La presente entrevista se encuentra contenida en el libro Almas y Cerebros.
–… De la Academia Española –me dijo Strindberg, cuando hubo leído la carta de presentación que un amigo me había dado para él– de la Academia Española… miembro correspondiente? … Es curioso! …
Y sin darme tiempo para responderle volvióse de espaldas y comenzó a buscar algo entre los papeles de su escritorio.
Luego se puso de pie, y enseñándome una carta, me preguntó:
–¿Cree usted que cuando alguien recibe una comunicación de una Academia, en la cual se le llama miembro correspondiente, la cosa es seria?
–Sí, señor.
–… Es curioso… porque entonces yo también soy miembro de la Academia de Historia de Madrid… verdaderamente es curioso… y raro.
Yo aproveché la ocasión para asegurarle que los españoles instruidos le conocían y le admiraban; desde que Echegaray había traducido una obra de Ibsen, todos los periódicos literarios de Madrid se ocupaban en dar a conocer las producciones del genio escandinavo; que los jóvenes, en fin, le habían considerado siempre como a uno de los Apóstoles del Arte Nuevo.
Él parecía no oírme; y siguiendo el hilo de su ensueño, continuó:
–¿Miembro de la Academia de la Historia? … Es cierto que hace algún tiempo envié a esa corporación una memoria sobre las relaciones entre los países escandinavos y la nación ibérica; pero eso no valía la pena… ¡Son tan bondadosos los españoles! … Ayer justamente recibí una carta del señor Grant, en la cual me anuncia que el casino de Barcelona, me enviará pronto, como regalo literario, una escribanía de plata.
Un instante de silencio.
En seguida una nueva frase sobre la galantería española.
***
Strindberg realiza, de una manera perfecta, el tipo ideal del hombre del Norte. Es alto, demasiado alto quizás, y muy grueso; su cabellera mal peinada es rubia y espesa; sus ojos son claros, y su frente enorme. Habla poco, con una voz monótona, sin ademanes, sin movimientos, sin entonación, midiendo siempre sus palabras, y tratando de dar a su frase un corte lapidario y rítmico.
Su habitación –su home, como ahora se dice en París— es una verdadera selva, en la cual no hay sino una cama de hierro y una mesa de trabajo. Él, no obstante, cree que su ventana es el más bello mirador del mundo, porque da a un jardín conventual.
–Los conventos –me dice– son el más seguro aliciente para el trabajo. Cuando vuelvo a casa tarde, sin ganas de escribir, me asomo a esa ventana; pienso que detrás de esos árboles hay una comunidad que ignora lo que es el ocio; y me figuro que este cuarto forma parte del monasterio, y trabajo pacientemente, como un benedictino, hasta que las fuerzas materiales me abandonan.
”Para hacer una labor sana y fecunda, sería necesario vivir en un antiguo claustro… ¿Conoce usted a Huysmans?
–Sí, le conozco.
–Según parece, vive en un convento laicizado.
–En efecto.
–Si yo pudiese conseguir una habitación en la misma casa, produciría más y mejor que en ninguna otra parte.
***

Strindberg ha contado la historia de su vida en una novela autobiográfica.
Siendo hijo de un obrero y de una criada de servicio, heredó de sus padres “el ceñimiento plebeyo”. Durante los primeros lustros de su vida, sólo quiso pensar en el encuentro de los talleres y en la libertad de la vida humilde. Luego viose encerrado, gracias a la protección del rey Carlos, en un instituto aristocrático donde adquirió el odio de la plebe sin perder en absoluto el amor de la democracia. De allí sus primeros conflictos filosóficos, sus primeras luchas secretas y sus primeras tristezas íntimas.
Al salir del colegio puso en un lado de la balanza los instintos y en el otro las aficiones. La Reflexión dio algún peso á a las primeras, y el platillo se inclinó del lado del rey; pero en seguida el Sentimiento torció por completo el fiel hacia la parte contraria, y Strindberg tuvo necesidad de cambiar su toca cortesana por una gorro liberal. Entonces fue cuando aparecieron en un diario demagogo de Estocolmo sus artículos contra la monarquía; entonces fue también cuando los conservadores suecos le dijeron: “Tú, que eres espuma de la clase baja y piedra del torrente vil recogida por manos caritativas y pulida por obra de la caridad, no tienes derecho a gritar contra la corona. El rey, nuestro señor, te dio luz de ciencia que tú tratas hoy de aprovechar para meter fuego a las instituciones; la nobleza salvó tu cerebro del embrutecimiento, dándole la fuerza mental que tatas hoy de emplear para atacar los fueros. Eso prueba que los pecheros son siempre infames, que la plebe es siempre ingrata, que los descamisados son siempre crueles”.
