El marqués de Sade dedicó su obra literaria a mostrar, entre otras cosas, que uno de los mayores placeres que sienten los seres humanos es el de matar a sus semejantes. En Las 120 jornadas en Sodoma, por ejemplo, nos presenta a dos de sus personajes principales, a dos de los personajes poderosos que organizaron estas jornadas de libertinaje absoluto, el duque de Blangis dueño del castillo de Shilling donde se celebran las jornadas, y al banquero Durcet como personas que disfrutaron matando alguna vez a sus madres y esposas.
Para Sade el placer es la única experiencia que tiene sentido para los seres humanos; todos los medios y procedimientos son válidos para alcanzarlo, inclusive el crimen. Pues cuando un hombre mata a otro tiene la posibilidad de vivir una intensa emoción placentera. Y entre mayor sea el daño y la destrucción que haga de la vida de otro u otros, mayor será el placer que obtenga. Para él, esta es la ley natural fundamental de la existencia de los seres humanos, la ley que ordena y preside todos sus actos. Por eso, George Bataille no dudó en calificar la obra de Sade en su libro sobre el erotismo como “una apología del crimen”.
En efecto, existen individuos o grupos de individuos que sienten placer, o mejor, satisfacción, en matar o en ver matar. Pero esta satisfacción no es, en general, de carácter natural u original, como lo supone Sade. Ciertamente somos “animales de presa”, seres que matamos de modo sistemático a otros animales para alimentarnos con su carne. Y, además, como una variedad de especies de animales mamíferos de las que provenimos evolutivamente, como las pequeñas suricatas, los caballos salvajes, las gacelas, los venados y las ardillas entre otros, los seres humanos se matan entre sí con mucha frecuencia. Pues han heredado en gran parte de estas especies este impulso de matarse entre sí.
Sin embargo, muy pronto los hombres se dieron cuenta que la existencia de este impulso, era muy problemático para mantener la vida en común o social en el que desarrollaban las condiciones básicas de esa vida en la medida en que la ponía en peligro. Se propusieron, entonces, limitarlo y restringirlo, controlar su fuerza, mediante el establecimiento de mandatos normativos culturales que se dieron. Es decir, se dieron la orden de prohibirse el cumplimiento de este impulso. Prohibición que fue claramente expresada por Moisés, uno de los fundadores de la religión judía, en el primer mandamiento del decálogo de leyes o normas que los seres humanos deben obedecer y respetar, y que le atribuyó a su Dios Yahvé: el mandamiento de no matar.
Ahora bien, si bien los seres humanos llevan en su naturaleza la herencia en ciertos mamíferos que los impulsan a cometer crímenes, como acabamos de señalar, no existen evidencias que esos animales sientan placer o satisfacción al cometerlos hasta donde mis conocimientos alcanzan. Si esto es así, el sentimiento de placer que experimentan algunos al matar es en este caso exclusivamente humano. Entonces, se hace pertinente la pregunta ¿Por qué algunas personas que cometen crímenes sienten placer y satisfacción al cometerlos?
La primera respuesta aceptada desde hace tiempo por la comunidad científica de expertos es la de que esas personas sufren un grave daño o trastorno psíquico, una psicopatía. Es decir, sufren una severa patología mental que los convierte no solo en seres anormales, ajenos o extraños a la inmensa mayoría del resto de los humanos, sino sobre todo en personas supremamente peligrosas. Son personas que disfrutan matando a otras porque sienten que así consiguen y afirman un dominio completo sobre sus víctimas, que se convierten en los dueños soberanos de sus vidas y sus muertes. Y, por supuesto, porque, además, no sienten ninguna empatía con los demás, en especial, con las víctimas que eligen.
Pero, esta respuesta no explica el hecho más grave de que muchos de los seres humanos considerados normales, es decir, que no sufren esta patología, en determinadas circunstancias son capaces de matar otros, de cometer crímenes, y, además, sentir satisfacción al cometerlos.
