Desde hace varios años, los días más cercanos al 15 de septiembre en Guatemala se realizan caminatas y recorridos con una antorcha, dentro de las celebraciones de la efeméride conocida como la independencia. La actividad de la antorcha se ha extendido en todo el país, convocando a personas en escuelas, colegios, institutos, universidades, grupos religiosos, barrios, colonias, aldeas, cantones, caseríos, cabeceras municipales, oficinas, instituciones públicas y privadas y múltiples sectores para correr llevando el fuego que, supuestamente, simboliza la libertad de ser una nación soberana e independiente.
En el leguaje popular de Guatemala se habla de «las antorchas», para referirse a que andan por las calles, caminos y carreteras. Por lo general, desde el 10 y el 11 de septiembre comienzan a salir, pero son los días 12, 13 y 14 los de mayor afluencia de la actividad. En el grupo que lleva la antorcha pueden verse gentes de todas las edades, aunque predominan adultos jóvenes, adolescentes y niños; varios integrantes van coordinando el orden para que no ocurran accidentes, sobre todo con el tráfico vehicular, aunque eso no significa que todos los grupos de antorchas lleven un paso sincrónico, ya que se corre o se camina en algarabía, aunque procurando mantener el bloque.
Por lo regular, la vestimenta es deportiva o al menos cómoda para la ocasión, estableciéndose códigos de colores como el blanco, el celeste y el azul en representación de la bandera nacional, pero cada conjunto puede variar de acuerdo con parámetros de identificación para que nadie se pierda o porque responden a la pertenencia local. Los puntos de salida y de llegada de la antorcha los define cada agrupación, por lo que pueden ser recorridos cortos o que duren varias horas.
Debido a que muchas veces las antorchas recorren largas distancias, algunos vecindarios les brindan agua a su paso, lo que se transformó en ciertos lugares en lanzársela para refrescarles, convirtiéndose en determinadas ocasiones en batallas con el líquido vital. Estas situaciones han tenido su lado negativo en lo ambiental y en la seguridad, ya que muchos grupos de antorchas creen que por realizar la actividad pueden transgredir la convivencia común y dejan a su paso los restos de bolsas plásticas que envasan el agua o al lanzarla mojan a transeúntes y pasajeros, sin importarles las consecuencias.
Esto ha derivado en violencia y afecciones desagradables. Debido a esto, en los últimos años se han publicado campañas para evitar las agresiones durante las antorchas y llamamientos a la responsabilidad con el medio ambiente y el ornato.
La mayoría de los grupos que organizan y llevan a cabo los recorridos de las antorchas son de los sectores populares. Hay una toma del espacio público que encuentra legitimación en las llamadas celebraciones patrias, pero, al mismo tiempo, existe descalificación por parte de muchos que no participan. Los argumentos más comunes se basan en la alteración del tránsito y en los desórdenes que se presentan como generalizados a conveniencia de discriminarlas.
En los imaginarios construidos por la estructura de clases sociales en Guatemala, sobre todo en las áreas urbanas como la capital, son muchas las personas de la clase alta y de las capas medias que rechazan este tipo de prácticas por considerarlas «vulgares» y «desordenadas», lo que se traduce en «incivilizadas» y «salvajes». En realidad, las clases hegemónicas y sus aliados evitan todo lo que pueden el relacionarse con el pueblo y crean representaciones negativas del mismo, con el fin de mantenerlo al margen y de justificar la discriminación.
Si los grupos hegemónicos llegan a participar de prácticas populares, es desde el folklorismo, como si de un juego exótico se trata, pero nada más. No se aceptan las claves de la cultura popular al menos que sirvan para vender y generar ganancia en el capital, sea este económico o político. Por ello es por lo que al ideario dominante en Guatemala le conviene que el mito hegemónico de que las esposas de los llamados “próceres” de la independencia salieron la noche del 14 de septiembre con antorchas, acompañadas de vecinos, para supuestamente alentar a que se apoyase la firma de la emancipación de España, se mantenga. Esto les asegura su versión de patria –la patria del criollo– como bien se refleja en el título del fundamental libro de Severo Martínez Peláez, y como también se evidencia en una de las estrofas del himno nacional que dice “Nuestros padres lucharon un día, encendidos en patrio ardimiento, y lograron sin choque sangriento colocarte en un trono de amor”.
Estos mitos hegemónicos transmiten la idea de que a la patria hay que celebrarla y no hay nada que criticar para no disponer conflicto de lucha de clases, porque todo debe fluir en paz en el feudo-finca. La posición de los grupos de poder es que el pueblo celebre ese sentido de patria, que no cuestione nada, pero las élites y sus afines no deben mezclarse con eso. Es otra forma de explotar al pueblo, porque en su fiesta la clase dominante encuentra la ganancia del capital político y simbólico que, de una u otra manera, beneficia al capital económico.
Sin embargo, para el pueblo es una oportunidad de fiesta. Las antorchas permiten que haya reunión, participación comunitaria y salir por un momento de la cansada cotidianidad. Inclusive, algunos grupos han expuesto planteamientos críticos y de denuncia social durante las antorchas y los actos cívicos de sus comunidades. Aunque lo que continúa predominando es la enajenación de la realidad histórica y no se tenga necesariamente la conciencia de cómo se dio la llamada independencia y cómo los procesos históricos nos han definido como una sociedad con profundas desigualdades que no alcanza la justicia social, el pueblo hace suya la festividad y la traslada a sus pequeños espacios, dándole importancia para extraerse por unos momentos de las condiciones que lo agobian. Con las antorchas, el pueblo le otorga a esos días de septiembre un aura de búsqueda de esperanza, como si corriendo fuesen a cambiar las cosas, porque correr o caminar tras una utopía es una salida contra el desamparo.
Encender el llamado «fuego de la libertad» fue convertido en un acto desde el poder con los gobiernos del segundo periodo liberal en Guatemala. La construcción del Monumento a los Próceres en 1935 por parte del gobierno de Jorge Ubico tenía el objetivo de ensalzar el mito hegemónico de la independencia. El llamado «Obelisco», obra del arquitecto Rafael Pérez de León, guarda ese fuego con el que el dictador Ubico y los presidentes de los regímenes militares de la contrarrevolución y la contrainsurgencia realizaban la ceremonia del encendido de una antorcha que les daría lumbre a las demás los días 12, 13 o 14 de septiembre. De esa manera, las antorchas que partían del Obelisco para recorrer la ciudad hasta sus destinos formaban parte de la legitimidad del sistema dominante y los portadores se significaban con el prestigio de llevar la tea que provenía del ceremonial en el que había estado el mismísimo presidente de la República. De ahí proviene la tradición de que muchas de las antorchas actuales comienzan en el Obelisco o terminan en ese lugar, aunque esto ya no es obligatorio.
En esos procesos complejos de ideologización y constructos del mito hegemónico en la historia, las antorchas tienen un lugar importante en las tradiciones de septiembre en Guatemala. La dialéctica las configura con sus dinámicas de clase y relaciones sociales, así como de producción de capital político y simbólico, en las expresiones que el pueblo significa y resignifica como lo hace con todo.
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