nuestras tareas de manera armónica, para el buen funcionamiento de la vida. Las normas, las leyes, las reglas son herramientas construidas socialmente para contar con referentes que nos faciliten compartir espacios, recursos, tiempos. La vida en las ciudades, por ejemplo, exige que existan servicios, infraestructura y autoridades que coordinen a la población. Sin todo ese aparato, la urbe es inhabitable. Como ya saben cuál…

En Guatemala se ha implantado una cultura dominante de raíces coloniales, basada en el racismo, que se expresa en el menosprecio hacia los pueblos originarios. Quienes históricamente abanderan esa ideología, dueños del poder económico y político, generan modelos ideales de la guatemalidad a través de los medios de comunicación, la educación, las iglesias, la familia, las empresas, y un largo etcétera. Desde allí promueven la sumisión de las mujeres, la tolerancia a los abusos de los patronos, la ignorancia de la juventud, el silencio, la arrogancia, la apatía. Una mezcla terrible de sentimientos y comportamientos odiosos, nada constructivos.

Al mismo tiempo, por fortuna, existen contraculturas vitalistas que, desde los márgenes, las clases subalternas, desde los grupos disidentes, se posicionan y actúan en concordancia para interrogar los dogmas, para desenmascarar los engaños, para plantear otras alternativas. Feministas de diversas tendencias, promueven deconstruir las formas patriarcales de relacionarnos, detener el ecocidio, defender nuestros cuerpos y territorios para construir comunidades de bienestar, Utopías, el Edén en la Tierra. A lo largo de la historia, encontramos rebeldías ante la esclavitud y la explotación, así como organizaciones comunitarias colaborativas. Esa cultura es la que usualmente se ha opuesto a las guerras y que clama hoy como antes, por Justicia, Libertad, Paz.

Promover una cultura de violencia, a través de imágenes, de música, de penitencias y otros rituales, se ha asumido como rasgo de identidad nacional. La culpa, la hipocresía y la mediocridad fructifican en el suelo fértil de las creencias impuestas desde el nacimiento, ofreciendo la resignación como vía para alcanzar el cielo.

Hoy que el mundo está amenazado por la voracidad de un sistema absurdo que privilegia a muy pocos a costa de muy muchos, que destruye los bienes naturales necesarios para la vida, que se burla de la gente con sus mentiras e insultos, es momento de posicionarnos, ubicarnos políticamente y trabajar por lo que soñamos como posibilidad de bienestar.

Es evidente que, si no hacemos algo por evitar la catástrofe que se vislumbra, seremos víctimas pasivas de algo que todavía podemos evitar. El daño provocado al planeta se puede detener, el cuidado, la recuperación, la restauración de los ecosistemas son urgentes y necesarios. Las guerras

-comerciales, financieras, psicológicas, bioquímicas, armadas-, por el contrario, son un negocio letal.

Acostumbrémonos, entonces, a considerar las necesidades del prójimo, a respetar a los seres no humanos, a construir la armonía universal. Desde lo personal, individual, subjetivo, es imprescindible cuestionar si nuestras costumbres y creencias nos atan y oprimen, o si, por el contrario, nos liberan y hacen sentir dignas.

Asumir compromisos, hacernos responsables, tomar las riendas, son, ahora sí, actos de resistencia que pueden contribuir a organizarnos en la dirección correcta, es decir, hacia una vida de bienestar colectivo.

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