La pregunta del millón

Pareciera que cada cuatro años el fútbol nos regresara a la casilla de salida de un tablero donde estamos condenados a la mediocridad. Sumidos en un eterno caer y recomenzar.

Rafael Paiz Conde

agosto 2, 2026 - Actualizado agosto 1, 2026

El pasado 19 de julio se jugó la final del campeonato mundial de fútbol. Cabo Verde fue el equipo que se ganó las simpatías de todos. Tras empatar con el campeón y perder, en agónicos ciento veinte minutos, con quien sería el subcampeón del torneo. Por ello es, sin a duda alguna, la gran sorpresa.

Lo que no sorprendió fue la ausencia de la selección de Guatemala. Desde que, en 1957 el equipo azul y blanco, iniciara con pie izquierdo su camino al Mundial de Suecia 58. Han sido diez y siete ausencias consecutivas a la máxima justa deportiva del fútbol. En cada ocasión se ha topado con el mismo decepcionante resultado final. Lo que si sorprende es la nobleza de la afición que sigue ilusionándose, esperando el milagro de la, tan ansiada, clasificación.

Las causas de esos pobres resultados siguen siendo las mismas desde hace siete décadas. La improvisación en los procesos, la carencia de infraestructura, los malos manejos administrativos y una liga profesional poco competitiva lo evidencian. Esto, es el reflejo de una dirigencia que no esta a la altura de las circunstancias.

Todos conocen bien el diagnóstico. Pareciera que cada cuatro años el fútbol nos regresara a la casilla de salida de un tablero donde estamos condenados a la mediocridad. Sumidos en un eterno caer y recomenzar. Nuestro camino mundialista fácilmente trae a la memoria a Sísifo, condenado por los dioses, a subir a una piedra por una montaña que inexorablemente vuelve a caer.

Curiosamente, algo similar ocurre con el Estado de Guatemala. Cada cuatro años aparecen nuevos protagonistas en el tablero político. Candidatos, equipos y planes novedosos son presentados. Las reformas en materia de salud, seguridad, gestión o educación, con bombos y platillos son anunciadas. Termina un periodo y reaparecen los mismos diagnósticos.  Los protagonistas de turno entran criticando todo lo anterior. Sin saber, o quizás sabiendo, que dentro de cuatro años ellos saldrán igual. Mientras tanto, desde hace décadas, los guatemaltecos se ilusionan y decepcionan sin encontrar una mejora considerable en sus condiciones de vida. 

Entonces, si se sabe que es lo que se debe hacer, si los diagnósticos situacionales del país son abundantes, si las ofertas se repiten. ¿Por qué no se logra salir adelante como nación?  ¿Cuál es la causa que obliga absurdamente repetir la improvisación? Hay que cuestionarse, si quizás los resultados han sido erróneamente interpretados. 

Porque no son negativos para todos, hay algunos que se benefician. Paradójicamente, lo que es malo para la mayoría puede traerle beneficios a uno o varios grupos minoritarios.

De esta cuenta, los malos resultados de la selección nacional que defraudan a tantos no impiden que existan a sus sombras: gastos, contratos, patrocinios, viajes o negocios que aportan réditos a pocos. De igual manera, la incapacidad del Estado, para resolver los problemas públicos y estructurales del país, no impide que haya quienes se beneficien de rentas, protecciones o cuotas de poder. 

Entonces, tal vez el Estado no sea un mecanismo que está descompuesto. De ser así, sus resultados deberían de ser erráticos, caóticos e imprevisibles. Por el contrario, este sistema reproduce, con precisión, de alta relojería suiza, los mismos privilegios y las mismas rémoras.  Excluyendo siempre a los mismos, a la mayoría. Los gobiernos, los líderes y las autoridades se rotan constantemente, pero determinados intereses, nacionales o extranjeros, permanecen inmutables.

Cabe resaltar que todo esto no es derivado de una conspiración de las élites. Tampoco que impere solamente mala fe de quienes llegan a puestos públicos. Menos aún, que todo interés, particular o sectorial, sea perverso. En este sistema en el que la mayoría de la población está dispersa y desarticulada, quienes se benefician del mismo tienen grandes incentivos para mantenerlo. Aprovechando que los costos se reparten entre muchos acaparando sus beneficios a muy bajo precio.

Entonces, en un país donde no faltan estudios, evaluaciones ni diagnósticos, ¿por qué no logra revertir su racha de malos resultados? Decir esto no es sinónimo de indicar que lo anterior sea del todo inútil. Por el contrario, ha servido para dar la impresión de trabajo y acción. Pero no como herramienta de cambio, sino para proteger al estatus quo. Los foros, las mesas o las comisiones al final de cuentas no transforman nada por si mismos.

Los grandes desafíos del Estado parecen haber sido sumergidos en un maremágnum de documentos y propuestas que, escritas en español o en otros idiomas, no transforman la vida de la gente. Muchas veces, esto se agrava cuando quienes llegan a las instancias de decisión son algunos ponentes de esos estudios. Ya que, en el ejercicio de su función, con frecuencia, evidencian su incapacidad.

Regresando al futbol, luego de cada fracaso, es común leer que para triunfar se requiere de: trabajo de fuerzas básicas, procesos sostenidos, inversión en infraestructura y un largo etcétera… Alterar ese sistema significaría desplazar dirigentes, cambiar contratos es decir modificar el modelo de negocio. Es más cómodo cambiar al entrenador o importar jugadores.

Por su parte en el Estado, se diagnostica que es necesario mejorar la infraestructura, el sistema educativo, la salud pública, erradicar la violencia o fortalecer el servicio civil. Pero resolver esto representa modificar el balance de poderes. En Guatemala no faltan propuestas de solución. Se requieren acciones concretas que den respuestas a la población. Esto es incómodo.

Cambiar únicamente al entrenador o al gobierno ya ha demostrado, hasta la saciedad, que no es la solución. Tampoco se requiere de un nuevo diagnóstico que venga a repetir lo que ya todos saben.  Menos aún, buscar en el extranjero soluciones milagrosas, sin cambiar las causas de la realidad nacional. Sabiendo claramente a quien obedece este modelo estatal. La pregunta del millón sería: ¿Está Guatemala en la disposición de tocar los intereses que hacen rentable que nada cambie en el modelo actual? 

Nueva Guatemala de la Asunción, 2 de agosto de 2026

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