Contaba mi madre de las fiestas de la nochebuena, en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, en su casa de la aldea “La Ciénaga”, en el municipio de San Raymundo, departamento de Guatemala; aldea que poco a poco, a pesar de que se encuentra a treinta y ocho kilómetros del punto cero de la capital de Guatemala, comienza a ser parte de la zona conurbada de esta ciudad.
En esa aldea nací, legalmente, en marzo del año 1950, aunque parece ser que fue en la “Unidad de San Juan Sacatepéquez”, siendo el médico partero un joven que llevó el nombre de Werner Ovalle López. Fue mi mamá quien me lo narró, sin conocer ella de la importancia que ese médico tuvo posteriormente en la literatura de nuestro país. Mi partida de nacimiento dice que nací en “La Ciénaga”. Está inscrita con mis dos nombres: Maximiliano, porque así lo pidió un tío abuelo, que fue mi padrino de bautizo. Él se llamó así. Y Antonio, porque fue el nombre que heredé de mi abuelo paterno. Se me inscribió en el Registro civil de San Raymundo. Si lo narrado por mi madre fue cierto se entiende, porque fue más fácil para Conrado, mi padre, hacer el trámite en su municipio de origen y de vecindad. Lo mismo sucedió con mis dos hermanos varones: José Marcelino y José Mardoqueo. Yo fui el mayor. El primero murió al año y medio después de nacido, por un problema cardiaco, y el segundo a los cincuenta y dos años. Fue compañero inseparable de mi niñez y adolescencia. Un ser humano extraordinario. Recuerdo el impacto emocional que me provocaron esas muertes.
Un tratamiento médico para Marcelino aceleró el traslado de mis padres de nuestra aldea a la colonia Quinta Samayoa, donde mi padre, en copropiedad con un tío, ya había construido una pequeña casa de adobe y teja, de dos habitaciones, un corredor, una pequeña cocina y un excusado. En su patio hicieron una huerta. Fue nuestra selva privada. Esa pequeña casa, gracias a las iniciativas de mi padre se modificó en años sucesivos hasta convertirse en una hermosa vivienda de dos niveles, con muchos ambientes y muchas comodidades. Con sentimientos encontrados la dejamos a principios de este siglo. Viví en ese solar 53 años. Ahí fallecieron mis padres.
Semanas antes de la Nochebuena, contaba María Delfina Antonia, mi mamá, todo era un corre-corre en la finca “La Trinidad”; la propiedad de la que el abuelo Marcelino heredó una parte, al igual que su hermano Chema. Ella, entonces, una veinteañera, comenzaba la fabricación del nacimiento. Usaba elementos del campo, entre estos: musgos, chiriviscos, manzanillas, naranjas, y distintos objetos, como una manta que simulaba un cielo, unos pellejos hechos de papel, tuza y engrudo, pastores y casas de distintos tamaños, paisajes-murales de papel y espejos, para dar perspectivas de distancia. El resultado una instalación anárquica, con muchos olores, pero hermosa. Cada año fue distinto. Se construía en la sala- dormitorio donde dormían sus hermanos. Ocupaba la mitad de la estancia.
El 23 de diciembre comenzaba la preparación de las delicias culinarias que acompañaban a la fiesta, para eso se destazaba un cerdo, se despescuezaban unas gallinas y quizás un chompipe. Varios cientos de tortillas se preparaban, y generalmente se hacía arroz, chiles rellenos y un caldo de gallina. Los tamales fueron el plato principal para la Nochebuena y el resto de la comida para la Navidad.
Estando todo preparado, y vestidos con los estrenos, la abuela, los hermanos y mi madre, junto a otros familiares cercanos y personas de servicio, esperaban el 24 por la tarde, a los tíos Maximiliano y Crisanto, de apellidos Ruiz Castellanos, quienes, en un bus, propiedad de ellos, llegaban con invitados de San Juan Sacatepéquez, en donde residían. Llevaban también un conjunto de marimba, de una familia de apellido Tacatic, entre quienes figuraba un niño, a quien para poder acceder al instrumento musical le ponían un banquito. Años después fue conocido como el maestro Mario Tactic, compositor de varias melodías.
La fiesta duraba hasta el atardecer del día veinticinco. Los invitados regresaban a su casa en la misma forma como habían llegado. Los bosques se quedaban con sus propios sonidos y según el tío Juan, en los oídos de los anfitriones quedaban las piezas que se habían tocado, pero la soledad de aquella casa, construida en la cima de un cerro, se sentía más sola. Había que esperar un largo año.
Pasaron muchas lunas para que un día, un personaje del país, muy conocido, llegara a mi oficina profesional llevado por Celso Lara, para un trámite legal. Ambos trabajaban en el Centro de Estudios Folclóricos de la Universidad de San Carlos. ¿Y usted que es de los Araujo de La Ciénaga, de donde doña Nela? me preguntó. Soy su nieto, le contesté. Entonces me narró que siendo él maestro de caminos, trabajó en San Raymundo. Recordaba con nostalgia las dos fiestas de Nochebuena que pasó con mi familia. Ese personaje fue el cantor del paisaje, autor de una geografía musical de Guatemala. Su nombre José Ernesto Monzón. La anécdota la compartí en una ocasión con Yadira Monzón, una de sus hijas, abogada y excompañera de trabajo en el Ministerio de Cultura. Sí, me dijo, mi papá recordaba a San Raymundo. Dejó un hijo reconocido por esos rumbos, con quién nos llevamos bien. ¡Curioso que no tenga una pieza musical dedicada a mi municipio!
