En el Salón Landivar de la Biblioteca Nacional “Luis Cardoza y Aragón” vi por primera vez, en 1986, a Mario Monteforte Toledo. Fue un acontecimiento cultural su presentación pública. Muchas personas asistimos al acto que se organizó. Él llegó a Guatemala, después de muchos años de exilio. El expresidente Vinicio Cerezo lo invitó a regresar a su país. Días después dio una conferencia en el Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica. Yo era miembro de la Junta Directiva de esta entidad. Al poco tiempo, un grupo de escritores fuimos convocados por él a la casa donde vivió con Corina Durango, una arquitecta ecuatoriana, y Arai, la pequeña hija de ambos. La propiedad estaba situada en un gran terreno, sin cercas perimetrales, en la zona 2, en la colonia El Zapote. Fue así como se inició nuestra amistad, que terminó con su muerte en 2003.
Viajamos en el mismo avión a Costa Rica y Nicaragua para participar en sendos Congresos Internacionales de Literatura Centroamericana (CILCA) que se celebraron en esos países. Tuve bastante tiempo para conversar con él de asuntos personales durante esas estadías. Esos eventos los organizó el chileno Jorge Román Lagunas, durante varios años en distintos países de Centroamérica y fuera de la región. Falleció en 2018. Yo fui de los colaboradores de él, de los que se organizaron en Guatemala.
Con Monteforte me reuní constantemente en distintos lugares o en las distintas casas donde vivió. Fui testigo de cómo se involucró en la organización de eventos culturales y de cómo fue mentor de algunos escritores jóvenes, a quienes les sugería lecturas o les corregía verbalmente sus creaciones. Él me recomendó a Otilia Lux de Coti, a inicios del año 2000, para que me contratara como uno de sus asesores en el Ministerio de Cultura y Deportes, cuando ella asumió el cargo de Ministra. Me propuso también ante los personeros de la Fundación Carlos F. Novella, para que les apoyara en un certamen de literatura, que después de algunas conversaciones se convirtió en el Premio de Cuentos Carlos F. Novella. Integré el Comité Organizador. En su casa hospedó al escritor mexicano Carlos Montemayor, quien integró el jurado del primer certamen. Tuve también amistad con su hija Morena Monteforte Chavajay y su esposo. Acompañé a Mario al Cementerio General cuando se depositaron las cenizas de dicha hija. Su muerte le provocó un gran pesar. Ella le acompañó desde niña por todos los países donde vivió.
Tengo algunas anécdotas de los viajes y muchas más de los momentos que compartimos, como por ejemplo, cuando mi pidió que me encargara de organizar el almuerzo de sus noventa años, que celebramos un 15 de septiembre del 2001, en el Hotel Conquistador, zona 4, del que tuve que pagar de mi bolsa parte de la comida de los invitados que llegaron, porque algunos se hicieron los “ locos”, y de cuando le solicitó al expresidente Portillo que el Ministro de Finanzas me entregara legalmente un millón de quetzales para el financiamiento de la película “Donde acaban los caminos”, realizada a partir de la novela con el mismo nombre. Dinero que yo rechacé recibir, en la sede del Ministerio de Finanzas Públicas, a donde me habían citado sin saber para qué. Sugerí a unos de los viceministros, el que me atendió, que se le entregaran a Pepo Toledo, presidente de la Fundación Mario Monteforte Toledo, ya que semanas antes, como notario, autoricé la escritura de constitución de dicha entidad a requerimiento del propio Mario. El dinero ingresó a las cuentas de la fundación. Fue auditada en su momento por la Contraloría General de Cuentas. En otra ocasión le presenté a Reinaldo León -amigo cubano con quien me mantengo en contacto por medio de WhatsApp, quien por esos años vivía con su esposa Yuliet Montes en Guatemala-. León hizo el guion de la película indicada, de la que al final Monteforte fue coguionista.
