La ciudad de Guatemala está cumpliendo 250 años de fundación. Uno de los barrios, que se creó a mediados del siglo pasado, que la integran es la colonia Quinta Samayoa, situada en la zona 7.
Nací “La Ciénaga”, aldea de San Raymundo, situada a 38 kilómetros del punto cero de nuestra república, pero crecí en el barrio indicado, del que tengo muchos recuerdos y anécdotas. En viví 53 años de mi vida en el mismo, de 1955 a 2007, aunque he ido una vez por semana al municipio de mi nacimiento y de otros Araujo, generalmente los sábados. Primero lo hice a la casa de mis abuelos paternos, y posteriormente, después de su muerte, a la propiedad rural que nos dejó mi papá en la aldea Concepción el Ciprés.
Cuando emigramos con mis padres, principios de los años cincuenta, ellos en busca una mejor vida para sus hijos, escogieron un barrio lo más cerca posible de nuestra aldea. Y ese lugar estuvo en la naciente Quinta Samayoa.—– Otro dato es que el sector fue muy conocido por mi papá, ya que de niño vivió dos años en una gran casa, de muchos cuartos. Sus padres alquilaron uno, que daba a la Calle Real de San Juan, frente al terreno donde ahora se encuentra la mencionada colonia. Desde ahí, antes de su retorno a la aldea, iba a pie, a estudiar su primer año de primaria, años veinte del siglo pasado, a una escuela pública ubicada donde hoy se encuentra el Centro formativo Padre Ambrosio, al costado del templo de la Divina Providencia, zona 8, pero además en ese sector hacían noche cuando desde nuestra aldea venían a la ciudad de Guatemala, con otros jóvenes de su época, a vender leña, con carretas de bueyes. Su primer negocio. —– Mi padre, Conrado y un tío, Luis, hermano de mi madre, compraron en 1952 un terreno de diez metros de frente por veinticinco de fondo, en la Colonia a la que le dedico este texto, en el que construyeron una pequeña casa de teja y adobe; una copia de las casas rurales de nuestra aldea, en donde mis padres formaron además una huerta, ideal para nuestros juegos de niños.
Al final tenía excusado, como se usaba todavía en esa época en casas de la capital. Ese inmueble, conforme pasaron los años, mi padre, lo fue transformando. Lo convirtió en una hermosa casa de dos niveles, con muchos servicios y comodidades. Las últimas transformaciones a mi cargo, en 1996. Él había fallecido, 1984. Por razones de seguridad y de estudio de mis sobrinos, la dejamos y nos trasladamos a la región de “los Pinula”, a sendos condominios, primero en Santa Catarina y posteriormente a San José, en donde residimos actualmente.
Decir que nos trasladamos a la ciudad de Guatemala es una verdad a medias, ya que en los años 50 del siglo pasado la colonia Quinta Samayoa, todavía estaba en las afueras del área urbana capitalina principal, a orillas de un camino estrecho rodeado de árboles, recién asfaltado al que le llamábamos Calle Real, después Calle de San Juan y hoy Calzada San Juan. En sus orillas había una casa por aquí y otra por allá, así como pastizales, siembras de maíz y cafetos. Por aquel camino transitaban mujeres mayas, con un ritmo similar a la de los corredores de marcha. Estas caminantes inspiraron la canción La sanjuanerita, de José Ernesto Monzón.
Dicho camino, a cuatro kilómetros, en dirección occidente, del lugar que se conoce como “El Trébol” —que en ese entonces no había sido construido— tomaba dos vertientes en el sitio conocido como “Las Majadas”. Ahí hubo una casa grande, señorial, que fue destruida cuando se construyó “El Periférico”. En los patios de aquella propiedad se encuentra el centro comercial “Peri Roosevelt”. Una vertiente llegaba a Mixco, por medio de la hoy Calzada Doroteo Guamuch Flores, y la otra hacia San Pedro y San Juan Sacatepéquez, así como a San Raymundo. La Calzada Roosevelt, antes “Interamericana” no existía, ni las colonias Kaminal Juyú, Centroamérica, Jardines de Tikal, Castillo Lara, entre otras. La colonia Landívar, que ya existía, estaba al lado oriental de la Quinta Samayoa. Al frente a esta se construyeron las colonias Roosevelt y Carabanchel, zona 11.
A nuestra casa se le dio de acuerdo con la nomenclatura municipal el número 11-18, de la 3ª. calle B de la zona 7, de acuerdo con la distribución de la ciudad de Guatemala, que fue inspirada en la de Paris. Las zonas equivalen a los “distritos”, las calles a las “rues” y las avenidas a las “avenues”. El ingeniero Aguilar Batres siguió dicho modelo radial, imitado después por las otras cabeceras municipales y ciudades del país. Su valiosa aportación consiste en que el primer número de cada casa se integra a la calle o a la avenida anterior, y el siguiente número a los metros que la separan de esa calle o avenida. Así la casa que fue nuestra está ubicada en la tercera calle B, entre la once y doce avenidas de la zona 7, a dieciocho metros de las once avenidas.
