El mismo sábado que Barcelona acogía el acto de cierre de la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, miles de simpatizantes de la extrema derecha europea se concentraban frente al Duomo de Milán. El organizador, Matteo Salvini, vicepresidente del gobierno italiano de Giorgia Meloni, había bautizado el evento como «¡Sin miedo: en Europa, dueños de nuestro hogar!».
En el escenario, Jordan Bardella, favorito en los sondeos para las presidenciales francesas de 2027, y Geert Wilders, líder del partido más votado en los últimos comicios holandeses. «Nuestro pueblo, los habitantes originales de Europa, se ha visto azotado por un tsunami de inmigración masiva procedente en su mayoría de países islámicos», declaró Wilders. Un dispositivo policial separaba el mitin de otra manifestación de igual magnitud organizada por grupos antifascistas.
Los húngaros brillaron por su ausencia. Viktor Orbán, cofundador de los Patriotas por Europa, el tercer bloque más grande del Parlamento Europeo, había perdido las elecciones una semana antes tras dieciséis años en el poder. Salvini le dedicó un mensaje desde el escenario: «Querido Viktor, defendiste las fronteras. Continuemos todos juntos esta lucha.» Marine Le Pen ya había advertido que 2027 es un año «absolutamente fundamental», con elecciones en Francia, Italia, España y Polonia que darían a los posibles ganadores de extrema derecha «los medios para cambiar radicalmente el rumbo de la Unión Europea desde dentro».
Mientras tanto, en la Fira de Barcelona: salas con nombres de Angela Davis, Dolores Huerta, Hannah Arendt. Lula pide reformar la ONU «con urgencia». Sánchez llama a la acción. Más de 6,000 personas aplauden en el acto de cierre.
Y para la semana siguiente, otra reunión en Italia, esta sí rodeada de secretismo: Martin Sellner presentará su proyecto de «remigración» (el plan para deportar a inmigrantes no blancos y a sus descendientes independientemente de su ciudadanía o situación legal) ante 400 personas con entradas agotadas a 250 euros, acompañado por un ex diputado belga condenado por discursos racistas, de odio, nazis y negacionistas. Dos modelos distintos de la misma derecha radical. Uno llena plazas frente a catedrales. El otro planifica en secreto con entradas de pago.
La pregunta que no se formula en la Fira es la que estructura esta columna-reportaje: ¿está la izquierda global reunida donde necesita estar, hablando con quien necesita convencer?
La Global Progressive Mobilisation (GPM), promovida por la Internacional Socialista, el Partido de los Socialistas Europeos y la Alianza Progresista, se propone articular progresismos de continentes distintos. La lógica del aglutinamiento tiene sentido. Si la derecha radical opera en red, la izquierda global necesita su propia arquitectura de coordinación. Risa Hontiveros, senadora filipina, comparte panel con líderes europeos. El expresidente de Níger, Mahamadou Issoufou, encabeza la sesión sobre la Agenda 2063 de la Unión Africana. La arquitectura es global.
El mapa de quiénes asisten no coincide con el mapa de donde el problema es más urgente. En Chile, José Antonio Kast ganó la presidencia. En Argentina, Javier Milei gobierna desde 2023. En Italia, Francia, Eslovaquia, Austria y Alemania, los partidos de derecha radical crecen o ya gobiernan. En las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024, el detonante directo de esta serie de cumbres, crecieron exactamente en los países donde esta red tiene menos presencia.
El programa lo confirma por omisión. Italia aparece representada por Elly Schlein y Alemania por Tim Klüssendorf, secretario general del SPD. Ninguno encabeza un panel sobre por qué sus países están girando a la derecha. Están aquí para hablar de agenda progresista, no de las recientes derrotas progresistas. El votante de clase trabajadora en Marsella que vota a Le Pen, el propietario de un pequeño negocio en el norte de Italia que vota a Meloni, el obrero en Dresden que vota a la AfD: ninguno tiene representación en estas salas.
Gaza complica el cuadro de otra manera. Varios de los gobiernos representados en Barcelona han reconocido el Estado palestino o han criticado las operaciones militares israelíes, generando afinidades nuevas con gobiernos del sur global que antes operaban en órbitas distintas. Es uno de los pocos casos donde la fractura del orden liberal existente no beneficia a la derecha. Pero esa conversación no tiene panel propio en el programa. Aparece en los márgenes, en lo que no se dice en las salas con nombres de mujeres que cambiaron la historia.
En la GPM, Lula cerró el acto con una declaración sobre coherencia: dijo que debe ser «el primer mandamiento para los progresistas». Minutos antes había gritado al Consejo de Seguridad que parara «esa locura de guerra» en Oriente Medio. Es la intervención más directa de la cumbre, con destinatario nombrado y demanda concreta.
Pero mientras Lula hablaba de coherencia en Barcelona, a dos horas de vuelo, María Corina Machado recorría Madrid con una agenda que resumía la otra mitad del mapa político: Feijóo, Abascal, Ayuso, la llave de oro del ayuntamiento, un mitin masivo a la colonia venezolana. Cuando los periodistas le preguntaron por qué no se había reunido con Sánchez, respondió con una sola frase: «Las declaraciones de Barcelona confirman que ese encuentro no debía hacerse.» Y remató con la pregunta que ningún panel de la Fira formuló: «Para detectar a unos y a otros, solo pregúnteles cuándo deben celebrarse las elecciones en Venezuela.»
Es una pregunta con trampa. Machado coordina con Estados Unidos su propio retorno político y su agenda madrileña es tanto una operación opositora como una operación de la derecha española. Pero la contradicción que señala es real. Lula y Petro reconocieron a Delcy Rodríguez en los márgenes de la cumbre. Una cumbre sobre defensa de la democracia global cuyos protagonistas mantienen relaciones con un gobierno cuya legitimidad electoral está en disputa.
La respuesta progresista honesta no es ignorar esa pregunta ni adoptarla. Es sostener dos cosas a la vez: que el gobierno de Maduro no es democrático y que Machado se reúne con Abascal, de credenciales democráticas sospechosas. Que ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. Esa capacidad de sostener contradicciones sin resolverlas artificialmente es, también, un mandamiento de coherencia.
Para la ultraderecha europea, la derrota de Orbán es una señal. Pero su ausencia en Milán no debilitó el mitin: Salvini le dedicó un mensaje desde el escenario y siguió adelante. Le Pen tiene la vista puesta en 2027. Bardella llenó la plaza frente al Duomo. La red seguirá funcionando con o sin Orbán.
Una cumbre que termina con una propuesta simbólica (que una mujer lidere la ONU, sin mecanismo político detrás) en un país gobernado por la izquierda, con participantes que en su mayoría ya comparten el diagnóstico: eso es un ecosistema que se fortalece a sí mismo sin necesariamente expandirse.
Los 6,000 asistentes en Barcelona son reales. Pero también lo son los miles frente al Duomo en Milán, con Bardella en el escenario y Le Pen marcando 2027 en el calendario.
El verdadero test de Barcelona no es lo que se dijo en la Fira. Es si los partidos representados allí pueden distinguir entre Bardella llenando plazas y Sellner planificando deportaciones raciales en secreto, y responder a cada uno con herramientas distintas.
En Milán, la plaza estaba llena. En Barcelona, la Fira también. Cada uno convenció a los suyos.
Ese es exactamente el problema. Y también, hay que decirlo, el punto de partida.
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