Necesito hablar de música

Con el tiempo, he descubierto que escuchar música con la mente abierta me conecta a lugares, momentos y experiencias a los que de otra forma no tendría acceso.

José Javier Gálvez

noviembre 23, 2025 - Actualizado noviembre 22, 2025

Carlos Santana. Foto: Archivo

Es la noche de algún viernes del verano de 2006. Mi papá y yo nos acabamos de subir a su Chevrolet Venture, él al asiento del piloto y yo a su lado. Me deja escoger y elijo el CD 1 del pack The Essential Santana. Adelantamos al track 3 y suenan las percusiones de la canción Soul Sacrifice, aquella que inmortalizó a la banda en Woodstock ‘69. “Que truenen los vidrios”, le pido. Él sube el volumen y nos sonreímos con complicidad mientras balanceamos nuestras cabezas de atrás hacia adelante y golpeamos el suelo con los pies al ritmo de la canción que invade nuestros cuerpos completos, el tablero, los sillones y los vidrios, por supuesto.

Carlos Santana, el guitarrista mexicano-estadounidense y líder de la banda que lleva su apellido, seguro es responsable de que al año siguiente pidiera de regalo de cumpleaños una guitarra y que comenzara un viaje sin retorno hacia la música. Pero, en definitiva, igual o más responsables son aquellas noches padre-hijo de escuchar música sin otro propósito que disfrutarla.

A continuación, saltamos al track 5: Oye como va, mi canción favorita. Es original de Tito Puente, el inmenso percusionista de latin jazz que tanto fascinaba a mi papá. De él aprendí una de las lecciones que más atesoro: me dijo en una ocasión que lo admiraba por ser el músico que más disfrutaba lo que hacía. Me lo dijo mientras veíamos juntos videos del hombre risueño y sudoroso que no perdía la alegría y que transmitía el sabor de un género hecho para gozar. Me enseñó que hiciera lo que hiciera en mi vida, quería que lo disfrutara tanto como Tito Puente disfrutaba darles ritmo a sus composiciones. La Chevrolet Venture no nos lleva a ningún lado, porque el destino es la música, el momento.

Tito Puente (1923-2000)

He dicho muchas veces a mis amigos -mientras me apodero del control de la música en alguna reunión- que mis gustos musicales se derivan en buena medida de los de mis papás. La mayoría de mis recuerdos favoritos de infancia tienen que ver con momentos en los que la música nos conectaba a ellos y a mí profundamente.

Y así crecí, aprendiendo a disfrutar los gustos de mis papás: él explicándome lo determinantes que habían sido los Beatles para la música moderna mientras escuchábamos Love me do en viejos casetes, la importancia de aprovechar el tiempo que tenemos escuchando Time de Pink Floyd, o que durante la Guerra de Vietnam el ejército estadounidense reproducía Fortunate Son de Creedence Clearwater Revival y Light my fire de The Doors en los helicópteros. Los sábados, si lo acompañaba a sus actividades de la mañana, regresaríamos por la tarde escuchando programas radiales de reggae y latin jazz.

Mi mamá, en cambio, prefería las baladas y la trova, y de ella aprendí a querer y disfrutar a Roberto Carlos, a Silvio Rodríguez, a Pablo Milanés. Cuando yo tenía entre 5 y 7 años, bailaba Corazón partío de Alejandro Sanz conmigo, apretando fuerte mi cuerpo y girando por la sala de la casa donde vivíamos, mientras mis pies se balanceaban en el aire y nuestras mejillas, una contra la otra, se empujaban entre risas y los versos de la canción.

De las formas de expresar amor que aprendí en casa, la música es mi favorita, porque, como dice Oliver Sacks en su libro Musicofilia, esta “expresa la quintaesencia de la vida”. La música es tan parte de mí como lo son mis ojos, porque me sirve para entender el mundo, porque me ayuda a describir mi lugar en él.

Por eso, llevo algunos años escuchando mucha música, descubriendo activamente artistas, géneros y canciones nuevas y expandiendo mis horizontes auditivos. Con el tiempo, he descubierto que escuchar música con la mente abierta me conecta a lugares, momentos y experiencias a los que de otra forma no tendría acceso.

Dice Steven Pinker que la música no tiene un propósito evolutivo, pero que deriva de otros rasgos evolutivos como los sistemas motivacionales que generan placer. Eso quiere decir que, aunque seguramente el estilo de vida humano no se alteraría si la música no existiera, los bordes, los colores y la riqueza de mi experiencia serían mucho menos disfrutables que teniendo la posibilidad de ponerle un soundtrack a todos los momentos de mi vida.

En los últimos años he descubierto la importancia de documentar las cosas que hago, y mi experiencia a través de la música es una de las cosas en cuya documentación me esforzado más.

El siguiente paso natural es compartirlo, hablar mucho de la música que escucho y que me mueve, mover a otras personas. Por eso, ahora, como cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo, necesito hablar de música.

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