Durante varios años nuestra vivienda, junto a otra, en la que vivía una prima de mi mamá y su familia, estaban rodeadas de sitios baldíos, que se convirtieron en lugares para jugar futbol y barra, para conversar, reír, construir sueños y castillos. Recuerdo cuando las vacas de la lechería de don Lolo pasaban, del terreno donde hoy se encuentran los centros comerciales Tikal Futura y Miraflores, donde pastaban diariamente, hacia el lugar de la lechería, en la que muchas mañanas tomamos leche al pie de la vaca. Estas, en su camino, nos dejaban sus recuerdos, muchas veces en donde jugábamos. No nos importaba, aunque llegábamos a casa con restos de esas gracias.
La Quinta Samayoa y colonias vecinas se construyeron sobre los restos de la ciudad prehispánica de Kaminal Juyú. Cada vez que se hacen construcciones, se encuentran objetos mayas, incluso de grandes dimensiones. De niños uno de nuestros pasatiempos fue buscar “caritas antiguas” en las zanjas que se hacían con distintos fines, como desagües y alcantarillas. Donde la municipalidad construyó el Mercado San José Mercantil y un parque recreativo, sobre un cerro que está al medio de la colonia, se encontró una urna funeraria maya, un enterramiento. Fuimos testigos de su descubrimiento.
Cuando emigramos el barrio tenía pocas casas, sus calles eran de tierra y carecía de algunos servicios esenciales. No todas las casas tenían acceso a agua potable, no existían drenajes, por lo que las aguas de lluvia y las residuales corrían por las calles frente a las viviendas. Si se contaba con energía eléctrica. Entre los vecinos había familias mestizas (ladinas) mayas, italianas, españolas, alemanas, chino-japonesas y de Estados Unidos. Pasaron algunos años para que se asentara una familia garífuna. Algunos de los niños y adolescentes de estas familias fueron compañeros de juegos y de aventuras.
Poco a poco se fueron construyendo más viviendas. Se les dotó de servicios esenciales, se asfaltaron o se pavimentaron sus calles, se hicieron los drenajes. Se construyeron templos religiosos, escuelas, comercios, y muy cerca, aunque no dentro de la colonia, centros comerciales como los indicados anteriormente, entre otros, hasta convertirse en lo que es hoy, un barrio dinámico y pujante, con problemas de delincuencia y violencia que se tiene en casi toda la ciudad Una parte de sus calles las ocupa el mercado municipal, por la que es visitada diariamente por muchas personas.
Lo que voy a narrar a continuación es lo que me contaron vecinos pioneros cuando yo era adolescente sobre los orígenes del barrio y otros hechos que no me constan. Se me narró que se inició cuando un señor, de nombre Arturo Samayoa, originario de la aldea Lo de Mejia, San Juan Sacatepéquez, cercana a mi aldea de origen, heredó de un patrono de él, que no tuvo familia, extensiones de terrenos, entre estos lo de la mencionada colonia. Decidió entonces hacer una lotificación con casas de dos niveles, de teja, con jardín al frente, de estilo entre neocolonial y art deco, con un espacio previo de ingreso, como lobby, que se denominaron “quintas”. Decidió que el fraccionamiento llevara su apellido. De ahí el nombre de Quinta Samayoa. Construyó aproximadamente diez casas, de las que solo quedan actualmente tres, cuyos frentes no dejan verlas. El señor Samayoa parece ser que llegó a ser muy conocido en la alta sociedad guatemalteca.
Incluso se contaban muchas anécdotas de él, entre estas que a sus fiestas asistieron personas como la “tongolele”, famosa vedette mexicana. Se decía que ya no pudo continuar con la urbanización de la colonia porque falleció en un accidente de tránsito, en 1950, en el Puerto de San José. El vehículo que conducía fue arrollado por un tren. Le quiso ganar el paso pero no fue así. Dejó viuda a doña Roxandra Serovic, de ascendencia yugoslava, con varios hijos. La dama contrajo posteriormente matrimonio con el abogado Gregorio Prem Beteta, expresidente del Congreso de la República de Guatemala. Se decía que la casa familiar de los Samayoa estuvo en donde hoy se encuentra el condominio Villas de San Juan, vecino a la colonia Quinta Samayoa. Hasta aquí lo que me contaron. Hago mía la expresión de Héctor Gaitán, quien en sus programas de radio “La calle donde tu vives” decía “como me lo contaron lo cuento”.
