“Ese carro lo tendrás que regalar a un museo” dijo sonriendo, un poco en broma, Francisco Morales Santos, en una reunión de amigos que se celebró en su casa, a finales de los años noventa. “Que cantidad de escritores los que nos hemos subido al mismo, incluyendo extranjeros muy reconocidos en el mundo de las letras”, terminó diciendo. La afirmación de Paco a principios del presente siglo fue exagerada, pero no es menos cierto que en parte de los años ochenta y noventa del siglo pasado con dicho vehículo fui a traer y a dejar a escritores al aeropuerto, o a sus casas, o a hoteles. Íbamos y veníamos por distintos lugares de la ciudad de Guatemala, de La Antigua Guatemala, San Raymundo, y ocasionalmente a Escuintla, al Puerto de San José y hasta a Puerto Barrios. En otra ocasión, fuimos con Morales Santos a San Salvador en dicho vehículo para participar en un congreso de escritores salvadoreños que se celebró en el teatro nacional de dicha ciudad. En esa ocasión nos hicieron hablar frente a dicho teatro en una protesta de colectivos, afines a la lucha guerrillera, y nos encontramos en una reunión con Manlio Argueta en la casa de Roberto Zea. Él llegó clandestinamente de Costa Rica en donde se encontraba exilado. Nos encontramos también en casa de Rafael Mendoza con algunos miembros del grupo literario “Piedra y Siglo” contemporáneo del grupo literario “Nuevo signo” de Guatemala. Ese viaje fue toda una aventura.
Fue Víctor Hugo Alonzo, excompañero de oficina y de profesión, quien, al igual que con dos carros anteriores, me consiguió dicho vehículo, sin pedírselo, como una generosidad de su parte, aunque yo los pagué. Uno de sus negocios fue comprar y vender carros. Él se dio cuenta que, ya siendo licenciado en ciencias jurídicas, me trasladaba con mucha dificultad, en cuanto a transporte, a estudiar mi segunda carrera universitaria a la Universidad Rafael Landívar. El primer vehículo que me consiguió, 1977, fue un Impala, color celeste, 1968, que parecía nave espacial, que consumía gasolina de manera exagerada, cuando cada galón no pasaba de treinta centavos, y el segundo, del año 1971, que le compré en 1979 a su hermano Jorge. Fue un pequeño Toyota color crema, que posteriormente regalé a mi hermana Carmen Alicia para que fuera a sus estudios, también en la Universidad Rafael Landívar.
Fue un día, cuya fecha exacta, no recuerdo, que Víctor me anunció “te acabó de negociar un carro precioso, de color rojo”. Su propietaria era la compañera de vida de un amigo de él, de apellido Lehnhoff, quien tenía una tostaduría de café, muy cerca de donde teníamos nuestra oficina profesional, en la sexta avenida de la zona 4. Desde que vi el carro me atrapó. Era de cuatro puertas, modelo 1973, con un estilo semideportivo, color rojo, marca Colt Galant. Tenía diez años de haber sido construido. Estábamos en 1983. Este vehículo me llevó casi todos los días a la sede de dicha Universidad y a la primera extensión de la misma en La Antigua Guatemala, de cuando fui profesor de algunos cursos. Fueron doce años de mi vida, en ese oficio hermoso. Durante ese tiempo también me llevó y me trajo, de mi oficina a casa y viceversa, o a las sedes de Módulos de esperanza y Cuarto Mundo, a las sesiones del Instituto de Cultura Hispánica, a nuestra granja y a tantos lugares, eventos y reuniones. Pocas veces lo llevé a talleres mecánicos. Fue un súper carro.