Esta transformación de seres humanos normales que sienten empatía y compasión en personas que matan, y, que, sienten placer y satisfacción al hacerlo se debe a un factor fundamental. Al hecho que consideran a sus víctimas o sus potenciales víctimas como enemigos reales que les hacen, o se proponen hacerles, un grave daño. Y al matarlo o matarlos hacen desaparecer de la realidad ese enemigo que le ha hecho daño, que ha matado a un familiar o ser querido, o que se propone hacerlo. Es decir, se liberan de ese enemigo dañino y mortal. Liberación que les proporciona satisfacción o placer porque sienten que ese acto criminal ha sido justo y necesario para proteger su vida o para vengar el crimen que cometió contra un ser querido o familiar. Pues, es natural que una persona que ve o sienta que se hace justicia con respecto a sí mismo o alguien querido sienta alivio y satisfacción.
Entonces, a cualquier persona común y corriente que ha sido víctima de un grave daño, del asesinato de un ser querido, le surge el deseo “natural” de matar o hacerle un daño semejante a quien lo hizo. Y siente que al hacerlo realiza un acto de justicia, que provoca una pérdida esencial en quien le provocó una igual. Al sentir que ha realizado un acto justo, siente la satisfacción de haberlo hecho. Pues es también muy natural que los seres humanos se sientan satisfechos y contentos cuando realizan actos justos.
Sin embargo, como sabe bien, esta respuesta vengativa encierra un grave problema: el que provoca una nueva respuesta vengativa de quien o quienes eran familiares de la nueva víctima o víctimas. Con lo que se desencadenan sucesivamente un conjunto de actos violentos por los que muy probablemente morirán todos los vengadores. Como es también ampliamente sabido, en la historia occidental, fue Jesús, quien comprendió con claridad este grave problema para la coexistencia de los seres humanos, para su existencia social en común. Y por eso consideró y predicó la necesidad que todos tienen en renunciar a este deseo casi natural de venganza, aprendiendo a perdonar a quien o quienes han matado o hecho daño a un ser querido.
Pero, este mensaje moral indudablemente importante solo puede tener plena validez para las víctimas si los órganos estatales de justicia procesen al criminal, y lo condenen a recibir una sanción penal con la privación de la libertad. Es decir, si ven y constatan que el criminal pierde en su vida algo de parecido valor al valor supremo de la vida de los seres queridos que arrebataron con sus crímenes. Y, la perdida de la libertad, el mayor valor después del de la vida, durante un largo tiempo en una cárcel, es aceptada en general, como la respuesta justa y correcta a ese acto. De ahí que este mensaje de Jesús normativo valioso, es, no obstante, insuficiente. Pues mientras el autor del crimen no reciba ese castigo penal de las autoridades, seguirá vivo en el interior de las víctimas el deseo de vengarse, por lo menos, de que sufra la muerte o un daño grave.
El caso de muchos miembros de las bandas armadas de los conservadores y liberales durante la época de la llamada Violencia de Colombia en los años 50 muestra bien este grave problema. La inmensa mayoría de ellos eran creyentes católicos, es decir, creyentes en la salvación eterna después de sus muertes, y también en el mandato moral de Moisés de no matar, y en la petición de Jesús de renunciar a la venganza. Sin embargo, la creencia en la validez normativa de estos mensajes morales no les impidió violarlos y desconocerlos de plano. Y los violaron porque muchos campesinos conservadores, alentados por los discursos de dirigentes como Laureano Gómez, consideraban que los liberales eran ateos y filo-comunistas, y, por lo tanto, enemigos declarados de Dios. Y, como los conservadores eran los abanderados y defensores incondicionales de la fe católica en el país, eran también sus mayores enemigos.
Apoyados, entonces, por el gobierno conservador que había ganado en las elecciones de 1946, decidieron organizar grupos armados en diferentes regiones del país para matar a campesinos liberales que estaban desarmados y viviendo y trabajando en paz en sus tierras. Y al matarlos, seguramente sintieron la satisfacción del “deber cumplido”, la de eliminar a los enemigos que querían suprimir de la vida de todos los colombianos la presencia y vigencia de la religión católica en la que creían suprema y verdadera.