De apellidos de las familias y personajes que vivieron, por mucho o poco tiempo, o que viven en la Quinta Samayoa recuerdo algunos, que vivieron cerca de nuestra casa: Melini, Messarina, Franchini, Araujo, García, Archila, Trujillo, Patzan, Yoc, Arana, Altalef, Dubois, Sánchez, Recinos, Lau, Keller, Araujo, Rojas, Posadas, Miranda, Elías, Solares, Reyes, López, Rabbe. En cuanto a artistas menciono a Mayro de León y a Rolando Ixquiac Xicará (pintores). En esa colonia tuvo su sede el Grupo Coral Victoria, el grupo de rock “Ángeles Azules”, y la Marimba Femenina de Conciertos, antes que pasara a formar parte del Ministerio de Cultura y Deportes. El listado de nombres y de familia es extenso. Hay quienes son conocidos como políticos, artistas o personajes de Guatemala. Algunos ocuparon cargos importantes en los gobiernos, en el congreso o en el organismo judicial. Conozco de muchos casos.
De los templos católicos recuerdo la galera que a fines de los años cincuenta se construyó en la catorce avenida y quinta calle, dedicada a San Vicente de Paul. Desconozco a que Parroquia pertenecía. A esta íbamos a misa con mis padres y hermanos. Posteriormente la congregación de los Carmelitas Descalzos, con la ayuda de personas y entidades sustituyó dicha construcción por un templo formal, con una casa parroquial, un pequeño edificio para servicios médicos y otros de carácter social. Al templo le pusieron el nombre de “Santa María”. Y dado que la matriarca de la familia Rojas, donó una hermosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe el templo se consagró a dicha Virgen. Es otro templo de peregrinación en la ciudad de Guatemala, para el 12 de diciembre. Es de este que sale uno de las dos cortejos procesionales, con cucuruchos y banda de música, de la Semana Santa, que recorren calles y avenidas, sobre las tradicionales alfombras, de la Quinta Samayoa y de la colonia Castillo Lara. El otro cortejo es el del Templo de San José Obrero, construido por sacerdotes y vecinos, en la 9 calle, en la Colonia Castillo Lara, muy cerca de la Colonia Landivar.
A inicios de los años sesenta con la llegada de la Congregación de los Carmelitas Descalzos, por donativo de un terreno que hizo una familia de apellido Urrutia, se construyó otro templo en las doce avenida, entre calzadas San Juan y Roosevelt dedicado a Nuestra Señora del Carmen. Templo al que coloquialmente se le conoce como “El Carmelo”. Este templo se convirtió en la sede de una parroquia, que abarca un sector de la zona 7 y otro de la zona 11. El Carmelo fue destruido por el terremoto de 1976, por lo que se construyó uno nuevo, con arquitectura moderna que es el que sirve actualmente para los oficios religiosos.
De los sacerdotes que recuerdo con mucho afecto de la mencionada parroquia, están, entre otros los padres Ramón Adán Stürze y Estanislao Navarro, españoles, ya fallecidos. Los dos muy conocidos, en los medios de comunicación social. El primero, mi gran amigo, escribió en los diarios La Tarde y El Grafico. Su seudónimo Víctor Pabsch. Fue fundador del Movimiento Módulos de Esperanza. Fue también catedrático universitario y capellán del Colegio Alemán de Guatemala. El segundo mantuvo un programa de radio que fue muy escuchado.
Recuerdo también a los padres Martín y Cirilo, también españoles y a un nicaragüense, Gabriel, que en sus homilías denunció el asesinato de Monseñor Gerardí. Me sorprendió la certeza con la que, hacia sus afirmaciones, hasta que años después, leyendo un libro, me enteré de que el taxista que estuvo cerca del templo cuando sucedió el hecho resultó ser un vecino de mi barrio, quien pidió el apoyo de dicho sacerdote porque no sabía qué hacer. Posteriormente fue testigo en el proceso judicial.
La Quinta Samayoa vive en mis recuerdos y a la misma voy cada vez que puedo, todavía tengo amigos y parientes que viven en dicha colonia, así como el sastre que me hace mis trajes. Milo, el zapatero, falleció el año pasado. Ya no pudo hacerme el último par. Me surtió por años.
La ciudad de Guatemala de mi niñez ya no es la ciudad semirrural que conocí. Poco a poco desaparece la vida de barrios como el que yo crecí. Hoy día tiene pretensiones de gran urbe, sin embargo, barrios como el descrito se resisten a desaparecer, todavía existe vida comunal. El folleto que publiqué en el 2002 con el nombre de “Días de contar”, que se editó con el apoyo de Paco Morales Santos e Isabel Ruiz, contiene ficciones que “sucedieron” en la colonia Quinta Samayoa.
La historia es la historia.
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