En vez de amedrentarse, Strindberg siguió andando por el mundo de la política libre. Y atravesó una ruta de abrojos que se llamó Desprecio, y pasó por mil aldeas que se llaman Desconocimiento; hasta que, cansado de la actividad infecunda, quiso refugiarse en el seno de la Especulación Pura.
Llamó a la puerta de la Filosofía. Un hujier vino a abrirle y le dijo:
–¿Qué buscas?
–Busco a la Verdad.
–Entonces, aléjate, porque aquí sólo conocemos la Incertidumbre.
–Sin embargo, vuestro castillo es inmenso y tiene mil rincones desconocidos, en los cuales me sería posible encontrar a la ninfa deseada.
–¿Hablas seriamente?
–Hablo con el alma.
–Pues entra y trata de hacerte conducir por la Fe, que es la única que puede penetrar en las estancias. ¿Conoces esa conductor secular?
–Sí, la traigo conmigo.
Su compañera, en efecto, fue enseñándole todo.
Aquí –le dijo al encontrase en la primera estancia– se encuentra la Verdad. Mírala. Tiene los ojos azules y el cuerpo blanco. Se llama Venus. Su hijo es el Amor. Hasta hoy nadie ha logrado sobrepasarla en pureza de hermosura y en harmonía de pensamiento. Todas las palabras que brotan de sus labios son dulces; todas sus actitudes son rítmicas; todas sus miradas son luminosas. Ponte de rodillas y adórala.
Arrodillóse Strindberg y comenzó a orar; pero aún no había llegado al final de su plegaria, cuando la Fe volvió a abrazarle.
Y le dijo.
–Levántate. Ven á a esta otra estancia. Mira lo que hay en el fondo. ¿Ves algo? Es una imagen sin mancha, cuyos ojos cansados y cuyos labios alientan; es la imagen de María, nuestra señora, vida y esperanza, torre de marfil, madre de misericordia, vaso sagrado, rosa mística. Su busto no es amplio, pero es delicado; su actitud no es majestuosa, pero es tierna; su rostro no es fresco, pero es divino. Parece triste porque sus mejillas están llenas de lágrimas; mas en el centro de sus pupilas hay un foco inextinguible de ventura divina, que alegra los corazones… Cree en ella.
–Alabada seas por los siglos de los siglos, iba a decir Strindberg, cuando la Fe le hizo una señal y le mostró, con el dedo, otras figuras que también eran dignas de admiración exclusiva.
–Esa es la Ciencia –le dijo– y sólo ante ella debe uno inclinarse, y esa es la Libertad que no tiene rival; y esa es la Naturaleza, cuya gloria brilla más que ninguna gloria, y esa es la Calma, y esa es la Pasión… Adóralas.
Cuando el cortejo hubo acabado de pasar, Strindberg se convenció de que, siendo todo Verdad, todo tenía la mismo tiempo que ser Mentira, y entonces pudo pronunciar la frase siguiente, que es el resume sus ideas definitivas: “¡Nada es bello, nada es bueno, nada es moral! El Universo filosófico no existe. ¡Lo único que tiene sentido justo en el mundo, es la palabra Nihil!”
***
Su nihilismo, empero, fue un Nihilismo idealista.
Después de dudar literariamente y de negar de negar de una manera metafísica, Strindberg ha llegado a refugiarse en la árida colina de las ciencias naturales.
–No me hable usted de literatura; la literatura no existe ya para mí –me dijo;– lo único que me interesa es la Ciencia. Oiga usted el prólogo de mi Grande Obra.