La celebración de la Nochebuena en nuestra familia tiene unos protagonistas principales, los miembros una “Sagrada Familia”, que heredamos de la abuela de mi abuela. San José, la Virgen María y el niño Jesús fueron tallados en madera y usaron la técnica del estofado para la pintura que les cubre. Solo ha tenido una restauración, años setenta del siglo pasado, de un experto, ya fallecido, de nombre Julio Herrarte; esposo de la tía Octavia Castellanos, prima de mi abuela y hermana de los tíos abuelos antes mencionados. Esa reliquia sigue siendo todavía fundamental en el pequeño nacimiento que cada año, desde 2012, construyo en una pérgola de nuestra casa, ubicada en un condominio de los que se encuentran en carretera a San José Pinula. Trató que sea con los mismos elementos de los que describí antes: anárquico, desproporcionado, con pastores, casas e iglesias desiguales, con vegetación y olores. La novena del rezo, que termina el 24 por la mañana, la conduce mi hermana Carmen Alicia, acompañada del “tucuticutu” obtenido del caparazón de una pequeña tortuga, que también viene de la época de la abuela Nela; quien al igual que mi madre, fue una católica practicante, que declamaba “el ángelus” a las siete de la mañana, doce del mediodía y seis de la tarde. Rezaba el rosario al atardecer de cada día con “latinazos” para el Padre Nuestro, Ave Marias y en las letanías. De ellas heredamos nuestra fe, así como valores cristianos que han sido fundamentales en nuestras vidas.
Con el traslado, en los años cincuenta, a los entonces alrededores de la ciudad de Guatemala, a un barrio semirrural, la Quinta Samayoa, (que con el tiempo perdió las ínfulas con las que nació; semi urbano, semi rural, sin servicios esenciales en esa época, con calles de tierra y desagües a flor de tierra. Barrio del que disfrutamos niños y adolescentes, hijos de familias mayas, ladinas, españolas, italianas y alemanas, de sus sitios baldíos y de terrenos cercanos en donde ahora hay colonias residenciales y centros comerciales, como Miraflores, Tikal Futura y Majadas; ubicados en el sector donde estuvo en la época prehispánica una mítica ciudad maya, conocida ahora como Kaminaljuyú) , la tradición de la Nochebuena no se terminó, ni la hechura de los nacimientos navideños como el descrito al principio de este texto, aunque si la presencia de nuevos visitantes e invitados.
Y siendo que mi abuela Manuela en un principio vivió en la casa del tío Juan, muy cerca de la nuestra, similar a la construida por mi padre, el nacimiento se hizo ahí por varios años, pero cuando ella se trasladó en definitiva a nuestra vivienda, para vivir con su hija, la tradición familiar de la nochebuena se trasladó a nuestra residencia. De niños, con mi hermano, con los vecinos y primos de nuestra edad, celebrábamos esa fiesta con vestimentas nuevas, lo juguetes recibidos, y con cohetes y canchinflines. Todo era algarabía, corridas y gritos. De adolescentes y jóvenes con bailes, visitas a casas de amigas y amigos, y con los primeros traguitos. ¡¡ Tantos recuerdos que vienen a mi mente!! Entre estos la timidez que me impidió posibles noviazgos.
Volviendo a lo principal del relato. Para atender en nuestra casa a los tíos y sus familias, y a otros invitados, entre estos al tío abuelo Chanto Ruiz, un personaje de San Juan Sacatepéquez, papá de una de las copropietarias de una de las cadenas de radio más conocidas del país, mi padre preparaba una bebida dulce hecha de licor clandestino, que le conseguía la tía Lilia, que le vendían los claneros de Joyabaj, al que agregaba frutas y Pepsi cola, que enterraba durante dos meses. También construía, días antes, una enramada, que ya no fue necesaria cuando se hicieron los segundos ambientes de la casa.
El 23 de diciembre viajábamos con él a nuestra aldea, La Ciénaga, en el Chevrolet 53, (carro que tuvo mi padre hasta en su muerte en 1991, que compró en 1957), por un camino polvoriento, rodeado de enormes pinos y encinos, en donde ahora se encuentra Ciudad Quetzal. Ese día “mamaíta Aurelia”, su mamá, es decir mi abuela materna, y posteriormente a la muerte de esta, la tía Lilia, le pedían a Timoteo Rac que destazara un cerdo, cuya carne sirvió para los tamales que un enjambre de mujeres preparaba en nuestra casa, que se servían a medianoche del 24, después del rezo que dirigía la abuela Nela. La música en esa noche, en los primeros años, era de una “zarabanda”, de San Juan Sacatépquez, compuesta de un arpa, cuya caja también hacía de tambor, y un violín rústico. Eran tres los ejecutantes. Práctica que terminó cuando le pedimos, con mi hermano Mardoqueo, que ya no los llevara pues los amigos, vecinos, quienes bailaban con su ritmo, pasaban varias semanas haciéndonos burla. Años después tuve que conseguirle a Tasso Hadjidoduo un conjunto similar, que se utilizó para una fiesta en la Alianza Francesa cuyo eje fueron las tradiciones de Guatemala. Las vergüenzas por lo nuestro las dejé hace muchos años. Mis estudios sobre expresiones culturales tradicionales me enseñaron a valorarlas.