En esa época llevé una intensa vida social y cultural, pero además me ofrecía de voluntario para llevar y traer a amigos escritores guatemaltecos que no tenían transporte propio y para atender a escritores del extranjero que nos visitaban. Fue así como atendí a personalidades como Otto Raúl González, José Balza, Eraclio Zepeda, Denzil Romero, Carlos Illescas, Seymour Menton, Mario Monteforte Toledo, Humberto Ak’abal, Paco Morales Santos, Isabel Ruiz, Salvador Garmendia, Manlio Argueta, José Roberto Cea, Roberto Sosa, Noé Jitrik y muchos más. La lista, de completarla, incluiría más nombres. De esas experiencias voy a narrar algunas anécdotas. La primera cuando Rolando Castellanos, crítico literario, amigo y profesor en la Universidad Rafael Landívar, me comentó que se hacían comentarios en mi contra porque se me acusaba de acaparar a escritores extranjeros. La respuesta se la di días después, cuando él, como funcionario de la Dirección de Bellas Artes, me pidió como favor que un sábado x que atendiera a unos escritores extranjeros, ya que por ser fin de semana no había un vehículo oficial para que los llevara a La Antigua Guatemala. Aproveché la petición para decirle “Ya ve, por eso me critican” y “es que no todos tienen la voluntad de dar tiempo y recursos propios para atender a otros”. Tiene razón me respondió y sonrió.
La segunda cuando en varias ocasiones fui a traer a Antonio Brañas a su humilde vivienda de Escuintla, en donde vivía de manera decorosa, para que participara en homenajes que distintas instituciones de cultura le dieron. Por Paco Morales Santos se supo donde vivía. Fue un placer para mí hacerlo. Brañas se merecía esos homenajes. Conversar con él fue hacerlo con un caballero, culto y amable. Ya en otra estampa, contenida en el primer tomo de mis memorias y anécdotas, publicado por ADESCA con el sello de Morales Santos Editor, en 2023, narré la visita que el 23 de agosto de 1992 hicimos con un grupo de escritores a la casa de Tono. Recuerdo la fecha porque ese día nació mi sobrino Eduardo Antonio.
La tercera se relaciona con Otto Raúl González. Cuando el presidente Vinicio Cerezo le entregó en la casa presidencial el Premio Nacional de Literatura. En esa ocasión fui a traer al galardonado y a su esposa Aidé a la casa de una familia Caniz, en la zona 13, en donde se encontraba una reconocida empresa de transportes de mudanzas que tuvo el nombre del apellido de esa familia. La esposa del dueño era hermana de Aidé. Al terminar el evento los fui a dejar a la misma residencia. Pero lo que me interesa narrar en este caso es que días antes yo había llevado de paseo a la pareja por la ciudad de Guatemala y en algún momento los llevé a un sector alejado, en los alrededores de la ciudad, ubicado en Santa Catarina Pinula. Lo hice con mucha ingenuidad, sin tomar en cuenta que Otto Raúl estaba exiliado en México, y que había viajado, como excepción a Guatemala. Él me confesó, posteriormente, que tuvo miedo que en esos parajes solitarios lo secuestraran, pero que al final eso había servido para fortalecer el cariño que él y su esposa me tuvieron. Eso explica por qué entre nosotros nació una amistad bonita, que hizo que nos viéramos en distintas fechas en Guatemala y en México. Algunas personas por recomendación de él me buscaran para distintos asuntos.
Cuánto podría contar de las veces que, de madrugada, después de algunos actos culturales y de bohemia, fui a dejar a su casa a Ak’abal, a Carlos René García Escobar y a Luis Ortiz, lo que significó ir a Mixco, o a las colonias La Florida y Monserrat. Y en otras ocasiones a otros amigos a lugares lejanos. Reconozco mi imprudencia. A veces dejaba el vehículo por horas en calles de la colonia El Amparo, cuando visitaba la sede de Módulos de Esperanza.
En ese ir y venir el Colt Galant se fue deteriorando. Me hacía de pick up de carga cuando iba y venía de nuestra granja de San Raimundo. Llegado el momento me vi obligado a comprar otro carro, por lo que llevé al Colt a un garaje de un tío, en donde mi primo, su hijo, mi ahijado, Abraham, entonces un niño, lo arrancó y le provocó algunos daños. Otro tío ofreció entonces comprarlo para su hija. Ella fue embajadora de Guatemala en Perú hasta hace unos meses. Se lo vendí. Días después en un confuso incidente, frente a la casa de la dueña, en la colonia Quinta Samayoa, el carro se comenzó a incendiar. Lo vendieron entonces como chatarra en una “huesera”, en donde poco a poco fue desmantelado, para que sus piezas sirvieran para otros vehículos similares. En mi imaginario, “hasta su final”, fue generoso.
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