Los fundadores de La Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Teodoro Adorno, organizaron en la década de los años 30 del siglo pasado, un seminario sobre la relación entre la autoridad y la familia, para indagar sobre los orígenes de las conductas autoritarias que se abrían paso en Alemania con el partido Nacional-Socialista. Además, de ellos dos, participaron en el seminario presentando ponencias Herbert Marcuse y Erik Fromn, que, en esos años eran colaboradores de la Escuela. Más allá de las diferencias que tuvieron en la descripción del fenómeno coincidieron, siguiendo las enseñanzas del pensamiento de Freud, que todos valoraban, que la conducta autoritaria de una persona adulta obedece fundamentalmente a la asimilación que ha hecho en el curso de su infancia de la conducta autoritaria de su padre. Una persona autoritaria es, en general tal, porque aprendió a serlo, viendo y sufriendo cotidianamente en carne propia, la conducta autoritaria de su padre.
Pero, entonces, ¿En qué consiste la conducta autoritaria que los seres humanos aprenden en su infancia imitando e interiorizando la de sus padres autoritarios? Consiste en dar órdenes, cuando ocupan una posición de autoridad, a sus subordinados sin permitir que sean cuestionadas; órdenes que deben obedecer sin objetar, y que, en general, no sustentan en razones válidas que las expliquen o las justifiquen. La persona autoritaria aprovecha la posición de poder de que dispone para imponer su voluntad.
De tal manera, que una persona, en su edad adulta presente una fisonomía o conducta autoritaria, es porque, en términos generales, ha sido “formada” por personas autoritarias, por padres que han ejercido una autoridad despótica e irracional sobre él en el curso de su infancia y adolescencia; o lo que es lo mismo, por padres que no practicaron el diálogo para enseñarles las normas sociales y morales de conducta que tienen validez; y, por lo tanto, por padres que no lo reconocieron como un potencial sujeto capaces de usar su razón para dar razones que sustenten sus actos y sus palabras.
De ahí, que un niño o joven no aprende el sentido del dialogo racional, la importancia y el valor de usar el lenguaje no solo para transmitir órdenes, sino también, para exponer razones que expliquen o justifiquen una decisión que toma o el contenido de una norma de validez universal que afirma. Al no aprender esta condición fundamental que lo hace sujeto racional, queda expuesto a adoptar una conducta autoritaria cuando llega a la edad adulta, a la mayoría de edad. Y, sobre todo, aprende a considerar que esa conducta aprendida es una conducta normal o casi natural de la existencia de los seres humanos que es necesario preservar y renovar en el curso de su vida.
Pero, además, esta persona autoritaria lo es, porque encuentra una razón de ser de su vida en los actos de dominar o someter a su voluntad discrecional a otra u otras. Es una razón o motivo que le da liento y sentido a su existencia. Y, al mismo tiempo, desea, muchas veces, de manera inconsciente, someterse, sin condiciones, a una persona o a un poder autoritario que considera o siente como superior. La disposición de someterse a un poder autoritario es el otro rasgo, el rasgo que complementa el anterior, que constituye su personalidad autoritaria. La aparente paradoja o contradicción de alguien con carácter autoritario, es que está dispuesto no solo a dominar sino a dejarse dominar por poderes autoritarios externos que considera superiores a los propios. Pues, el dominio autoritario, que alguien ejerce sobre otro u otros, esconde casi siempre, como regla general, el dominio o sometimiento que vive y sufre de otra u otras personas, o de instituciones autoritarias.
Ahora bien, la conducta autoritaria de una persona, generalmente, está sustentada en una mentalidad autoritaria, en una serie de ideas y opiniones sobre la vida en sociedad que son también de contenido autoritario; es decir, son personas que creen que es necesario vivir en un orden socio-político y cultural homogéneo en la que cada una de sus partes sea semejante o idéntica a las demás, o por lo menos, corresponda al conjunto. De ahí, que debe ser un orden social en el que sus miembros sean todos del mismo grupo étnico, pertenezcan a la misma comunidad religiosa, tengan una conducta “natural” heterosexual, participen de la misma tradición cultural, etc. Un orden social en el que, por lo tanto, no existan seres humanos diferentes, que sean o piensen de manera diferente al resto de los miembros de la sociedad porque dañan o atentan la existencia de ese “bien tan preciado” de la homogeneidad que se debe preservar y cuidar a cualquier precio.
El imperativo central, entonces, que tienen ante sí es excluir o expulsar usando todos los medios necesarios a esas personas diferentes de la sociedad en la que viven. Este se constituye en el deber que tienen que cumplir los líderes y dirigentes políticos que nombren o elijan a los cargos de poder y dirección de las instituciones estatales. La tarea suprema de estos líderes políticos es asegurar esta voluntad de los que están convencidos de la necesidad de preservar o restablecer esa homogeneidad social que muchos otros hombres en el curso de los tiempos modernos se han encargado con sus proyectos, decisiones y acciones de socavar o destruir.
Ahora bien, este empeño de preservar esta homogeneidad socio-cultural se debe a que, al mismo tiempo, estas personas creen o están convencidas que los rasgos y los atributos físicos y socio-culturales que los caracterizan como “idénticos”, que los hacen homogéneos, tienen un valor superior a los demás, que carecen de estos rasgos. Una persona de fisonomía fascista no solo cree que la sociedad en la que vive debe ser homogénea, sino también, y, sobre todo, que los rasgos de esa homogeneidad tienen una calidad y valor superior al de los diferentes o heterogéneos. Por eso el propósito de excluir del espacio social a las personas diferentes y heterogéneas, sea para los fascistas un propósito normal, natural y legítimo en la medida que así creen lograr y garantizar la preservación de esa homogeneidad superior amenazada.
Las personas fascistas no solo poseen estos rasgos. En todo fascista también subyace una especie de revuelta o rebelión de su naturaleza interior reprimida, una afirmación poderosa de sus impulsos naturales agresivos y sexuales que los códigos normativos tradicionales les había reprimido, tal como lo mostraron Horkheimer y Adorno años después de sus investigaciones sobre la autoridad y la familia en 1945 en su conocido libro La dialéctica de la Ilustración. El fascista es alguien que pone en juego o despliega, sin cortapisas ni restricciones, sus impulsos agresivos naturales para lograr que todos los que considera diferentes y heterogéneos sea efectivamente excluidos o eliminados del espacio social en el que vive. La agresividad violenta de este impulso es la que se convierte en el factor determinante de su conducta que proyectan real, verbal o simbólicamente contra las personas heterogéneas y diferentes.
Por eso, la mejor manera de combatir esta conducta y visión fascista de las sociedades modernas es enseñando, repitiendo y recordando en todas las esferas privadas y públicas de estas sociedades el hecho fundamental que más allá de las diferencias que separan a los seres humanos, más allá de lo heterogéneos que sean muchos de ellos, son seres iguales porque poseen las dos capacidades esenciales que los definen como tales: la de lenguaje y la de pensar y actuar de modo racional. Las personas diferentes o heterogéneos no son inferiores a los “homogéneos” sino iguales porque tienen estas dos capacidades que los hacen humanos. Y, al serlo, tienen el pleno derecho de ser y estar en la sociedad al lado de todos los demás, con las mismas condiciones, y, con las mismas oportunidades de vida y de trabajo. La humanidad de su ser, así lo reclama con toda razón.
(De mi libro Cultura y humanismo II)
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