Son las doce de la noche con cuarenta y dos minutos. No sé muy bien sobre qué escribirles. Llevo todo el día sin bañarme y no puedo concentrarme porque estoy viendo Emily in Paris – espero que Emily se quede con Gabriel y que la serie termine con este último capítulo-. Mi departamento está lleno del zumbido del motor de la calefacción y la nariz me huele a cúrcuma y comino. La sopa de albóndigas de pollo me quedó rica y con respecto a la ensalada de garbanzos con yogurt, no sé, jeje, no soy experto en comida musulmana. Ahora, creo que no estaría tan tranquilo y escribiéndoles sobre mi día si no fuera porque después de un año desgraciado, cansado y ajetreado logré tener un mínimo de estabilidad financiera y de éxito profesional que le dieron esperanza a mi vida. Y, aunque aún no he logrado salir del hoyo, sí vivo en un agujero bonito y barato que comparto con mi mejor amigo desde hace diez años, Don Michi o El Gordo, y con mi esposa, nosotros tres somos mi familia. Las paredes son de un color gris triste, como las de la primera casa en la que viví en el centro, en la Ciudad de Guatemala, pero los rompecabezas con que las decoramos le dan vida y nos recuerdan nuestra felicidad infantil. Sin embargo, cuando el dinero nos hace falta o cuando el éxito se me escapa, me cuesta ver los adornos de las paredes y el miedo y el enojo me opacan la mirada.
Les comparto esta pequeña viñeta de mi vida porque a veces he sentido que estoy remando entre un mar negro y en medio de una noche oscura, y escribirles ha alumbrado mi camino. Aclararme la mirada y pensar en quienes pueden ser ustedes, qué contextos sienten relevantes y cómo les gustaría “oír” lo que escribo me ha ayudado a salir de mí mismo para encontrarlos a ustedes a medio camino. Y aunque mi comunión con ustedes, cuando pienso en qué escribirles, es imaginada, mi comunión con ustedes cuando están leyendo mis palabras y le están dando sonido a mi voz dentro de sus cabezas es muy real, es verdadera. Y esa importancia que ustedes le dan a mis palabras y que yo le doy a sus gustos e intereses nos recuerda que, en este mundo de inteligencias artificiales y distanciamientos sociales y políticos, todavía necesitamos quien se preocupe verdaderamente por nosotros como personas e individuos. Tanto ustedes como yo necesitamos quien le dé voz y respeto genuino a nuestros sufrimientos y tribulaciones a veces solitarias y a veces compartidas. No hay sufrimientos muy chicos, ni muy grandes. Nuestros dolores todos valen lo mismo.
También les pido perdón por mis excesos y errores este último año. Hasta este periodo me di cuenta de que la crítica despiadada no ayuda al alumno ni el corazón testarudo le sirve al amor. No es lo mismo un error que una infracción. El error del alumno se arregla con una buena explicación, con una práctica constante y con una mejora permanente de la acción. Humillar o castigar al alumno por sus errores le genera odio hacia el maestro y miedo a la acción. Más bien, la enseñanza paciente se convierte en un puente seguro entre su miedo y su valentía y el aliento amoroso reduce los riesgos que siente su corazón.
Entender no es lo mismo que aceptar. Comprender no es lo mismo que juzgar. La sabiduría no está en conocer que hizo mal el otro, sino en entenderlo, en saber por qué lo hizo así. El alumno prueba su hipótesis, el maestro entiende los resultados. Seamos lentos para juzgar y cuando juzguemos, pensemos si realmente estamos juzgando al otro o si en realidad nos estamos juzgando a nosotros mismos. Seamos suaves con nuestra propia dignidad, antes de darnos sentencia démonos mejor una palmada en la espalda. Tengámonos compasión y no vergüenza, seamos nuestro mejor amigo y no nuestro juez más severo. Además, ya que está mal ser juez y parte, entonces mejor estemos de nuestro lado.
Yo sé poco sobre la vida y no sé si lo que les digo es cierto. Al igual que muchas personas, las cosas que he aprendido me han servido en el pasado, pero para la mayoría de mis vivencias diarias o futuras, voy como el idiota: a ciegas, ignorante. Por eso lo que hoy les escribo no son enseñanzas, sino mis anhelos. Deseo una Guatemala mejor, pero para mí Guatemala no es un nombre ni un concepto abstracto ni un dibujo en un mapa, sino son cada uno de ustedes quienes, como yo, a momentos sufren y a veces gozan de la vida. Quiero lo mejor para ustedes y para mí también, y creo y quisiera creer -cómo Fox Mulder, I want to believe, ¡jejejé! – que el entendimiento, la compasión y el amor, sobre todo hacia quienes más nos cuesta tragar o perdonar, es la mejor forma de construir una vida feliz, con sentido y mejor.
No creo que todos debamos pensar igual. La diversidad bien administrada es fuente de innovación, creatividad y desarrollo. No creo que todos debamos perseguir los mismos intereses o ir hacia el mismo camino. Yo soy feliz en mi pobreza y cuando tuve dinero, no había billete que apagara mi soledad. No creo que todo lo que es bello deba ser consumido, a veces las cosas que causan éxtasis es mejor que sólo sean admiradas. No toda belleza y bondad debe tener un precio de entrada. Mi texto es el texto de un tonto, porque no tiene una idea coherente, hoy no soy un dios-narrador omnisciente, sino que voy tratando de medio coser cada palabra a como se me ocurre la siguiente. Mis queridos amigos, les deseo mucho amor en sus vidas, gracias por compartir este momento conmigo. ¡Felices fiestas de fin de año y Feliz Año Nuevo!
Tags: Año Nuevo compasión crítica despiadada diversidad Portada