Y comenzó a leerme, pausadamente, las primeras líneas de su libro definitivo: “Al llegar a la mitad del camino de la Vida me siento para descansar y meditar. Todo lo que mi audacia deseaba, todo lo que anhelaba mi imaginación, lo he conseguido. Y hoy, lleno de vergüenza y de honras, de alegría y de sufrimiento, me pregunto: ¿qué hay más allá? Todo se repetía con una monotonía desesperante: todo se parecía todo. Los antiguos sabios dijeron: “El Universo no tiene ya secretos”. Y las generaciones, que insultaban a Dios, se inclinaban ante paciencia; y la Ciencia, que debiera ser la Libertad, era la Tiranía. Y yo, que veía todo eso, creí que no me quedaba ya sino un recurso: el suicidio. Pero un instante antes de llevarme a los labios la copa salvadora, oí una voz que me aconsejaba. Y así comprendí que el secreto de Universo no me había aún sido descubierto, y en seguida me fui por los grandes caminos, á a veces solo, á a veces acompañado, con el objeto de meditar sobre el gran desorden y sobre la coherencia infinita. Este Libro es el libro del desorden y de la coherencia”.
Mis lectores descubrirán fácilmente, en las líneas anteriores, algo que, siendo muy serio, carece de la sequedad de los modernos tratados científicos.
Strindberg, en efecto, sigue siendo, a pesar de su desprecio por la literatura, un poeta que no ve, en los hechos, sino el color raro, el aspecto extraordinario y la forma maravillosa. Su última descubrimiento es “la composición del azufre”; sus principios son principios de alquimistas que niegan la existencia de los cuerpos simples; sus obras científicas contienen capítulos titulados “La cabeza del muerto”, o “Mística racional”; sus estudios austeros concluye, a veces, asegurando que la vida y la muerte son idénticas y que sólo la energía es inmortal.
–El Milagro –dice– es una de las grandes realidades del Universo; sin el milagro nunca el gusano se convertiría en mariposa. El Capricho mismo es una ley natural que da a ciertos insectos, como el aquerontiatropos, una forma mística y acabada.
***
Este soplo que anima hoy sus invenciones científicas, es el mismo que dio vida, en otro tiempo, a sus partos artísticos.
Sus dramas estriban siempre en una paradoja sentimental. La Señorita Julia, Los Acreedores y El padre, son obras anti ibsenianos, en las cuales el poeta sueco trata de probar al apóstol noruego que las Normas y las Rebecas pierden todo el encanto de su sexo al tratar de ser libres y de pensar por cuenta propia.
“El Padre”, especialmente, ha dado a Strindberg una fama universal de misógino rabioso, por lo cual me pareció interesante pedirle su opinión sobre la mujer.
He aquí su Respuesta.
–Yo o soy enemigo de la Mujer, de la mujer verdadera, dulce o violenta, rubia o morena, triste o alegre; lo que me parece repugnante es la Mujer que estudia medicina en que habla a su marido como Rebeca habla á Rosner o Nora á Torvaldo. He estado casado dos veces; he tenido cinco hijos, y siempre me he sentido atraído por las mujeres bonitas. Así, pues, los que me llaman “El enemigo del sexo débil” no son sino puros mentecatos; La mujer debe seguir siendo “la compañera del hombre”, pero no convertirse en “la rival del hombre”, pues por ese comino llegaríamos a vivir en una sociedad de andróginos sin sexo, hasta que una revolución violenta dividiese a la sociedad en dos partes y pusiese de un lado Sodoma y del otro Gomorra.
***
Una anécdota acabará de dar a conocer el carácter de Strindberg.
Como en el curso de nuestra conversación yo le pregunté si conocía personalmente a Ibsen, púsose encarnado y me dijo:
–Ibsen y yo somos enemigos.
–Enemigos literarios…
–No; en nuestra tierra no hay enemigos literarios: en Escandinavia el que escribe lo hace con objeto de ser útil a la humanidad; de modo que si alguien predica doctrinas contrarias a las suyas, se convierte en enemigo de los hombres en general y suyo en particular… Ibsen, para mí, es un ser odioso.
–Sin embargo, Bjornsterne é Ibsen son también enemigos literarios, lo cual no impide que la hija del primero se haya casado con el hijo del segundo.
–No importa, y yo estoy seguro de que tanto Ibsen como Bjornsterne son bastante caballeros para haber maldecido esa unión… Pero… ¿qué quiere usted? … El amor es más fuerte que el odio…
*Tomado de Almas y cerebros, Editorial Garnier (Francia, 1895)
Colaboración: Jaime Barrios Carrillo, quien esta misma edición comparte la historia de Enrique Gómez Carrillo como periodista.
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