Tuve el privilegio, en el año 2000, de entregarle el primer ejemplar del libro de mi autoría “Desandando huellas. Apuntes, entrevistas y documentos para el estudio de e la literatura guatemalteca de los años ochenta del siglo pasado, publicado bajo el sello de Editorial Palo de Hormigo, de la que fui uno de sus socios, en un acto que organizamos en el taller de pintura de Mayro de León, ubicado en la 11 avenida de la zona 7, colonia Quinta Samayoa, a la vuelta de la que fue nuestra casa en ese barrio, en el que viví 53 años de mi vida. Ese libro fue dedicado a Mario. Mireya Iturbe, su esposa, me agradeció el gesto. Me contó que se sintió emocionado. Mis invitados fueron en su mayoría vecinos del lugar.
Lo que me interesa en este texto es narrar sobre mi participación en la creación de la Fundación, aunque no aparezco en la escritura respectiva de constitución como compareciente, por haber sido el notario autorizante. Estuve en la génesis de la misma, y en reuniones preparatorias, desde que un grupo de amigos sugerimos su creación, para darle continuidad al Premio de Literatura creado por él, del que nos costó convencerlo que llevara su nombre. Premio instituido con el dinero que el Ministerio de Cultura y Deportes le entregó cuando se le otorgó el Premio Nacional de Literatura, en 1993. En años posteriores, pintores como Marco Augusto Quiroa y Elmar René Rojas donaron cuadros de su autoría que se vendieron por la cantidad en dinero que se entregó a los premiados. Después fue Pepo Toledo que los financió y actualmente es la Fundación Paiz.
Mario tuvo a Pepo, desde su regreso a Guatemala, como un aliado, un protector y un amigo, por el parentesco que les unió.
El caso es que el mismo Mario me solicitó que le diera forma jurídica al anteproyecto que él elaboró de la escritura de la Fundación, ya que también fue abogado y notario. Cuanto lo tuve preparado le hizo las modificaciones y correcciones que consideró oportunas, típico de Mario, de cualquier documento en el que el tuviera participación. Lo mismo hizo cuando se elaboró el proyecto de la creación de la Comunidad de Escritores, de la que también firmé el acta de nacimiento respectiva. Tuve el honor también de hacer una escritura de cesión de sus derechos de autor a su hija Anaité y otra de identificación de sus nombres para hacer ver que Mario Divizia di Monteforte Toledo (su nombre de pila) y Mario Monteforte Toledo fueron la misma persona. La escritura de constitución de la Fundación que lleva su nombre es el número cuarenta y cinco (45) de fecha veintiséis (26) de marzo de mil novecientos noventa y ocho (1998) de mi protocolo de ese año. Los constituyentes y firmantes de la misma fueron Mario Monteforte Toledo, Wlliam Lemus, José Toledo Ordoñez, Marco Augusto Quiroa, Marta Regina de Fashen, Efraín Recinos, Edgar Balsells Tojo, José Rubén Zamora y Elmar René Rojas. Personajes guatemaltecos, destacados en el quehacer artístico, periodístico o en otras áreas. Algunos ya fallecieron.
En aquel tiempo la aprobación de gobierno para una asociación o una fundación llevaba mucho tiempo, pero por las gestiones del propio Mario fue autorizada en tiempo récord.
Participé y participo, cuando puedo, en asambleas de la fundación, gracias a la gentileza de Pepo Toledo Ordóñez,- reconocido escultor y extraordinario gestor cultural- y de la actual presidenta su hija Regina Toledo; entidad que bajo dichas representaciones legales y dirección, ha realizado una extraordinaria labor, entre esto los documentales, en video, sobre Mario Monteforte y sobre Efrain Recinos. Pepo, de su propia bolsa, ha financiado muchas de las publicaciones y eventos. Es una persona con muchas cualidades. Es conocido como escritor y como escultor. Utiliza hierros y otros metales para sus esculturas.
Honor a quien honor merece.
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