Con el compromiso de hacer el nacimiento en nuestra casa, ya de adolescente, me tocó asumir esa responsabilidad. Al principio se construyó en una esquina del primer corredor de nuestra casa. Posteriormente en una habitación y en los últimos años, en la sala. Esos nacimientos se diferenciaron poco de los que se hicieron en la aldea La Ciénaga, y de los tres años en la cabecera municipal de San Raymundo, en donde viví con la abuela Nela por un tiempo. La tradición del nacimiento continuó con los traslados de la matriarca, incluyendo la Sagrada Familia y los objetos que le acompañaron. Su tamaño dos metros de ancho por dos y medio de largo.
El nacimiento en nuestra casa se hizo conocido para amigos artistas, de ahí que, en distintos días, posteriores a la Navidad, durante varios años, llegaron a verlo, entre otros: Tasso Hadjidoduo, Luis Alfredo Arango, William Lemus, Francisco Morales Santos, Isabel Ruiz, Humberto Ak´abal, Carlos René García Escobar, Luis Ortiz Archila y Carlos René García Escobar. Siempre los recibimos con un café o con un trago de licor, acompañados de unos antojitos. Esa práctica terminó cuando en el 2007 nos trasladamos a la sierra de Pinula, por la inseguridad que se tenía en la zona 7, y porque los hijos de mis hermanas estudiaban en el colegio Príncipe de Asturias, ubicado en el mismo residencial donde ahora vivimos. Centro educativo que formamos en el Instituto de Cultura Hispánica, que posteriormente se entregó a don Julián Presa; empresario y filántropo nacido en el reino de España. Con sus propios recursos construyó las hermosas instalaciones de dicho colegio. La escritura de constitución de la fundación respectiva la fraccionó el poeta Amable Sánchez Torres. Su primer profesor fue el escritor y cineasta Ángel Pariente, muy conocido como guionista de la serie sobre “El Cid”. Ambos, de nacionalidad española, residen en Guatemala.
Otra de las tradiciones después de la fiesta de Nochebuena y del rezo de la novena al “Niño Dios”, fue el almuerzo del 25 de diciembre, que mi madre, hasta su muerte, en el año 2001, y que mis dos hermanas mantuvieron. Llegaban al mismo los tíos y su familias, primos, primas e invitados. En su conjunto cincuenta personas. A veces más, a veces menos. Sendas mesas se colocaban, cuando ya la casa era grande, en el garaje y en parte del primer patio. En el último año que lo celebramos ahí, año 2006, llegaron además 15 personas de nacionalidad francesa. Todos ligados al Movimiento Cuarto Mundo, que vinieron a Guatemala para que sus hijos conocieran el país, donde algunos de ellos nacieron o vivieron sus primeros años de vida. Fue una despedida hermosa. Esa llegada la planificamos con ellos cuando, en ese año, tuve una estadía de varios meses en la sede central del Movimiento, en Mery Sur Oise, Francia.
En la actualidad, desde 2008, siendo que mis padres, abuela y tíos, ya fallecieron, y que los primos hicieron sus propias familias, con sus propias tradiciones, la Nochebuena la celebramos, salvo algunas ocasiones en que no se ha podido, en La Antigua Guatemala, a donde llegamos por la tarde de ese día, en la casa que una de mis hermanas y su esposo tienen en esa ciudad. Él la heredó de su padre. Está cerca del templo de San Francisco; al que vamos en esas oportunidades a “la misa del gallo”. Somos pocos: mis dos hermanas, sus esposos y sus hijos, la esposa de uno ellos y un nieto. Total once personas, pero la pasamos bien. Forman mi familia más cercana. Cenamos pierna de cerdo horneada y tamales. Y al día siguiente un caldo levanta muertos. Mis dos sobrinas, salvo cuando han llegado de Guatemala en esas fechas, la pasan con su familia en Suecia, en donde residen con sus parejas e hijos. El año pasado, el esposo de una de ellas, originario de ese país me ayudó a hacer el nacimiento. Este año la pasaremos en casa, en San José Pinula, ya que mi hermana Dora Delfina y su esposo viajaron a Suecia para estar con sus familias chapi-suecas. Mi ayudante para la elaboración del nacimiento será Santiago, uno de mis sobrinos nietos. Tiene cuatro años. Son legados que se trasmiten. Yo lo recibí de mí de mi madre. Cuando lo construyo siento que está a mi lado.
Las tradiciones se modifican, pero los recuerdos quedan en nuestra memoria y nos acompañan. Las tradiciones fortalecen nuestra identidad y nos dan cohesión social.
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