Asamblea General de la ONU. Foto: Wikipedia
El 30 de junio de 1936 en Ginebra, la Asamblea General de la Sociedad de Naciones recibía un fuerte mensaje del Emperador de Etiopía. Vestido con sus ropas tradicionales y en idioma amhárico, su lengua materna, solicitó el apoyo internacional ante la invasión italiana que su nación sufría. A pesar de su elocuencia y que fue aclamado por los presentes, la respuesta fue débil. Palabras y sanciones, para la nación del Duce, que en el terreno no lograron nada. Este episodio pasó a la posteridad como una de las últimas muestras del fracaso de esa organización. Las palabras del “Negus” pronto se convirtieron en un precoz obituario de ese ensayo diplomático.
EL emperador etíope, con sus palabras, alertaba sobre el peligro del fascismo. Pero lo que no dijo, con su silencio, evidenció la inoperancia del organismo internacional para cumplir con su mandato. En ese momento era su milenario país el que padecía. Pero de no actuar pronto, advertía, sería todo el mundo quien sufriría las consecuencias. El vaticinio apocalíptico tardó menos de cuatro años en cumplirse. En 1939 la Segunda Guerra Mundial estallaba y con ella su cauda fatal. Todo esto ante la impotencia del órgano internacional.
La Sociedad de Naciones fue un ensayo diplomático derivado de la propuesta de Catorce Puntos del presidente Woodrow Wilson. Con los efectos devastadores de la Primera Guerra Mundial aun frescos, se buscaban alternativas diplomáticas con miras a evitar otra masacre global. El balance de sus resultados, en casi un cuarto de siglo, fue pobre. Antes del fracaso etíope también lo había hecho ante la invasión japonesa a China en 1931. A su vez, tampoco pudo evitar la expansión de la Alemania Nazi en Europa central.
La pregunta lógica que surge es ¿por qué fracasó este sistema de nobles intenciones? Las respuestas son múltiples, pero se puede decir que pese a montar un entramado normativo, diplomático y de principios ambicioso, las grandes potencias del momento (Francia y Reino Unido) no cumplieron. Además, se creó una burocracia internacional lenta que no respondía a las necesidades ni a los cambios a los que se enfrentaba. En resumen, la falta de voluntad de las grandes naciones que nunca le proveyeron de la fuerza necesaria ocasionó que en muy corto plazo perdiera legitimidad.
El sistema internacional emanado de Breton Woods, materializado en la ONU, tomó nota de los límites que enfrentó la Sociedad de Naciones. Mejorando en buena medida el funcionamiento y agilizando sus mecanismos de acción. Manifestándose a través del derecho a veto, que, en el Concejo de Seguridad, tenían los vencedores aliados en 1945. Esto volvía a darle un estatus de ventaja a estos estados sobre el resto del mundo.
Sin embargo, en la práctica, el mismo, se sostenía en la división ideológica en el contexto de la Guerra Fría. Los dos grandes bloques servían de contrapeso para mantener el equilibrio. Al perderse ese balance en 1991, el mundo comenzó a sufrir los efectos. Poco a poco la limitada capacidad de arbitraje de la ONU comenzó a debilitarse aún más, perdiendo así paulatinamente su margen de maniobra.
Esto se evidenció a partir de la operación militar de la OTAN en Yugoslavia en 1999. Ya que la misma se realizó dejando al margen al Concejo de Seguridad. Sin embargo, fue luego de los ataques del 11 de septiembre que la excepción se volvió la norma. Tal y como lo demuestran las intervenciones militares de EE. UU. y la OTAN primero en Afganistán, luego en Irak y que se replicaron en otras latitudes. El sistema mostraba así sus fisuras. Otro fenómeno que afectó fue que el llamado Sur Global comenzó a interpretar que era discriminado. Ya que las cinco potencias con derecho veto en la ONU decidían, según sus intereses, cuando una guerra era legal o justa o no. la subjetividad en el uso de la fuerza contribuyó al declive en la credibilidad de esta.
No es que el sistema emanado luego de la Segunda Guerra Mundial haya colapsado. Es que sus equilibrios han mutado y el contexto es distinto. Los valores universales siguen estando allí, intactos y nadie podría rechazarlos. La diferencia es que ahora, además de estos, se acepta públicamente actuar anteponiendo intereses de otra índole. Aun, cuando ello genere conflictos, discordias o desequilibrios.
El mundo y su estabilidad dependen hoy, más que de un sistema o de un organismo supranacional, del autocontrol que tengan los estados más poderosos. Generando una realidad de relaciones internacionales basadas en la ley del más fuerte. Situación que indudablemente creará una escalada armamentista generalizada.
En esta nueva dinámica serán los intereses de poder los que, en un juego de suma cero, fundamenten las alianzas. De allí, que estén en entredicho viejas coaliciones y se replanteen nuevas que hubieran sido impensables hace unas décadas. Mismas que en un pragmatismo brutal podrían mutar a gran velocidad.
Regresar a esas premisas en pleno siglo 21 sería nefasto para la humanidad. Es preciso recordar lo que paso la última vez que esto sucedió y rigieron las relaciones entre Estados. En nombre de imponerse con base a la fuerza, en nombre de la civilización, en nombre del progreso se cometieron en el pasado algunas de las atrocidades más graves que se han visto. Entre ellas genocidios, colonización, persecución y hasta esclavitud fueron las consecuencias.
En 1945 eran cinco potencias las que dominaban el planeta. En ese contexto escribieron sus reglas con el fin primordial de evitar una nueva conflagración. Ya que esta, no solo sería mundial, sino que, de darse, sería atómica. Ochenta años más tarde el mundo es totalmente diferente. Nuevas potencias económicas y militares han surgido. Lógicamente, estas también quieren tener una voz y voto a la hora de las grandes decisiones. Por eso, el camino de la ley del más fuerte es un peligro para todos. El emperador etíope desde la tribuna de la Sociedad de Naciones lanzó las alarmas hace casi un siglo. Hoy aún estamos a tiempo y se esa ansía esa voz que llame a la reflexión.
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