Pero, como los campesinos liberales, muchos de ellos también creyentes católicos, organizaron al poco tiempo bandas armadas para vengar a sus muertos, se inició una sucesión interminable de actos violentos mortales entre esas bandas que duraron 10 años, dejando un trágico saldo de 200 mil muertos. Y, cada crimen que cometían contra sus enemigos, que generalmente eran personas civiles desarmadas, les daba la satisfacción de haber cometido un acto justo y necesario. Un acto por el que unos creían que libraban al país de los enemigos de Dios, haciéndole un bien. Y, por el que los otros, sentían, que al matar a campesinos conservadores vengaban con justicia a los partidarios políticos o familiares de quienes les habían asesinado un familiar indefenso.
Además, estos grupos de campesinos armados conservadores y liberales no se conformaron con matar a sus enemigos civiles y desarmados. En muchas ocasiones completaron sus crímenes mutilando los cuerpos muertos de sus víctimas. Acto que les daba con seguridad también una satisfacción o placer adicional en tanto confirmaban así el dominio total que habían adquirido sobre sus enemigos al matarlos. Alterar o modificar la posición de los órganos de esos cuerpos muertos era una manera, ciertamente macabra, de demostrarse a sí mismos el poder absoluto que habían adquirido sobre ellos. Y, los mutilaron, además, porque así se aseguraban, como creyentes católicos que eran, que no tuvieran la posibilidad de resucitar para vengarse después, matándolos.
Y, en los tiempos recientes, los grupos paramilitares que surgieron en la década de los años 80 en el país también obraron de manera semejante. Se comenzaron a organizar en la década de los años 80 del siglo pasado por iniciativa de terratenientes, comerciantes ricos del campo, políticos, miembros de las fuerzas armadas y grupos de narcotraficantes, con el objetivo de eliminar a todos los civiles, sobre todo en los campos, que apoyaran de una u otra manera a los grupos guerrilleros, en especial al más poderoso de las FARC. Grupos que se declaraban enemigos del Estado, y, que, a su vez, el Estado y, sobre todo amplios sectores de la sociedad los consideraban también enemigos peligrosos e indeseables porque hacían atentados contra la población civil, secuestraban policías, militares y civiles en condiciones muy precarias de vida, asesinaban a políticos como los diputados de la Asamblea del Valle del Cauca, le quitaban la vida a campesinos que consideraban sus enemigos activos porque ayudaban con información a sus enemigos del ejército, etc.
Estas violaciones de los derechos humanos que cometían estos grupos armados guerrilleros fue la razón con la que los paramilitares justificaron su existencia y sus acciones criminales contra muchos civiles. Se dieron el “derecho” de matar a todos los que consideraban que amigos o partidarios civiles de estos grupos armados insurgentes precisamente porque al ser sus amigos se convertían automáticamente en sus enemigos, así no realizaran ninguna actividad para apoyarlos o favorecerlos.
Así fue como exterminaron en movimiento político de la Unión Patriótica en pocos años desde mediados de los años 80 hasta comienzos de los 90 asesinando a más de 6 mil de sus miembros y dirigentes. Pues como había surgido como una propuesta de las FARC al calor de las negociaciones de paz que llevaron a cabo con el gobierno del presidente Belisario Betancurt –negociaciones que fracasaron-, estaban convencidos que era un movimiento político legal de las propias FARC. Y aunque este no fue el caso porque sus dirigentes se empeñaron por alejarse de este grupo guerrillero, fue esa convicción de los grupos paramilitares la que los empujo a exterminarlo.
Y, como lo hicieron en el pasado los grupos armados conservadores y liberales, los paramilitares mutilaron en muchísimas ocasiones a sus víctimas. Pero, no usando el machete sino las motosierras. Instrumentos naturales de trabajo los dos, una más “primitivo” y el otro más moderno, que convirtieron en armas macabras para destrozar y despedazar los cuerpos muertos de sus “enemigos”, que fueron en realidad siempre personas civiles y desarmadas que no constituían ninguna amenaza real para sus existencias. Y al hacerlo, los paramilitares sintieron lo mismo que sus “maestros” y antecesores liberales y conservadores armados, un gran placer. Pues, sentían que los mataban y destruían de modo definitivo e irreversible, que nunca más podrían volver a la vida que ser sus enemigos peligrosos e indeseados.
E, incluso, muchos miembros de la sociedad que odiaban a estos grupos guerrilleros porque los consideraban como sus grandes enemigos, también sintieron en privado satisfacción al enterarse de sus muertes. Ahí, aprobaron con agrado sus muertes porque estaban convencidos que se la merecían en justicia por hacer parte o apoyar a estas organizaciones guerrilleras enemigas.
Un fenómeno semejante podemos observar ahora entre los dirigentes sionistas del Estado de Israel, entre muchos miembros de la población de su país y de la comunidad judía internacional. Sienten un placer y satisfacción que muchas veces no disimulan cuando, por ejemplo, miembros de su ejército se divierten con juguetes u objetos de los palestinos de la franja de Gaza que han asesinado lo celebran haciéndose fotografía que reparten a sus seguidores en las redes sociales. Y, sobre todo, cuando sus dirigentes políticos y militares ven la eficacia de sus bombardeos diarios que realiza su ejército ocasionando la destrucción de edificios de vivienda, de hospitales, de escuelas, de centros de refugiados y de miles de muertes civiles, entre ellos niños y mujeres. Ver destruidos los lugares y establecimientos físicos donde transcurren sus vidas y sus vidas mismas les da un placer y satisfacción que muchas veces no disimulan.
Este placer que sienten al matar o ver matar a palestinos civiles inocentes, en su gran mayoría niños y mujeres, los brota por el hecho creer ciegamente que su presencia en esas tierras que habitan hace miles de años, no les pertenecen. Es un pueblo que les ha usurpado ilegítimamente esas tierras que les pertenecen desde tiempos bíblicos. Por eso ahora después de que han regresado y forjado su Estado en 1948, consideran que tienen el deber, y sobre todo el derecho, de recuperarlas en su totalidad, así sea a costa de hacer desaparecer a los palestinos, matándolos o expulsándolos. Un derecho que no solo las da Yahvé su dios, al haberles prometido esas tierras a través del patriarca Abraham hace más de 3 mil años, sino también la ideología sionista creada por Theodor Herzl y otros intelectuales judíos en Europa a finales del siglo XIV, en la que creen firmemente, y que sostiene la necesidad de fundar un Estado nacional judío homogéneo, un Estado solo para los judíos en esas tierras palestinas.
De tal manera, que los gobernantes del Estado y la población sionista judía ven a los palestinos como sus enemigos mortales cuando se resisten usando la violencia al cumplimiento de este plan que están llevando a cabo. O, simplemente cuando se oponen en términos políticos y sociales a abandonar o renunciar a esa tierra que consideran con razón les pertenece porque han vivido en ella toda su vida desde su constitución como pueblo semita en la antigüedad. De ahí, que el solo hecho que los palestinos se opongan usando o no la violencia a este propósito sionista los convierte en enemigos irreconciliables.
Pero, lo que no quieren ver y reconocer los sionistas es que los palestinos actuales son los auténticos descendientes de los judíos que se quedaron viviendo en esas tierras después del éxodo que iniciaron muchos otros en ese año.
Judíos que siglos después se convirtieron a la religión musulmana debido a la poderosa campaña militar-religiosa emprendida por Mahoma a partir del siglo VII d.d.c., sus seguidores y sucesores por extender e imponer esta religión a los pueblos de toda la región.
Por eso, lo que está haciendo ahora el Estado judío sionista de Israel en Gaza, y también en Cisjordania, es matar masivamente y desplazar de sus tierras a los verdaderos descendientes de esos judíos originales que dicen ser y representar. Es decir, están matando y exterminando a miembros de su mismo pueblo. Este es un hecho inmensamente trágico, que, sin embargo, los gobernantes del Estado de Israel y una gran mayoría de judíos se niegan a ver y aceptar, como dijimos, porque sus mentes han quedado severamente dañadas y deformadas desde hace muchos años por el veneno ideológico sionista.
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